Si ahora se celebrasen unas elecciones autonómicas en al Comunidad de Madrid, el PP perdería la mayoría absoluta que conserva de manera interrumpida desde hace 10 años. Con una participación inferior a la de hace dos años —en torno a 10 puntos menos: fue del 68.3 % en los últimos comicios y ahora rondaría el 58 % del electorado— el PP obtendría el 35.2 % de los votos válidos emitidos, es decir, 16.5 puntos menos que los logrados en las últimas elecciones autonómicas (51.7 %). Esta pérdida de votos conllevaría una sustancial reducción de su actual número de diputados en la Asamblea madrileña: de 72 escaños que tiene ahora pasaría a contar con 54 (18 menos).

El PSOE, por su parte, sufriría también un retroceso importante aunque más moderado que el de los populares: obtendría un 20.1 % de los votos (6.1 puntos menos que en 2011) y 30 diputados (6 menos que ahora). El descenso de los dos partidos mayoritarios sería aprovechado por las otras dos formaciones que actualmente cuentan con representación en el parlamento autonómico: IU y UPyD. La coalición rojiverde se quedaría a escasa distancia del sorpasso al duplicar, prácticamente, su resultado de hace dos años tanto en porcentaje de voto como en número de diputados: obtendría el 18.9 % de los votos (frente al 9.6 logrado en 2011) y 29 escaños (16 más). Algo similar a lo que sucedería con el partido magenta: duplicaría su representación en la Asamblea (pasando de 8 a 16 diputados) al aumentar en algo más de cuatro puntos su porcentaje de voto actual (de 6.3 % a 10.4 %). El partido EQUO obtendría un mejor resultado que en los últimos comicios —3.8 % frente al 1 %— pero insuficiente para alcanzar la barrera electoral del 5 % de los votos establecida en la Comunidad para poder entrar a formar parte del reparto de escaños.

La estimación corresponde a un parlamento autonómico constituido por 129 diputados como en la actualidad. No obstante, si se redujera el número de escaños en la Asamblea de cara a la próxima legislatura —como en algún momento se ha planteado—  el panorama no sería muy distinto al descrito: con un Parlamento autonómico reducido bien a 100 diputados bien a 99 bien a 65, el PP no obtendría mayoría absoluta y, en todas estas opciones, la llave del Gobierno autonómico recaería sobre UPyD dado que tampoco la suma de escaños de PSOE e IU sería suficiente para un gobierno mayoritario de coalición. Las 600 entrevistas que se han realizado en este sondeo son insuficientes para poder hacer una estimación electoral teniendo en cuenta la última reforma que se ha barajado (que un tercio de los diputados sean elegidos de manera directa en una serie de circunscripciones preestablecidas y el resto como resultado de la aplicación de la Ley D´Hont).

La mayoría del electorado del PP —57 %— sigue fiel a su partido y volvería a votar por los populares si se celebrasen elecciones autonómicas de manera inminente. No obstante, la caída electoral que sufriría ahora mismo el PP se debe principalmente a la desmovilización de una quinta parte (20 %) de sus votantes que optaría ahora por la abstención. El porcentaje de infieles —esto es, quienes manifiestan que votarían ahora a otra opción política diferente— entre las filas populares se sitúa en el 13 %. En el caso del PSOE —que cuenta con una sustancial menor fidelidad que apenas supera el tercio de sus votantes (35 %)—, sus dos vías de fuga de sus votantes tienen un caudal similar aunque los infieles son ahora algunos más que los desmovilizados: un 27 % dice que votaría a otro partido diferente al PSOE o en blanco y un 23 % que no acudiría a votar. El destino preferido por un mayor porcentaje de estos votantes infieles socialistas es IU: un 17 % votaría a la formación encabezada por Gregorio Gordo (en términos absolutos supondría unos 130.000 votos). IU es el partido que cuenta en la actualidad con un porcentaje de fidelidad de voto más elevado (60 %), y aunque un 5 % dice que votaría ahora al PSOE (unos 15.000 votos) el saldo con los socialistas les beneficia de manera clara. En el caso de UPyD, uno de cada dos votantes suyos sigue fiel a las siglas. Su mayor fuga de votos se dirige hacia IU (18 %), si bien como receptor se ve beneficiado de la llegada de antiguos votantes del PP (un 3%, es decir unos 50.000 votos en términos absolutos) y del PSOE (4 %, en torno a 30.000 votos).

