Los jóvenes españoles que perciben la situación económica del país como mala alcanzan el 85%, según el último Barómetro de Clima Económico de Metroscopia. Esta cifra supera con creces a la de los mayores de 65 años con la misma opinión —un 65%—.

Los efectos de la crisis económica han sido muy asimétricos entre los distintos grupos de edad de la población española. El elevadísimo nivel de destrucción de empleo durante los primeros años de la crisis —superior incluso al de la época de la Gran Depresión en EE UU— afectó de manera particular a los trabajadores más jóvenes. La dualización del mercado laboral español facilitó el despido masivo de aquellos trabajadores con contratos laborales temporales —fundamentalmente jóvenes—. El acceso a pensiones y jubilación protegió al colectivo de los mayores de 65 años de los vaivenes del mercado laboral y blindó sus rentas. El desempleo juvenil durante la Gran Recesión se ha mantenido muy por encima del promedio nacional, superando incluso el 50% en algunas regiones de la geografía española como Andalucía. El persistente desempleo y la devaluación salarial competitiva han supuesto un menoscabo del bienestar de los jóvenes frente a los mayores por partida doble.

Por un lado, los jóvenes han visto cómo sus rentas salariales se reducían ante la presión del desempleo, mientras las pensiones quedaban protegidas por cláusulas de salvaguarda de la capacidad adquisitiva frente al IPC. La Encuesta Financiera de las Familias presentada por el Banco de España este mes de enero, apunta que, entre el 2011 y 2014, los jóvenes han sido el grupo de edad que más capacidad adquisitiva ha perdido: un 22,5%. En este mismo período, únicamente la mediana del colectivo de mayores de 65 años ha ganado poder adquisitivo entre todos los grupos de edad. Esta pérdida de ingresos es percibida claramente por los jóvenes que, en un contexto generalizado de bajada o estancamiento de los precios, ven como el coste de la vida sube para ellos: casi un 80% así lo manifiesta. Este porcentaje se reduce en 20 puntos en el caso de jubilados y pensionistas que tienen, por tanto, una visión más optimista de la evolución de su bienestar material. Esta brecha perceptiva intergeneracional del encarecimiento del coste de la vida está sin duda relacionada con las políticas del ejecutivo que garantiza ganancias de poder adquisitivo a jubilados o pensionistas frente a otros grupos de edad, bien mediante mecanismos de compensación ad hoc o con el establecimiento de un diferencial positivo de inflación en la revisión anual de las pensiones.

Por otro lado, el bienestar de los jóvenes se ha visto también afectado a través de un empeoramiento de las condiciones del mercado laboral. Así, lo que el economista Barry Eichengreen define como la “hiperincertidumbre” económica afecta desigualmente a quienes están dentro del mercado laboral y han de seguir en él durante muchos años frente a los jubilados o pensionistas —solo un 2% de los españoles continúa trabajando al alcanzar los 65 años—.  Así, el riesgo de quedarse en paro en un futuro muy cercano se percibe como bastante o muy elevado por 24% de los jóvenes. Una vez expulsados del mercado laboral, las expectativas son todavía más inciertas: cinco de cada diez creen que les resultaría difícil o prácticamente imposible encontrar un empleo similar. Un mercado laboral disfuncional, que destruye empleo mucho más rápido de lo que lo crea desanima a los jóvenes sin trabajo: casi un tercio de los jóvenes en paro piensa que es poco o nada probable encontrar trabajo en un futuro próximo.

La crisis ha creado una brecha económica intergeneracional entre jóvenes y mayores de 65 años: menores ingresos y más inestabilidad laboral para los más jóvenes. Las percepciones económicas de unos y otros muestran también esta brecha: los jóvenes miran al futuro con mucha más incertidumbre económica que sus mayores. España (como titulaba Joaquín Estefanía en El País) no es país para jóvenes, la carga de la crisis ha recaído en ellos.