Estos días, numerosos observadores están llamando la atención sobre el efecto que el “No” en el referéndum sobre la independencia de Escocia puede producir en Cataluña. Algunos se afanan en mostrar que nada tiene que ver una situación con la otra, aunque, como siempre, si se analizan las cuestiones con cierta distancia, la realidad es mucho más compleja y diversa de lo que a priori parece y las respuestas casi nunca suelen ser categóricas.
En términos históricos, la Monarquía Hispánica que alumbró el reinado de los Reyes Católicos y que llegaría hasta la muerte de Carlos II en 1700 era, como ya explicó John Elliott, una Monarquía Compuesta similar a la británica. Es decir, aunque compartían un mismo monarca, los diferentes reinos y territorios que la componían tenían sus propios ordenamientos jurídicos, fiscales e institucionales, independientes unos de otros, de manera que el rey necesitaba del entendimiento con las clases privilegiadas de cada reino para gobernar –lo que solía conllevar el reconocimiento de privilegios locales-. Escocia, que había sido un reino independiente desde el siglo IX, no vio unido su destino al de Inglaterra hasta 1603, cuando Jacobo VI heredó ambas Coronas.

En el nuevo orden internacional surgido tras la paz de Westfalia (1648), las Monarquías Compuestas fueron modificando su constitución para adaptarse al nuevo escenario en el que la Francia de Luis XIV ejerció la hegemonía. Así, Inglaterra y Escocia acordaron en 1707 la Union Act, por la que nacía el Reino Unido de Gran Bretaña: se integraba el parlamento escocés en el inglés y se fomentaba la incorporación económica y cultural escocesa en la inglesa, si bien, al mismo tiempo, Escocia conservaba, además de su propia Iglesia (presbiteriana reformada), buena parte de sus leyes e instituciones, su propio sistema de educación, tradiciones y fiestas distintas, o regimientos militares separados dentro del ejército del Imperio Británico. Por su parte, la Monarquía Hispánica, sumida en una profunda crisis de todo orden, se vio envuelta en una Guerra de Sucesión que duraría quince años y que fracturaría sus Reinos y territorios en partidarios de los Austrias y de los Borbones. En este sentido, no deja de ser sorprendente que al inicio del proceso que actualmente estamos viviendo en Cataluña, algunas personalidades relevantes –incluso historiadores- hayan tratado de hacer ver la Guerra de 1700-1714 como una guerra de secesión y no como lo que realmente fue: una guerra dinástica en la que, finalmente, los intereses de la dinastía Borbón se impusieron sobre los de los Austrias. Llegados a este punto, la posición Austracista de los territorios de la Corona de Aragón hizo que Felipe V aboliese sus leyes e instituciones propias mediante los Decretos de Nueva Planta –medida que, por otra parte, era correlativa, en cierto modo, a las que aplicaban otras monarquías europeas, no solo la británica aquí tratada, también la de los Habsburgo, entre otras.

Terminada la Guerra de Sucesión, los Borbones impulsaron el modelo centralizador y burocratizado que caracterizó el XVIII español y cuyo cénit fue el reinado de Carlos III. Fruto de las políticas reformistas de sus ministros ilustrados, aquella centuria fue un siglo positivo para el desarrollo de España y, muy especialmente, de Cataluña –sobre todo a partir de la paulatina liberalización del tráfico comercial con América-. Escocia también asistió a un siglo XVIII enormemente beneficioso. Sin embargo, mientras la elaboración literaria de la identidad posterior a 1707 supuso la redefinición de una identidad dual –escocesa y británica-, este fue un período de “invierno” para el catalanismo –imagen empleada por Prat de la Riba para expresar el retroceso de las manifestaciones culturales e identitarias catalanas en ese tiempo-.

Con el cambio de siglo, la crisis del Antiguo Régimen dio paso al liberalismo político que hizo de los súbditos ciudadanos libres e iguales ante la ley, con independencia de su cuna o territorio de origen. Había llegado el Estado de Derecho Liberal, cuyo apogeo se vivió en la segunda mitad de la centuria. También a comienzos del XIX, el romanticismo, de una manera u otra, dio lugar a la irrupción de los nacionalismos tal y como los hemos entendido en los últimos doscientos años y en sus diferentes vertientes: legalistas, etnicistas o culturales.

