De productos de proximidad a alimentos kilométricos. De la confianza al anonimato. De economías de subsistencia a negocios millonarios de grandes empresas. La manera de alimentarse ha cambiado. Y, en un mundo donde el 51 % de la población vive en ciudades, esto se convierte en un tema crucial que pone en cuestión las relaciones entre lo urbano y lo rural. Hoy, como ocurriera en anteriores períodos de crisis, las ciudades europeas viven el resurgimiento de una agricultura que se instala en sus calles.

Hasta hace un siglo esto no era extraño. En París, por ejemplo, se producían cosechas abundantes dentro de la ciudad. Cada año se llegaban a apilar hasta 30 centímetros de abono de caballo sobre las parcelas de cultivo y se utilizaban diversos métodos naturales para el control del suelo y la temperatura del aire. Se recolectaban de tres a seis cosechas de frutas y verduras por año, y cada agricultor se ganaba la vida en menos de una hectárea de terreno. Sin embargo, tras la Segunda Guerra Mundial, las ciudades occidentales comienzan a sustituir este modelo de alimentación por otro basado en el transporte de los alimentos a larga distancia y el uso de combustibles fósiles. Actualmente, este modelo alcanza una escala global, y tan solo cinco empresas multinacionales controlan el 80 % del comercio de alimentos. Al mismo tiempo, paradójicamente, la mitad de las personas más pobres del mundo son pequeños productores o agricultores que producen el 70 % de la alimentación mundial.

Como resultado, según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), 2.000 millones de personas sufren actualmente carencia de micronutrientes, mientras que 1.400 millones tienen sobrepeso, de los cuales 500 millones son obesos. Este próximo 16 de octubre los “sistemas alimentarios sostenibles para la seguridad alimentaria y la nutrición” serán el tema central del Día Mundial de la Alimentación 2013 promovido por la FAO. Muchos ciudadanos europeos, en consonancia con este objetivo, están ya generando nuevos sistemas alimentarios basados en el cultivo agroecológico dentro de sus ciudades. En Berlín, por ejemplo, los huertos urbanos proporcionan frutas y verduras a 500.000 personas.

En España, el consumo de productos ecológicos es aún muy bajo. El 52 % de la población declara no comprar “nunca” frutas o verduras ecológicas, es decir, cultivadas sin productos químicos ni pesticidas, y un 26 % lo hace tan solo “algunas veces”. Sin embargo, ya sean comunitarios, municipales o en terrazas y balcones, los huertos aumentan de número también en las ciudades españolas. La primera red de huertos regulados nació en Barcelona en 1996 y desde entonces, las experiencias se multiplican: Santander, Sevilla, A Coruña, Madrid (donde la Red de Huertos Urbanos recibió el reconocimiento de Buenas Prácticas Europeas 2012 del Comité HABITAT de la ONU), etc. Quizá estas iniciativas de creación de espacios agrícolas comunitarios, además de facilitar el acceso a alimentos de calidad, confianza y proximidad, nos acerquen hacia formas más sostenibles de alimentar las ciudades.

Mar Toharia Terán es geógrafa y analista de Metroscopia.

El País