CRISIS SISTÉMICA

En los últimos años, y en paralelo con el desarrollo de la crisis, la opinión pública española ha venido expresando el déficit de liderazgo político que afectaba a España justo en el momento en el que más necesario era. Si los líderes fallan, se cambian. Pero cuando los ciudadanos no pueden cambiarlos porque no hay elecciones generales o, peor aún, porque no vislumbran un recambio cualificado, es el sistema en su conjunto el que se ve afectado. Esto es lo que parece estar ocurriendo en estos momentos.

De celebrarse ahora unas elecciones generales, el porcentaje de electores que acudirían a las urnas sería el más bajo de la democracia española: apenas un 53 %, casi 20 puntos menos que quienes votaron hace poco más de un año (fue el 71.7 %). Es decir, apenas uno de cada dos electores tiene claro que ahora acudiría a votar. El bipartidismo imperfecto que ha caracterizado el Parlamento español se vería afectado también: la suma de los porcentajes de los dos partidos que han gobernado en nuestro país en las últimas tres décadas —PSOE y PP— no alcanzaría ni la mitad de los votos válidos emitidos. En estos momentos, el PP obtendría un 23.9 % de los votos y el PSOE 23.5 %: 20.7 y 5.2 puntos menos, respectivamente, que lo logrado en las elecciones del 20 de noviembre de 2011. IU duplicaría y UPyD triplicaría su resultado porcentual de entonces: 15.3 % y 13.6 %, respectivamente.

En esta ocasión, la intención directa de voto (IDV) —lo que los ciudadanos responden de forma inmediata y espontánea cuando se les pregunta por su comportamiento electoral más probable en unas inmediatas elecciones— refleja mejor que cualquier otro dato la crisis sistémica que arroja el sondeo. La comparación de los porcentajes de intención directa de voto con los resultados sobre el Censo electoral de 2011 permite las siguientes comprobaciones: un aumento de la abstención de casi 20 puntos (de 28.3 % en 2011 al 47 % actual); una caída de casi 20 puntos en el porcentaje del PP (de 31.6 % al 12 % ahora); una caída cercana a los 8 puntos en el ya exiguo porcentaje logrado por el PSOE en aquellas elecciones (de 20.3 % a 12. 4%) y un aumento de 5 puntos en el voto en blanco (de 1 % a 6.1%). Por el contrario, IU, que logró un 4.9 % de los votos sobre Censo, obtendría ahora un 7.8 %; y UPyD pasaría de 3.3 % a 6.9 %.

El electorado español parece estar experimentando un doble proceso: uno de “expulsión” hacia la abstención, que afecta a una parte importante del electorado que votó en las últimas elecciones generales (sobre todo de votantes del PP y del PSOE), y otro de “reordenación” de los votantes, en el que IU y UPyD serían los mayores beneficiados porque, aunque también perderían parte de los electores que les apoyaron en 2011, quedarían compensados (con creces) con los que recibirían de socialistas y populares. En estos momentos, solo un 42 % de los votantes populares volvería a votar al PP, un 9 % votaría a UPyD y un 12 % a otros partidos o en blanco. Entre los votantes socialistas, un 45 % volvería a votar al PSOE, un 9 % votaría a IU y un 12 % a otros partidos o en blanco.

La desaprobación ciudadana es mayoritaria en el caso de los cuatro líderes de estas formaciones políticas. No obstante, el líder de IU, Cayo Lara, y la de UPyD, Rosa Díez, son los que mejor librados salen: su desaprobación está menos extendida entre el conjunto de la ciudadanía, y entre sus propios votantes, son mayoría quienes aprueban su labor opositora. Algo de lo que no pueden presumir ni el Presidente, Mariano Rajoy, ni el principal líder de la oposición, Alfredo Pérez Rubalcaba. Rajoy obtiene su peor saldo entre quienes aprueban y desaprueban su gestión desde marzo de 2012 (-58 puntos) y lo mismo ocurre con su saldo entre quienes dicen confiar en él y quienes no (-71 puntos). Incluso entre los votantes del PP son más quienes dicen no confiar en el Presidente (57 % frente a 42% que sí confía) y un destacable 41 % de este electorado desaprueba su gestión como presidente del Gobierno.

El líder socialista por su parte, sigue obteniendo peores balances que Rajoy si bien se observa cierta leve mejoría con respecto a oleadas anteriores. Así, el saldo entre quienes aprueban su labor opositora y quienes la desaprueban es de -66 puntos (la menos mala desde diciembre 2012); y el de quienes dicen confiar en él y quienes no de -79 puntos (el menos malo desde octubre 2012).

Por último, la imagen del Gobierno sigue empeorando y el saldo entre quienes tienen una impresión negativa del Ejecutivo en su conjunto y quienes tienen una positiva es de -62 puntos, la peor desde abril de 2012. Y todos los Ministros del actual Gabinete mantienen sus balances negativos en la evaluación ciudadana a su gestión, y alguno obtiene en esta oleada el peor saldo desde que accedieron al Gobierno. Es el caso del ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón (-54 puntos); del ministro de Hacienda, Cristobal Montoro (-51); de la ministra de Sanidad, Ana Mato (-47); del ministro de Economía, Luis de Guindos (-46); de la ministra de Fomento, Ana Pastor (-35); de la vicepresidenta, Soraya Saénz de Santamaría (-33); y del ministro de Industria, José Manuel Soria (-32).

Estimación de voto febrero 2013
Febrero 2013

INTENCIÓN DIRECTA DE VOTO

La intención directa de voto equivale a la voz de la calle. Es lo que los españoles responden de forma directa y espontánea cuando se les pregunta por su comportamiento electoral más probable. Es un dato clave para captar el estado de opinión predominante, pero debe ser interpretado con cautela pues no siempre refleja todo lo que los electores piensan, sino sólo lo que deciden revelar al ser preguntados. Distintos factores de coacción ambiental hacen que la verbalización de las distintas opciones ideológicas (su probabilidad de ser expresadas de forma espontánea y natural) no sea siempre la misma. La intención directa de voto (UDV) es, así, sometida a una serie de procesos de ajuste (a partir, fundamentalmente, del recuerdo de voto, de la fidelidad de voto, de la tasa de participación estimada, de la valoración  por cada grupo de votantes de la gestión de cada partido y de sus líderes y de otros datos complementarios proporcionados por el sondeo sobre el estado de ánimo general de las personas entrevistadas) que permitan estimar cuál es, en esas circunstancias, el resultado más probablemente esperable. Obviamente, a partir de una misma IDV sería posible, utilizando otros criterios analíticos e interpretativos, obtener estimaciones de resultado electoral no necesariamente coincidentes con la que aquí se ofrece. La estimación de voto probable, por tanto, no es ya un dato directamente conseguido de la ciudadanía, sino una interpretación de sus declaraciones realizada a partir de unos supuestos determinados (lo que se conoce como “cocina electoral”). Aunque con frecuencia, por un uso descuidado, se confunda intención directa de voto y voto probable estimado, en realidad son cosas distintas. Una intención directa de voto muy elevada puede terminar, tras ser procesada, en una estimación de voto probable más reducida, o a la inversa. La IDV se compara con el resultado real que cada partido obtuvo sobre el Censo de españoles residentes (CER). Por su parte, los datos de voto estimado se comparan con el resultado real de cada partido sobre el total de votos válidos.

En esta oleada del Clima Social correspondiente al mes de febrero de 2013 la intención directa de voto es la siguiente:

Intención directa de voto febrero 2013

En twitter @JPFerrandiz

El País