La recién estrenada película Spotlight no es, únicamente, un filme que denuncia los abusos que se cometieron contra menores durante décadas en la Iglesia Católica norteamericana (y mundial), es un largometraje que pone de relieve cómo en las últimas décadas la corrupción que ha inundado el sistema financiero y en buena medida el sistema político –desde luego en España, así como en otros países occidentales-, también ha afectado a los referentes religiosos, morales y sociales.

Uno de los aspectos positivos de esta producción –que sigue la línea de documentales y películas que se han realizado en los últimos años, especialmente, aunque no solo, en Estados Unidos, para alumbrar los rincones oscuros del sistema financiero y político-, es que no es antirreligiosa, ni tampoco desliza aspectos morbosos que podrían herir la sensibilidad del espectador. Con acierto y sin escenas explícitas, quien visualiza la película comprende perfectamente la brutalidad y el daño físico, emocional y moral que el abuso supuso, no solo para las propias víctimas, sino para la sociedad en su conjunto. Así, el director pone el foco en la complicidad del entorno en el que vivían esos niños, cuyas familias y conciudadanos decidieron, deliberadamente, mirar hacia otro lado. Tampoco escapa a su ojo escrutador la propia prensa que, víctima del mundo de intereses en el que se movía, decidió soslayar la cuestión por inconveniente durante algún tiempo. En realidad, esta película cuando apunta a quienes consintieron sabiendo, hace hincapié en el destrozo que supone para la sociedad –sea en el orden que sea, político, económico, social o ético- el triunfo de la banalidad del mal, por utilizar la categoría de Hannah Arendt –o la famosa tesis que años después desarrollaría Daniel Goldhaguen en Los verdugos voluntarios de Hitler-.

Gracias a la potencia e influencia de la industria de Hollywood, así como al trabajo de investigación de periodistas encomiables como los del Boston Globe –que son el objeto de atención de este filme-, las sociedades occidentales han sido conscientes de cómo la crisis sistémica que hemos vivido en el ámbito financiero, era realmente reflejo del colapso y corrupción que afecta a otros muchos ámbitos que influyen en nuestras vidas. Así ha sucedido también en España. Mientras una parte sustantiva de las elites –políticas, económicas o morales- se consideraban impunes, la sociedad y los sistemas han reaccionado. Estos, como procede en las democracias, a través de la acción de la justicia que, con todas sus disfuncionalidades y lentitud, está actuando de manera implacable y con todas las garantías del estado de derecho. La sociedad, por su parte, ha hecho explícita su indignación y disconformidad con la situación. Además de a través del voto, la reivindicación de regeneración y reformas que impidan la continuidad de los abusos a los que se han asistido son ya, de hecho, el principal asunto de la agenda pública del país.

Confianza institucional

Aprobación y desaprobación de los españoles a la forma en que las siguientes instituciones o grupos sociales están desempeñando sus funciones. Las instituciones o grupos sociales aparecen ordenados, dentro de cada grupo, de mayor a menor saldo aprueba-desaprueba de julio 2015. En las entrevistas fueron mencionadas de forma rotatoria. *El saldo en junio 2012 y julio 2013 es del rey Juan Carlos I

Esa transformación social ha quedado reflejada en el paulatino deterioro que la imagen de obispos –no así la obra social de la iglesia que está muy bien valorada-, políticos y bancos han sufrido en los últimos años, como muestra el cuadro anual de evaluación institucional de Metroscopia. En relación con la Iglesia Católica, por ejemplo, en 2002 antes de que comenzaran a sucederse los escándalos que le salpicaron a lo largo de todo el planeta –como el que afectó al fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, el Vatileaks o el problema surgido en relación con la Banca Vaticana, entre otros-, en nuestro país, un tercio de la población se mostraban de acuerdo con lo que decían los Obispos (en tanto que una proporción similar, sencillamente, los ignoraban –se entiende que, en su mayoría, se corresponde con las personas que no profesan esta religión-).

Actualmente, los obispos -a los que la película aquí referida apunta como encubridores directos de aquellos horrendos crímenes que, lamentablemente, no fueron exclusivos de Estados Unidos, sino que también sucedieron, en mayor o menor medida, en otros muchos países del mundo-, ocupan un lugar destacado entre las instituciones peor valoradas por el conjunto de los españoles.

En lo que afecta a los políticos, en 2007, antes de que estallara la crisis económica que cuestionaría todo el sistema, el 32% de la población aprobaba cómo estaban desempañando sus funciones, en tanto que  el 66% la desaprobaba (resultando un saldo de -34, negativo sí, pero casi la mitad del saldo que tienen actualmente y que asciende a -62).

Y los bancos que, en 2007, recibían el aprobado del 30% de los españoles frente a un 58% de desaprobación, con un saldo de -28 (eran los momentos previos al estallido de la crisis), ahora han sufrido un gran deterioro en su imagen y tienen un saldo de -58.

Esta crisis ha cuestionado la credibilidad de muchas instituciones fundamentales en los sistemas democráticos y entre los referentes morales de las sociedades. Su percepción ya nunca será igual. De cómo unos y otros se reinventen dependerá el lugar que ocuparán en nuestras sociedades en el futuro.