Fue entonces cuando se asistió a un renacimiento de la cultura y lengua catalanas –a partir de la reinaxença-, un resurgir literario, historiográfico y de costumbres. En términos ideológicos, el catalanismo del XIX fue, en líneas generales, conservador, tradicionalista –tuvo una importancia fundamental el obispado de Vic- y, en lo económico, proteccionista –en defensa de aranceles que protegieran los productos catalanes-.

En Escocia, el desarrollo económico ligado a la revolución industrial, junto a la religión y a la aportación militar escocesa al Imperio, fueron factores decisivos para la consolidación de la integración de Escocia en el Reino Unido. Culturalmente, la Ilustración escocesa (David Hume o Adam Smith, entre otros), supuso una contribución sustantiva al pensamiento inglés y europeo. Con el siglo XIX, Walter Scott convirtió Escocia en la región romántica del imaginario británico. En lo político, la reina Victoria hizo, por ejemplo, del castillo de Balmoral su residencia de verano; la reina Isabel II, además de pasar largas temporadas allí, al casarse en 1947 hizo a su marido –Philip Mountbatten– duque de Edimburgo, ha residido oficialmente algún tiempo al año en esa ciudad e, incluso, ha presidido en diferentes ocasiones la Asamblea General de la Iglesia de Escocia; eso por no mencionar los diferentes primeros ministros de origen escocés, como, por ejemplo, Tony Blair o Gordon Brown. De esta manera, el triunfo de lo angloescocés en la realidad británica ha sido evidente a lo largo de los siglos XIX y XX.

Fue en torno a finales de siglo XIX cuando creció la pulsión del catalanismo político. La debilidad estructural del Estado español durante el siglo no ayudó a la consolidación y vertebración de un proyecto nacional cohesionado. Mientras, la industrialización catalana contribuyó al desarrollo de una sociedad urbana y burguesa. Las diferencias con otras regiones de España se fueron acentuando, y así, ya en el periodo de la Restauración, Valentí Almirall, siguiendo a Pi i Margall, defendió por vez primera de manera estructurada la opción federalista como la mejor para el encaje de Cataluña en España. Él estuvo entre los promotores fundamentales del Memorial de Greuges –o de agravios- (1885), que, tras una crisis dentro del catalanismo, se vio completado pocos años después por las Bases de Manresa (1892), de facto, el acta de nacimiento del catalanismo político conservador. La crisis de la conciencia nacional española que se desató tras el desastre de 1898 dio paso a la participación y reivindicación del catalanismo en la arena política.

En Escocia, al mismo tiempo, la industrialización produjo un cambio demográfico y social que hizo que sus problemas fueran, fundamentalmente, los problemas propios de este tipo de sociedad. Por el contrario, en Cataluña, aunque se trataba de una sociedad también industrializada, ese pulso político, en lugar de venir marcado por el socialismo o el laborismo –en sus diversas variantes-, estaría caracterizado, indefectiblemente, por el nacionalismo.  De esta manera, si el ritmo político escocés estuvo definido a lo largo de todo el siglo XX  por el laborismo (fue el partido más votado en 17 de las 20 elecciones generales celebradas en el Reino Unido entre 1922 y el fin de siglo), en Cataluña, tras la creación de la Lliga Regionalista en 1901, la alternancia de partidos no fue la propia del Turno (es decir, partido conservador-partido liberal), sino Lliga-partido conservador/partido liberal (en su caso, Lliga-partido republicano lerrouxista).

Paralelamente, en esos albores del siglo XX, el modernismo, y un poco más tarde, el noucentisme, que aunó cultura y política, plasmaron lo que era una realidad histórica: Cataluña como entidad propia y diferenciada. De entonces a hoy, en el contexto de uno de los grandes problemas de nuestra contemporaneidad, la vertebración territorial de España, la cuestión del encaje catalán en España fue, sencillamente, el factor decisivo.

· Antonio López Vega dirige el Pulso de España 2014 de Metroscopia con patrocinio de Telefónica  y de próxima publicacion en Ediciones El País.

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