La participación en las elecciones europeas del próximo 25 de mayo (en torno al 43%) puede ser la más baja de las seis hasta ahora celebradas en nuestro país, según la estimación de Metroscopia. Pero el dato quizá más destacable en la actualidad es que, entre quienes afirman de manera rotunda su firme decisión de acudir a votar, la mitad dice al mismo tiempo que todavía no tiene claro a quién lo hará. O dicho de otro modo, a un mes de la elección, apenas algo más del 20% de los españoles con derecho a voto tiene ya decidido a qué candidato entregarlo. Un porcentaje similar tiene decidido votar, pero no a quién. Es fácil comprender que, en estas condiciones, la estimación del voto probable – por cautelosa y prudente que sea—deviene especialmente azarosa y debe ser tomada con redoblada prudencia.

Esta es una elección que interesa a pocos, y a esos pocos –como se ve-, muy poco. Europa, lamentablemente, tiene poco que ver con el asunto. Tan voluminosa abstención, y tan abultado silencio entre quienes se declaran electoralmente movilizados, tienen una misma causa: los españoles siguen muy enfadados con los dos grandes partidos nacionales y, aunque hayan estado coqueteando –en los sondeos, se entiende- con otras dos formaciones de ámbito nacional, no parece probable que la irritación con aquellos o la atracción por estos vaya a traducirse ya en una recomposición sustancial del mapa electoral. Las formaciones de signo nacionalista mantendrán, básicamente, su peso anterior y algunas de las de nuevo cuño pueden hasta bordear la consecución de un escaño. El resultado de todo ello es que, el 26 de mayo, PP y PSOE amanecerán, sin duda, erosionados, pero a consecuencia de una elección cuyos resultados son sencillamente imposibles de trasladar, milimétricamente, a otra con 52 circunscripciones de muy dispar peso electoral: o sea, que sus rasguños (y los que quepa imputar al actual sistema de partidos) distarán mucho de ser profundos. Lo cual no causará mayor decepción: sondeo tras sondeo, los españoles han venido declarando con claridad que, en realidad, lo que desean no es un cambio de sistema; que lo que quieren no es que surjan nuevos partidos, sino que los actuales funciones de otra manera; y que lo que desean no es una vida pública dominada por actitudes “sin complejos”, sino alimentada por el espíritu de pacto, transacción y mutua lealtad que caracterizara –tal y como ha quedado fijada en la memoria colectiva- la tan añorada transición a la democracia.

El País