La opción mayoritaria de los catalanes ante el actual contencioso entre Cataluña y Madrid es la vía de negociación (el 78% cree que lo realmente urgente es que el gobierno español, el catalán y las demás fuerzas políticas hablen y busquen un acuerdo que sea satisfactorio para todos en cuanto al encaje de Cataluña en España, según  los últimos datos obtenidos por Metroscopia). En ello puede que haya algo de sabiduría histórica, pues lo que muestra el siglo XX es que, cuando hubo entendimiento, Cataluña y España ganaron, y cuando no lo hubo, se abrió la puerta a la catástrofe.

Al amanecer del 1900, Cataluña tenía ya una entidad propia y diferenciada. Si el Memorial de agravios (1885) y las Bases de Manresa (1892) supusieron la visualización del catalanismo político y la reclamación de una amplia autonomía, en las elecciones generales de mayo de 1901, la Lliga Regionalista logró cuatro de los siete escaños por Barcelona capital y dos más en la provincia del total de trece. Había nacido el partido catalanista conservador que daba voz política a una realidad histórica que venía de muy atrás.

En las primeras décadas del siglo, la estrategia de la Lliga ahondó en una doble dirección complementaria: lograr autonomía para Cataluña y catalanizar España, es decir, contribuir desde una perspectiva catalana a los aires regeneracionistas y europeizadores que alentaban las élites españolas que entonces asomaban al liderazgo público —muy singularmente Ortega y Azaña—. Desde una vocación federalista —e incluso, en ocasiones, iberista—, la Lliga buscó una gran Cataluña que encabezara el proyecto de una gran España.

De manera paralela, tras el Desastre del 98, la debilidad del Estado-nación español del siglo XIX había acentuado las disfuncionalidades del régimen de la Restauración, dando origen al que se conoció como el problema de España. En esas primeras décadas del siglo XX, fue una obsesión permanente en buena parte de los observadores de aquel momento. La respuesta que dio a la cuestión la generación del 98 —búsqueda de la esencia nacional en Castilla— no ayudó a resolver la tensión entre unidad y diversidad que había palpitado de manera intermitente con diferente intensidad a lo largo de los últimos trescientos años y que entonces tenía en Cataluña su punto neurálgico. Como todo era susceptible de complicarse, de manera análoga a otras reacciones nacionalistas europeas, también en España surgió una visión unitarista y excluyente que vio en el ejército la columna vertebral de la nación y que identificó como enemigos de la unidad nacional a los nacionalismos periféricos —idea que alimentarían las Dictaduras de Primo de Rivera y Franco—. Así, en las décadas que llevaron al establecimiento de la II República, irían cuajando las diferentes fuerzas que dialogarían —o no— a lo largo de todo el siglo sobre el que ha sido el gran problema de España: la vertebración territorial.

De hecho, en diferentes momentos históricos, cuando los líderes políticos supieron llegar a acuerdos, Cataluña y España ganaron. En 1914, Cambó supo llevar con habilidad la discusión de la reforma administrativa del Estado al terreno catalán, obteniendo como resultado el impulso de la Mancomunitat —régimen que, además de crear una junta general de diputados de las cuatro provincias catalanas y dotarlas de un gobierno permanente, recibió del Estado central competencias en materias administrativas, educativas o de régimen interior—. Más tarde, en 1932, Cataluña obtuvo por vez primera el reconocimiento de su Autonomía de la mano de Manuel Azaña, si bien aquel Estatuto hacía prevalecer el derecho español en todo lo que no estuviera atribuido en exclusiva a la Generalitat. Algo similar puede decirse de la búsqueda de consenso —aportación española al vocabulario político— que alumbró la Constitución de 1978 y, de nuevo, el Estatuto de Autonomía de Cataluña de 1979. Entonces, Tarradellas y Suárez, Suárez y Tarradellas, supieron encontrar el encaje adecuado de Cataluña en España, con resultados enormemente beneficiosos para todos, como mostrarían los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992.

