En los tres meses que han pasado desde el 20D, y posiblemente ya en el último tramo de la pasada legislatura, la ciudadanía ha experimentado dos tipos de aprendizajes. Primero, es más consciente que nunca de la complejidad actual de nuestro sistema político. Segundo, y quizá más importante, no identifica esta complejidad como un inconveniente para la gobernabilidad o la calidad de la gestión de lo público; se prioriza la cooperación entre partidos a la gobernabilidad. Un 67% cree que es mejor que existan varios partidos de tamaño no muy diferente que aseguren el pluralismo, por un 33% que mantendría la estructura con dos grandes partidos, que facilita la formación de gobiernos. Los ciudadanos están preparados. ¿Y los partidos, y sus líderes, lo están?

Ahora lo contrario al pacto es el partidismo. Las prioridades de los partidos y de sus líderes pueden, de nuevo, otra vez, chocar contra el deseo mayorítario de la ciudadanía. Así se explica que un 83% crea que la dificultad para formar Gobierno se deba a que los líderes anteponen sus intereses a lo que pueda ser más beneficioso para el país. De hecho, menos los votantes del PP, el resto de electorados apoyan que sus respectivos partidos den el paso hacia al acuerdo. Competir y colaborar no sólo es posible, sino deseable. En Europa, los gobiernos estables, y que abordan los temas estratégicos, casi siempre son plurales, cooperativos y de coalición. Pactar no es ceder o perder. Es proponer y ganar colectivamente.

La alternancia se acabó. Las mayorías monocolores y la unilateralidad ya no son una opción, ni parece que garanticen horizontes de futuro. Pueden gestionar los presentes, pero ¿a qué coste? La fragmentación no nos asusta, es más, todo apunta a que vamos a insistir en ella en caso de repetirse elecciones. Los sondeos indican que el mapa podría variar ligeramente, pero el escenario de fondo sería el mismo, con algunos premios electorales a las fuerzas y a los líderes que más se perciben como negociadores y creadores de mayorías.

Esta podría ser la nueva normalidad. El terreno de juego donde los partidos van a tener que aprender a maniobrar. Un cambio de rumbo que no parece coyuntural y que va a obligar a una nueva cultura más profunda que el dualismo nuevo/ viejo. Es tiempo de acuerdos frente a confrontación.  De la rotundidad, estableciendo líneas rojas y principios inalterables, a la flexibilidad ideológica y la propuesta de puntos en común. Aunque no todos son capaces de virar con la misma agilidad. La centralidad política se podría estar desplazando y aquellos que fiaron su éxito electoral al enconamiento ahora podrían tener más dificultades.

El esfuerzo para conseguirlo puede ser mayor de lo que pensamos. No sólo porque en algún caso puede suponer la renuncia de algún liderazgo, o tensiones en la estructura de mando de los partidos, sino por algo más profundo: aceptar que no hay un único proyecto válido. Es decir, comprender las limitaciones del proyecto propio. Humildad política. Que el camino para llevar a cabo todas las reformas necesarias no lo puede dictar una única formación: ni por aritmética, ni por conveniencia para el interés general.

La solución óptima sólo se alcanzará a partir de la cooperación que es mucho más profunda ―y creativa― que la simple agregación o mezcla. Pedro Sánchez dijo, en la investidura frustrada, que se trataba de un apostar el por «mestizaje ideológico». Es una expresión visualmente atractiva. Muy plástica y, por consiguiente, útil para la comunicación política. Pero hay que ir más allá de la mezcla. Se trata de hibridar, de juntar para sumar, no de diluir para agregar. Mejor el panaché que el puré.

Quizá los partidos deberán rehacer sus planteamientos estratégicos y olvidar las trincheras de la pureza ideológica: tan puras como inmóviles. En palabras de un político pedagogo como Rovira i Virgili: «La democracia es un instrumento no de perfección, sino de perfeccionamiento».

@antonigr