Se cumplen 33 años del golpe de Estado del coronel Tejero. Entonces, una parte significativa de las Fuerzas Armadas puso en jaque el sistema democrático que los españoles se habían dado en 1978 y que, tras tres años de ruido de sables, finalmente se veía al borde del precipicio. En aquella coyuntura, se convirtieron en salvaguarda de las instituciones el Jefe del Estado y la clase política, cuyo talante se vio reflejado en las actitudes, sí, del presidente y vicepresidente del Gobierno y, también, en la del líder del Partido Comunista. Mientras Gutiérrez Mellado forcejeaba con el guardia civil, Suárez y Carrillo permanecieron impertérritos en sus asientos del Hemiciclo.

Después del período de mayor democratización y modernización de la historia de España, la Constitución da síntomas de agotamiento y parece que asistiremos más pronto que tarde a su reforma. La crisis económica y el replanteamiento del encaje de Cataluña en el Estado, qué duda cabe, aumentan la incertidumbre. En todo caso, conviene subrayar que la situación no es ni mucho menos análoga, en su gravedad, a la de 1981. España ha demostrado ser un país con enormes posibilidades, cuyo sistema ha resistido con fortaleza los desafíos planteados, por ejemplo, por el brutal terrorismo de ETA o la corrupción instalada no solo en la estructura de los partidos políticos, sino también en la de buena parte de nuestras instituciones.

Ante este panorama, los sondeos de opinión de Metroscopia vienen mostrando desde hace tiempo una creciente desconfianza de los ciudadanos en la clase política . Y aquí es donde estriba la gran diferencia respecto a lo acontecido durante la Transición. Entonces, los representantes políticos demostraron altura de miras, renunciando a algunos de sus principios fundamentales para hacer posible pactos de Estado en las cuestiones esenciales y, así, dar vida a la España de todos —con costes de todo tipo, incluidos los electorales, como bien pudieron comprobar en sus carnes los propios Adolfo Suárez y Santiago Carrillo—. Hoy, los datos nos muestran que españoles y clase política se dan la espalda. Si los primeros soportan con admirable serenidad una prolongada y durísima crisis económica, que ha reducido de manera sustantiva sus expectativas ante la vida, la segunda no parece —al menos así lo perciben la inmensa mayoría de los españoles— estar a la altura, en absoluto, de las circunstancias. Lo que está por ver es cómo se reflejan esas desafección y censura ciudadanas en las próximas convocatorias electorales y qué consecuencias tienen para el sistema.

23-F Fuerzas Armadas      Cuadro 2

Ficha técnica: sondeo realizado por METROSCOPIA a una muestra de 600 personas mayores de 18 años estadísticamente representativa del conjunto de la población nacional. Margen de error para datos referidos al conjunto de la muestra: + 2.9 puntos. Recogida de datos: entre los días 19 y 20 de febrero.

 El País