La corresponsabilidad llama a la puerta, pero pocos la atienden. La convivencia familiar no suelta el lastre de la desigualdad de género. Al menos en lo que se refiere al reparto de las tareas domésticas, persisten los roles tradicionales de mujeres y hombres. Las mujeres se hacen cargo de las responsabilidades del hogar, en promedio, entre tres y cuatro veces más que los hombres (una relación 66% a 18%). La proporción es incluso mayor, entre seis y siete veces más (76% a 10%), cuando lo que toca es planchar, poner la lavadora o limpiar el baño.

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En unos meses se cumplirán once años de la aprobación de la Ley 15/2005 que estableció como deber fundamental de los cónyuges, además de guardarse fidelidad y socorro mutuamente, “el reparto igualitario de las responsabilidades domésticas y el cuidado y la atención de las personas que así lo requieran”.  Sin embargo, la vida en pareja sigue siendo, hoy por hoy, al margen de la edad, que se tengan o no tengan hijos y de que ambos trabajen o no trabajen fuera de casa, poco o nada igualitaria en estos términos. Ellos son sinceros, reconocen que sus parejas realizan siempre o normalmente lo que les correspondería a los dos por igual, pero permanecen en un estado de mínimo esfuerzo y dejadez.

Se detecta un principio de cambio en términos generacionales: la distribución igualitaria de las tareas se da entre las parejas jóvenes (18-34 años) una y dos veces más que entre las parejas más mayores (55 o más años), una relación 43% a 24%. No obstante, la tónica dominante es la misma: las mujeres, más que los hombres.

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Se ha dicho que la incorporación de las mujeres al mercado laboral les permitiría no solo autonomía económica, sino también un estatus de poder en sus relaciones al mismo nivel que los hombres. Si la norma es la igualdad, estas relaciones serían más democráticas, construidas a partir del diálogo, la negociación y el acuerdo y, por tanto, existiría un equilibrio tanto en las decisiones como en el reparto de los recursos. Por eso es tan importante la cuestión del trabajo remunerado: los ingresos no solo constituyen un aporte en términos materiales al hogar sino también de estatus en cuanto a codecisión y coparticipación. Hasta aquí la teoría.

La práctica constata que pulsar el botón de la lavadora, enchufar la plancha y arrodillarse para limpiar la taza del inodoro siguen siendo cosa de mujeres. A excepción de las pequeñas reparaciones de la casa (una tarea tradicionalmente masculina y más bien esporádica), el resto no entiende aún de igualdad de género. Las mujeres que viven en pareja siguen manteniendo una doble jornada: aquellas que trabajan fuera de casa se ocupan de las tareas domésticas, de media, entre tres y cuatro veces más que los hombres que también trabajan (una relación 56% a 16%). Sucede que la mayoría de las mujeres también se sinceran: cuando vuelven del trabajo, siguen trabajando.

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Sondeo efectuado mediante entrevistas telefónicas a una muestra nacional de personas mayores de 18 años. Se han completado 2.502 entrevistas, estratificadas por la intersección hábitat/Comunidad Autónoma y distribuidas de manera proporcional al total de cada región, con cuotas de sexo y edad aplicadas a la unidad última (persona entrevistada). Partiendo de los criterios del muestreo aleatorio simple, para un nivel de confianza del 95.5% (que es el habitualmente adoptado) y en la hipótesis más desfavorable de máxima indeterminación (p=q=50), el margen de error de los datos referidos al total de la muestra es de ± 2.0 puntos. La recogida de información y el tratamiento de la misma han sido llevados a cabo íntegramente en Metroscopia. Fecha de realización del trabajo de campo: del 14 al 25 de enero de 2016.
Estudio dirigido por Francisco Camas García