Metroscopia - IDV en el centro ideológico
Al final va a tener razón el tantas veces vilipendiado Pedro Arriola cada vez que explica a quienes quieran escucharlo que el Partido Popular ha ganado las elecciones en España —un país donde la ciudadanía se autoubica en el centro izquierda— solo cuando en el seno del partido han ocupado las posiciones de poder los más centrados en detrimento de los ubicados más a la derecha.

Así, la refundación del Partido Popular emprendida en 1989 hizo que se cambiara el nombre, el ideario y el líder, y con este llegó una nueva generación de miembros del partido. Ese giro al centro hizo que la ciudadanía respaldara pronto el nuevo proyecto: en las elecciones de 1993, el PP perdió por escaso margen, pero consiguió la victoria en 1996, dando lugar a la alternancia indispensable en toda democracia consolidada. Además, la aritmética parlamentaria exigió acentuar ese centrismo para no perder los apoyos nacionalistas que garantizaban la estabilidad del Ejecutivo, lo que fue aplaudido por los españoles, que otorgaron al PP la mayoría absoluta en 2000. Ahí llegaron los problemas. Cuando su gobierno no tuvo necesidad de apoyos, el perfil pactista fue deshaciéndose para adoptar posiciones más radicales que llevaron a la pérdida de confianza del electorado. En las elecciones de 2004, aunque las encuestas esbozaban una victoria por la mínima del PP, la comunicación que aquel gobierno adoptó en relación con los atentados yihadistas del 11M terminó por inclinar la contienda electoral a favor del PSOE.

Los socialistas ya tenían transitado aquel viaje al centro, desde la posición socialdemócrata —abandonando el marxismo— adoptada por Felipe González en 1979. Aquel desplazamiento hacia posiciones más centristas llevó al PSOE a la victoria histórica de octubre de 1982. Cuando en 2004 Zapatero accedió al gobierno, sus políticas sociales le hicieron ganar un espacio muy amplio en el centro. Sin embargo, ese apoyo se fue deteriorando fruto, entre otras decisiones, de una política económica que no supo hacer frente a la creciente recesión económica a partir de 2008.

La aplastante victoria de Rajoy en 2011 fue, fundamentalmente, un castigo al PSOE por una política económica que había dejado al país al borde de la quiebra. Eso hizo que el PP descuidara ese centrismo fundamental que la experiencia mostraba necesario para ganar la Moncloa. Tres años después, el desgaste del gobierno popular, los recortes y la crisis económica, así como la sucesión de escándalos de corrupción, han debilitado seriamente el suelo electoral popular. Hasta hace poco, este partido dormitaba tranquilo en su liderazgo silente, confiando en la recuperación de buena parte de su electorado una vez que la ciudadanía percibiese la mejora económica —algo que, por el momento, no ha sucedido (según datos de Metroscopia, así lo manifiesta el 66 % de la ciudadanía)—. Con todo, su problema fundamental hoy es que mientras esperaba posibles amenazas para su habitual espacio electoral por la derecha, estas le han llegado por el centro, donde la irrupción de Ciudadanos le ha arrebatado el 16 % de sus potenciales votantes tradicionales.

¿Cómo recuperar posiciones en esa batalla por el centro que puede valer la Moncloa? Desde luego, con tino en la elección de candidatos que eviten el descalabro vaticinado por las encuestas en dos feudos populares tradicionales: Madrid y Valencia. Pero eso no basta. También tiene un problema con el liderazgo y con el mensaje –y su credibilidad–. No es solo que Rajoy tenga una evaluación muy negativa: a final de año, tenía un balance de -60 (el 79 % desaprobaba su gestión frente al 19 % que la aprobaba); su problema deriva, sobre todo, de que puede ser el único aspirante a la presidencia del gobierno que no ha respondido a la solicitud de regeneración que pide la ciudadanía española, que comenzó Zarzuela, en lo institucional, y que la irrupción de Podemos hizo visualizar en lo político. Así, todos los aspirantes a la presidencia del Gobierno —llámense Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Albert Rivera o Alberto Garzón— responden, de una u otra manera, a ese imperativo. Todavía más: el PP necesita elaborar no solo un programa que refleje esa imagen de centro que aspira a ocupar, sino que, además, debe dotarlo de credibilidad, algo que es muy complicado para un partido en el gobierno que —por muy justificados motivos que crea tener— ha traicionado buena parte de lo que prometió hacer en la campaña electoral de 2011.

En el PSOE, las contradicciones en el mensaje y la debilidad y cuestionamiento más o menos solapado —y peor disimulado— del liderazgo de Pedro Sánchez, han originado que Podemos les arranque un 22 % de sus tradicionales votantes. Peor aún, según el barómetro que Metroscopia elabora para El País, ha pasado de ser la opción preferida por los españoles en el último cuatrimestre del 2014 (en diciembre, cuando menor fue su ventaja, la estimación de voto del PSOE era 27.7 %,  de Podemos 25 % y del PP 20 %), a ser la tercera, por detrás de Podemos y PP, con un deterioro en su expectativa de voto de más de nueve puntos en lo que va de año.

En este contexto, la decisión de Pedro Sánchez de destituir a Tomás Gómez ha sido interpretada como un intento de recuperar el control del partido y de revertir la tendencia en la intención de voto con un candidato de perfil “ganador”, es decir, “centrista” —Ángel Gabilondo—. Para frenar la hemorragia de votantes, el líder socialista busca recuperar la posición del PSOE como referente del centro izquierda, dejando a Podemos el espacio de la izquierda y al PP el de la derecha, tratando de ubicarse en la posición que durante años ocupó el felipismo para la sociedad española, con AP —luego PP— a un lado del espectro político y el PCE —más tarde IU— al otro. Más allá de cuestiones partidistas, la recuperación de este histórico partido es un problema no solo para sus militantes y simpatizantes, sino para todo el país. El PSOE ha sido el único partido de ámbito estatal a lo largo de los últimos 40 años de democracia que ha gobernado en todos y cada uno de los territorios del Estado (también País Vasco y Cataluña), con lo que eso tiene de importante ante la próxima discusión de la vertebración territorial.

La conquista del centro se antoja vital ante la próxima cita electoral. Lo novedoso de la nueva coyuntura es que ese centro ya no está disputado, exclusivamente, por los dos grandes partidos tradicionales. El constante trasvase de votos hacia Ciudadanos y Podemos ha hecho que el bipartidismo se haya roto. Más aún, según datos de Metroscopia de la segunda quincena de febrero, el centro del electorado (es decir, aquellos que se autoubican ideológicamente en el 5 —0 representa la extrema izquierda y 10 la extrema derecha), que representa el 39 % de los ciudadanos, se decantaría en intención directa de voto por Ciudadanos (11 %), seguido de Podemos (10.6 %), PP (8.9 %) y PSOE (7.6 %). Y no ha de obviarse que, además de lo que puedan seguir arañando (o no) las dos primeras opciones a las dos segundas, según el resultado final, la Ley D’Hont puede hacer más o menos irrelevantes a efectos de reparto de escaños los sufragios de UPyD (ahora en intención directa de voto en 2.8 %) o IU (0.9 %). Como decían en el viejo carrusel deportivo: este es el minuto y marcador.

· Antonio López Vega es profesor de Hª. Contemporánea de la UCM y dirige el Pulso de España de Metroscopia con patrocinio de Telefónica  y de próxima publicación en Ediciones El País.

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