Los líderes de los cuatro partidos con representación en la Asamblea madrileña obtienen la desaprobación mayoritaria de sus conciudadanos. Todos obtienen un saldo negativo a su gestión —esto es, son más los madrileños que desaprueban su gestión que quienes la aprueban—. El peor evaluado es el líder socialista, Tomás Gómez, con un saldo de -51 puntos, (le aprueba un 18 % frente a un 69 % que le desaprueba) seguido del actual Presidente de la Comunidad, Ignacio González, con 41 puntos negativos. Quien obtiene un mejor balance —menos negativo— es la anterior Presidenta de la región, Esperanza Aguirre —incluida también en este sondeo—: cuenta, también, con la desaprobación de la mayoría de los madrileños (58 %) pero su saldo evaluativo es de -23 puntos (la aprueba un 35 %). Gregorio Gordo, de IU, y Luis de Velasco, de UPyD, obtienen un mismo saldo negativo de -36 puntos.

Más relevante, no obstante, es la evaluación que hacen de cada político sus respectivos electorados, y, en este sentido, la Presidenta el PP madrileño destaca sobre el resto: sigue contando con la aprobación de tres de cada cuatro votantes del PP (76 % frente a un 18 % que desaprueba su labor) y con un balance positivo de 57 puntos. Le sigue el líder de IU, Gregorio Gordo, con + 45 puntos y el Presidente de la Comunidad, Ignacio González, con +26 puntos. Los peor evaluados por sus votantes son el líder socialista, Tomás Gómez, con un saldo negativo de 31 puntos y el portavoz parlamentario de UPyD, Luis de Velasco, con -42 puntos. Velasco y Gordo son, con diferencia, los líderes autonómicos menos conocidos: lo son por menos de la mitad no solo del conjunto de madrileños sino también de sus votantes.

Los dos principales líderes de la política regional madrileña —González y Gómez— obtienen una mejor evaluación que sus líderes nacionales —Rajoy y Rubalcaba—. La diferencia fundamental entre ambos es que mientras que el actual Presidente de la Comunidad logra la aprobación de la mayoría de sus votantes (58 %), el secretario general de los socialistas madrileños obtiene la desaprobación de seis de cada 10 votantes socialistas (59 %). El primero parece, así, haber sido capaz de diferenciarse y distanciarse, en cierta medida, de las políticas del Gobierno central mientras que el segundo parece haberse contagiado del desgaste que viene acompañando al PSOE nacional desde su derrota electoral en noviembre de 2011. De hecho, la mayoría de votantes del PP (54 %) piensa que la situación económica de la Comunidad de Madrid es mejor que la del conjunto de España (un 34 % piensa que es igual y solo un 10 % que es peor), y son más entre este electorado quienes creen que la situación política en la región es mejor que la nacional (46 % frente a 6%).

INTENCIÓN DIRECTA DE VOTO

La intención directa de voto equivale a la voz de la calle. Es lo que, en este caso, los madrileños responden de forma directa y espontánea cuando se les pregunta por su comportamiento electoral más probable. Es un dato clave para captar el estado de opinión predominante, pero debe ser interpretado con cautela pues no siempre refleja todo lo que los electores piensan, sino sólo lo que deciden revelar al ser preguntados. Distintos factores de coacción ambiental hacen que la verbalización de las distintas opciones ideológicas (su probabilidad de ser expresadas de forma espontánea y natural) no sea siempre la misma. La intención directa de voto (IDV) es, así, sometida a una serie de procesos de ajuste (a partir, fundamentalmente, del recuerdo de voto, de la fidelidad de voto, de la tasa de participación estimada, de la valoración  por cada grupo de votantes de la gestión de cada partido y de sus líderes y de otros datos complementarios proporcionados por el sondeo sobre el estado de ánimo general de las personas entrevistadas) que permitan estimar cuál es, en esas circunstancias, el resultado más probablemente esperable. Obviamente, a partir de una misma IDV sería posible, utilizando otros criterios analíticos e interpretativos, obtener estimaciones de resultado electoral no necesariamente coincidentes con la que aquí se ofrece. La estimación de voto probable, por tanto, no es ya un dato directamente conseguido de la ciudadanía, sino una interpretación de sus declaraciones realizada a partir de unos supuestos determinados (lo que se conoce como “cocina electoral”). Aunque con frecuencia, por un uso descuidado, se confunda intención directa de voto y voto probable estimado, en realidad son cosas distintas. Una intención directa de voto muy elevada puede terminar, tras ser procesada, en una estimación de voto probable más reducida, o a la inversa. La IDV se compara con el resultado real que cada partido obtuvo sobre el Censo de residentes (CER). Por su parte, los datos de voto estimado se comparan con el resultado real de cada partido sobre el total de votos válidos.

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