Todos los diagnósticos habían coincidido, con más o menos matices, en prever una fuerte marejada política en Andalucía. Pero, en realidad, lo que se ha producido ha sido más bien un tsunami. Las marejadas se pueden, razonablemente, ver venir y su intensidad y efectos pueden ser anticipados con relativa precisión, y así se hizo. El tsunami solo se percibe cuando ya está encima: lo que pueda conllevar solo se sabe a posteriori, a la hora de contabilizar daños y consecuencias.

Todos los expertos y analistas coincidimos en detectar que el panorama político andaluz iba a experimentar cambios significativos. Nadie dudó, por ejemplo, que el PSOE siguiera siendo la formación más votada; pero muy pocos consideraron posible que fuera con daños tan severos como los experimentados. Podría seguir gobernando —se pensaba— con el apoyo, desde dentro o desde fuera, de un socio: ahora necesitaría dos. Y si lo primero parecía ya difícil, esto segundo resulta simplemente impensable. La “era PSOE” ha acabado, pues, en Andalucía. Lo que pueda venir ahora solo se podrá vislumbrar cuando, pasado el primer shock emocional que tanto distorsiona la percepción de la nueva realidad emergida, se proceda a un recuento sereno de pérdidas y ganancias. Porque está claro que, objetivamente, tres han perdido (de forma tan severa como quizá inesperada) y dos han ganado. Pero los perdedores (PSOE, PP, AA) se resisten a no tenerse, pese a todo (y de forma más o menos alambicada), como vencedores y los ganadores (Ciudadanos, Vox) no lo son de forma que quepa considerar como realmente determinante.

El tsunami que ha supuesto Vox no logró ser detectado a tiempo, como sucede con los maremotos. Hace dos semanas nadie hubiera tomado en serio una estimación que concediera a Vox los 12 escaños finalmente logrados. Fenómenos de esta magnitud solo se hacen aparentes cuando están ya encima. El Pulso Mensual de Metroscopia, divulgado el jueves 29 de noviembre (con el título genérico “Vox consolida su tendencia en España”) estimaba que la formación de Santiago Abascal lograría un 8.2% de los votos en unas elecciones generales que se celebrasen ahora. GAD3, que realizó sondeos en Andalucía hasta el mismo día electoral, pudo afinar más y anticipó, al cerrarse los colegios electorales, un 10.2% de votos para Vox: ha obtenido el 11%. Ambos, datos de muy última hora, lo que no les quita mérito, pero ¿no se pudo ver venir antes el fulgurante ascenso de Vox? Evidentemente no: y no porque fallaran los instrumentos de medición (pese a su reconocida —y difícilmente remediable— básica imperfección y tosquedad) sino porque los maremotos no se predicen: se describen una vez ocurridos. ¿No había signo alguno en el horizonte que permitiera avizorar, aunque fuera de forma muy tentativa, lo que se avecinaba? Quizá, pero las posibles indicaciones resultaban demasiado sutiles, y por tanto más bien inverosímiles. Por ejemplo, dos semanas antes la elección de ayer en Andalucía, Metroscopia detectó que el 82% de los andaluces pensaba que el PSOE volvería a ganar, pero que solo el 32% deseaba que eso ocurriera. ¡Cincuenta puntos de diferencia entre lo que se preveía y lo que se deseaba!

¿No cabía entrever, tras ese dato, un desasosiego lo suficientemente profundo ante lo percibido, a la vez, como indeseable e inevitable como para imaginar que podría hacer propicia la eclosión, un punto exasperada, de una “tormenta perfecta”? Como, por ejemplo, en alguna medida ha sido el nivel récord de abstención: solo el 58.7% de los andaluces ha considerado oportuno depositar su voto, lo que ha contribuido de forma decisiva a varias la escenografía electoral, desdibujando a los tenidos por principales protagonistas. Esta abstención ha dañado ante todo —ahora se ve; antes no se pensó que ese pudiera ser su efecto— a los tres partidos hasta ahora más consolidados (PSOE, PP y Podemos/AA) y que, en cambio, solo ha beneficiado —y espectacularmente— al hasta ahora colista (Ciudadanos, que pasa de 9 a 21 escaños) y al recién llegado (Vox, que debuta con 12 escaños).

¿Fallo de los sondeos? La crítica es tan fácil como errada: los sondeos son espejos en el camino, no predictores de lo que pueda acabar ocurriendo. En general, captaron las señales existentes que barruntaban tormenta. Solo muy a última hora esas señales viraron de sentido y pasaron a sugerir la inminencia de un fenómeno de mucha mayor entidad: y solo quienes pudieron seguir agavillando datos estuvieron en condiciones de alertar —ya a muy última hora, ya tarde— de lo que se venía encima.

Si España fuese Dinamarca, y nuestra cultura cívica y nuestros hábitos políticos fuesen como los que presenta esa serie (‘Borgen’), tan admirada como poco copiada, lo más probable —por coherencia con lo que los resultados revelan respecto del nuevo clima político— sería un gobierno en Andalucía de Ciudadanos con el apoyo —más bien desde dentro que desde fuera— de PSOE y PP; es decir, de los otros dos partidos que se presentan como constitucionalistas. Pero eso no va a ocurrir. Lo más probable es que la situación se estanque, que todos se consideren, desde su personal óptica, ganadores y que desde las posiciones más extremas, a izquierda y a derecha, se llame a la guerra santa (es decir, a establecer “cordones sanitarios”) frente al extremismo anti-sistema justamente opuesto. O sea, que todo puede acabar en nuevas elecciones, en un 2019 ya políticamente sobrecargado.

Artículo publicado en: lainformacion.com