El ascenso de Podemos y Ciudadanos, del que se derivan el lento declive de IU y la irrelevancia actual de UPyD, son la mejor expresión del cambio y la volatilidad en el intenso curso político pasado.

Primero fue la irrupción de Podemos tras las elecciones Europeas de mayo de 2014. El partido liderado por Pablo Iglesias obtuvo un éxito electoralmente discreto pero moralmente impetuoso. Percibido por los ciudadanos como un partido con potencial de Gobierno, en solo seis meses y tras un ascenso continuo en los sondeos se situó como primera fuerza política en estimación de voto para unas elecciones generales. Un logro que ningún otro partido, a excepción de PSOE o PP, había conseguido en los últimos 35 años. La aparición de Podemos –que desde entonces se ha mantenido entre los primeros tres puestos en estimación de voto- ha sido determinante para que la suma de los porcentajes de voto estimados para PSOE y PP —los dos partidos que han sustentado el bipartidismo estos años— no haya logrado superar el 50 % desde noviembre de 2014.

La evolución de Podemos durante el último año, de agosto de 2014 a agosto de 2015, dibuja cuatro fases.

  1. La de rápido ascenso en 2014 desde el inicial 10.7 % de los votos en agosto al 27.7 % de noviembre, que le situó por primera vez a la cabeza.
  2. La breve fase de hegemonía (enero-febrero 2015), en la que no solo se afianza como primera fuerza, sino también se distancia del PP y del PSOE (6.8 y 9.4 puntos, respectivamente).
  3. La etapa en la que disputa la cabeza con PP y PSOE: entre el 22.5 % de marzo y el 21.5 % de julio.
  4. Y por último, el alejamiento de la primera posición —¿momentáneo?— observado en el último Clima Social de julio que le distancia 5 puntos del PP y 5.4 del PSOE.

La identificación de cuatro etapas diferentes en el curso de un año indica con claridad la elevada elasticidad de la marca, entendiendo por tal una diferencia considerable entre el techo electoral (28.2%) y lo que hasta el momento es su suelo (18.1%, que ha descendido 3.4 puntos en el último mes).
Distinguir en qué medida ese descenso se debe a un reajuste a favor del PSOE o a las dificultades de gestión de un electorado cada vez más complejo (desde la pervivencia de IU hasta la posibilidad de la confluencia entre fuerzas políticas y sociales diversas) es todavía prematuro. En este año fulgurante, la conclusión es que el indudable poder de su marca no es ajeno a la volatilidad que parece caracterizar a los partidos emergentes.
Poco después, la irrupción de Ciudadanos. Tras anunciar su expansión política más allá de su tradicional ámbito de actuación en Cataluña, el partido liderado por Albert Rivera logró un ascenso demoscópico vertiginoso desde comienzos de año hasta consolidarse como cuarta fuerza política y como actor que tener en cuenta en los (probablemente) necesarios acuerdos para conformar el próximo Gobierno de la nación.

El acceso Ciudadanos en el escenario electoral del conjunto de España es, al igual que el de Podemos, impactante. Del 13% en diciembre de 2014 alcanza el 19.4 % en abril, antes de las elecciones autonómicas y municipales. La alta expectativa anterior al doble proceso electoral se ve seriamente interrumpida y corregida tras los resultados del 24M. Del 19.4 % de voto estimado para elecciones generales en abril desciende al 13% de junio —su suelo hasta hoy—. Superado el bache, el voto a Ciudadanos experimenta un repunte hasta el 16.1% en el Clima Social de agosto.

En este tiempo, la figura de líder Albert Rivera se ha consolidado como su mayor fortaleza: es el único líder que de manera recurrente e inalterada de enero a agosto obtiene un saldo evaluativo positivo (diferencia entre quienes aprueban y desaprueban su actuación política) entre el conjunto de la población.

Las incertidumbres futuras en torno a Ciudadanos se centran en su capacidad para resistir la llamada al voto útil de los grandes partidos. De esa resistencia, que implica fijar un suelo por encima del 10 %, depende en buena medida la consolidación en España de un modelo pluripartidista.

Mención aparte merecen IU y UPyD. Los dos partidos que en un principio parecían estar llamados a capitalizar el desgaste electoral de PSOE y PP no han logrado atraer a los votantes socialistas y populares desencantados. Lo consiguieron, aunque de manera muy moderada, antes de la aparición de Podemos y Ciudadanos. El voto estimado de IU, desde agosto de 2013 hasta abril de 2014, no bajó del 11 %. Pero en la oleada posterior a las elecciones europeas —ya con Podemos en el tablero político— descendió hasta el 5%. El partido de Alberto Garzón y el de Pablo Iglesias compiten en un mismo electorado y, de momento, la victoria se decanta a favor de este último. Con todo, lo cierto es que, con algunos altibajos, IU sigue aguantado el embate de Podemos.

UPyD, que llegó a tener un resultado estimado de 9.1% en 2013, sufrió una pérdida de votantes tanto tras la aparición de Podemos como, sobre todo, tras la apuesta nacional de Ciudadanos. El partido de Albert Rivera ha absorbido a la práctica totalidad de los votantes de la formación magenta que, según los últimos datos, tiende hacia la irrelevancia política.

El País