Las ciudades son espacios en transformación. A lo largo de la historia, las necesidades humanas se han intentado satisfacer de maneras diversas, las prioridades en el diseño urbano han ido cambiando y así lo han hecho también las formas de vida. Y de la mano de esta evolución se han sucedido numerosos calificativos para estos espacios: ciudad de la información, ciudad global, postmetrópolis o, desde hace pocos años, ciudad inteligente. Este último goza de una creciente aceptación en los foros institucionales y empresariales, a pesar de no estar exento de incertidumbres.

Parece existir un cierto acuerdo teórico en que una ciudad inteligente es aquella que hace uso de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC) para responder adecuadamente a las necesidades básicas de instituciones, empresas y habitantes, tanto en el ámbito económico como en el social y medioambiental. Esto supone la promoción de criterios como la sostenibilidad de los sistemas urbanos o la gobernanza participativa. Las grandes empresas de tecnología, como Siemens, IBM, Intel o Cisco, consideran, además, que el estar conectadas a la red será lo que defina básicamente a estas urbes, e IBM cuenta ya con 2000 proyectos en curso en diversos países del mundo.

Para la puesta en práctica de todo ello, la Red Española de Ciudades Inteligentes (RECI) presentó, en junio de 2011, el Manifiesto por las Ciudades Inteligentes. Innovación para el progreso. Su objetivo es “intercambiar experiencias y trabajar conjuntamente para desarrollar un modelo de gestión sostenible y mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, incidiendo en aspectos como el ahorro energético, la movilidad sostenible, la Administración electrónica, la atención a las personas o la seguridad”. Actualmente, la RECI está formada por 41 ciudades y una de ellas, Barcelona, ha acogido este mes de noviembre el Smart City Expo World Congress.

El reto es indudable. Nuestro país necesitaría hoy casi 3,5 superficies como la de España para satisfacer su ritmo de desarrollo actual (huella ecológica); el 63,8 % de la población opina que se está haciendo demasiado poco para proteger el medio ambiente; el índice de pobreza humana, que combina factores económicos (renta y desempleo) y sociales (salud y educación), aumentó un 8 % entre los años 2008 y 2011. Y en la ciudad de Madrid, el 52 % de los habitantes considera que no se fomenta la participación urbana.

Por otro lado, el 49 % de los españoles afirma que el progreso científico y tecnológico entraña más ventajas que inconvenientes para el medioambiente, frente al 28 % que mantiene lo contrario. Para que esto sea así, comienzan a surgir iniciativas locales que conciben la tecnología, que definirá a las ciudades inteligentes, como un instrumento al servicio de las necesidades humanas básicas, capaz de ofrecer a los ciudadanos nuevas maneras de conexión, de información y de participación activa en el desarrollo urbano. De modo que la mercadotecnia, más allá del ámbito empresarial, debería suponer una oportunidad real para la construcción colectiva de ciudades más sostenibles.

El País