Por el contrario, cuando a lo largo de los últimos cien años han triunfado las posiciones exaltadas de los nacionalismos periféricos y español, todo el país se ha visto envuelto, de una u otra manera, en una crisis  política de importancia. Con la Dictadura de Primo de Rivera se dictó la prohibición de manifestar públicamente todo orden de elementos distintivos de la singularidad catalana (por cierto, con la defensa de esa singularidad en 1924 por parte de los intelectuales castellanos, que luego se tradujo en el homenaje que recibieron en Barcelona en 1930). Y, en fin, la crisis de octubre de 1934 —exactamente hace ahora ochenta años—, cuando, ¡ay!, Esquerra desbordó por la izquierda a la Lliga —fue el otro extremo de la balanza del nacionalismo catalán en el siglo XX—, se hizo con la Generalitat y Companys declaró de manera unilateral el Estado catalán en la República federal española.

Las posturas extremas tampoco facilitaron las cosas durante la Guerra Civil y la Dictadura de Franco. De hecho, en la contienda fratricida, en Cataluña hubo una guerra civil dentro de la Guerra Civil, cuyo punto álgido se vivió en los meses centrales de 1937. Por su parte, Franco y su Dictadura dieron el peor de los tratamientos posibles a la realidad catalana. Tras derogar el Estatuto de 1932 y centralizar totalmente la administración del Estado, se fusiló a Companys y se prohibió y persiguió toda manifestación pública de la identidad propia catalana: banderas, himnos, lengua, folklore o literatura. Con todo, ni siquiera la actitud represiva del Estado de entonces pudo ahogar la especificidad histórica catalana. A diferencia del País Vasco, donde la reivindicación nacional fue vertebrada por ETA (creada en 1959) a través del impulso de graves conflictos, en Cataluña el factor decisivo que mantuvo vivo el pulso de la identidad catalana fue, fundamentalmente, la obra de escritores, cantautores, poetas, historiadores, filólogos o eclesiásticos. A partir de ellos, se asistió a una reacción catalanista bien visible en la sociedad en los años sesenta a través de serie de acontecimientos de gran significación, como el proceso de cárcel contra el ahora denostado Jordi Pujol, la expulsión del Abad de Montserrat, Aureli Escarré, o la aparición de manifestaciones sociales o culturales como la nova cançó, editoriales en catalán o el F. C. Barcelona, entre otros. Fue, de hecho, entonces cuando se puso de manifiesto el fracaso del modelo nacionalista unitario y excluyente que Franco intentó imponer en España. Fue su única derrota en vida.

Con la Democracia, la imagen reflejada de 1931 era la imagen del modelo autonómico. La histórica Diada de 1977, que dio paso a la llegada triunfal de Tarradellas, puso en marcha los mecanismos políticos que terminarían alumbrando el Estatuto de 1979 y, en términos electorales, el predominio continuado de Convergencia i Unió, desde entonces hasta el Tripartito liderado por Maragall (2003-2006). En ese contexto, la quiebra del espíritu de pacto de la Transición de los principales partidos nacionales —que se visualizó en Cataluña con ocasión de la aprobación del Estatuto de 2006—, la inadmisible corrupción en la que los principales partidos políticos han participado y la situación de crisis sistémica que vivimos, no han sido los mejores compañeros de camino para llegar a la encrucijada política actual.

Los catalanes piden seny, acuerdo y altura de miras a los responsables políticos de uno y otro lado del Ebro. Se mire por donde se mire, en ninguna de las tres coyunturas aludidas, 1914, 1932 o 1979, el contexto era mejor que el actual: en la primera estábamos en los inicios de la Gran Guerra; en la segunda, en un contexto internacional determinado por la crisis de 1929, la emergencia de las Tiranías y el retroceso de los sistemas democráticos; y, en la tercera, la ausencia de cultura democrática y los efectos socioeconómicos de la crisis del 73 amenazaban muy seriamente las posibilidades del régimen incipiente. De esta manera, y por volver al proyecto integrador del catalanismo de comienzos de siglo o de los hombres del 14 español, o Cataluña y España son capaces de articular un nuevo proyecto en común, o será muy complicado que ambas tengan un futuro próspero con resultados positivos para la inmensa mayoría de la ciudadanía. Políticos, ¡a las cosas!, que diría Ortega.

· Antonio López Vega es prof. de Hª. Contemporánea de la UCM y dirige el Pulso de España 2014 de Metroscopia con patrocinio de Telefónica  y de próxima publicación en Ediciones El País.

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