Todmorten, un pueblo de 15.000 habitantes a 20 kilómetros de Manchester, ha cubierto más de 60 de sus espacios públicos con verduras, plantas, flores comestibles y árboles frutales, acompañados de carteles donde se lee help yourself (sírvase usted mismo). Voluntarios se turnan para cuidar los cultivos, cuyos frutos son para quien los quiera. La agricultura se reincorpora al espacio urbano, ejemplo de ello es la red “Incredible Edible” a la que pertenece, junto con 200 iniciativas más en diferentes países. O Totnes, también en Inglaterra, posiblemente la más conocida comunidad de transición. Pero también en Tokyo se cultivan alimentos y plantas en las terrazas y azoteas de edificios y escuelas, permitiendo a los japoneses producir su propia comida, reducir el dióxido de carbono del aire y enfriar las ciudades en verano. Seattle tiene prevista la creación de un gran bosque de alimentos. Y en Nueva York, algunos rascacielos han convertido sus tejados en pequeños huertos ecológicos.

En 1999 la FAO ya definió la agricultura urbana como una práctica de extraordinario potencial estratégico para la transformación de las ciudades. En Europa, hace un par de años, la Agencia de Medio Ambiente (AEMA) realizó un llamamiento a las ciudades para desarrollar “muros vivos” de plantas comestibles con el objetivo de que el cultivo vertical ayudara a reducir el consumo de energía, las emisiones de carbono y los recursos destinados a la producción y transporte de alimentos. Ya en algunas grandes ciudades, como Berlín, existen barrios donde los tejados y las fachadas de los edificios florecen. Alemania cuenta con más de trece millones de metros cuadrados de azoteas verdes. Esta inclusión de cultivos en el territorio urbano, además de responder a la preocupación ante el pico del petróleo y el cambio climático, es hoy una alternativa a la producción, distribución y consumo de alimentos. Y permite sustituir productos que viajan una media de cinco mil kilómetros antes de llegar a nuestro plato por otros de proximidad basados en la confianza.

En nuestro país, existe hoy una cierta conciencia social que explica que los problemas del medioambiente tengan un efecto directo en la vida diaria del 60 % de la población. Y que, a pesar de la crisis, el gasto en productos ecológicos haya aumentado un 7 % desde 2011. Esto se refleja en las calles y viviendas de las ciudades españolas, donde cada vez se pueden ver más cultivos. En Barcelona, se han multiplicado los huertos urbanos, informales, municipales o comunitarios en los últimos años. La Red de Huertos Urbanos de Madrid (Rehmad) agrupa hoy más de 25 iniciativas dedicadas a la agricultura urbana de forma ecológica. En el solar del Parque Goya, en Zaragoza, se prevé la creación de 117 huertos sociales ecológicos. En la Comunidad Valenciana, diversas ciudades cuentan con espacios agrícolas, como Xábia o Altea, o Valencia, donde un nuevo barrio en proyecto, Sociópolis, incluirá 300 huertos vecinales. Los ejemplos son numerosos. Nuestras ciudades comienzan a hacerse más comestibles y a generar formas de vida urbana más sostenibles social, económica y ecológicamente.

*Ilustración: Mar Toharia Terán

El País