La ciudadanía está como en stand by, entre angustiada, resignada y un punto ya irritada, y como esperando no a que escampe, sino a ver qué más puede pasar todavía. No prevé ya remedios ni del Gobierno —lo que no le impide reconocer el buen hacer de Rajoy en Bruselas la semana pasada— ni del principal partido opositor —al que parece aún lejos de perdonar su etapa anterior de gobierno—. Pero como nadie con responsabilidad pública se ha esforzado antes, ni se esfuerza ahora, por explicar regularmente, con detalle y claridad, el porqué, el cómo y el previsible hasta cuándo de lo que acontece, el español medio ha optado por actuar como si nos asolase una plaga de esas que un buen día se van igual que un mal día vinieron: porque sí. Entretanto, no parece dispuesto a aceptar que la actual coyuntura le tuerza el humor hasta el punto de mellar el valor que otorga a los buenos modales. Si algo ha cambiado en nuestra sociedad es la importancia que los españoles de ahora damos a esos valores que el viejo profesor Tierno Galván asociaba a lo que, con su puntito de ironía, designaba como buena crianza: la modestia, el mutuo respeto, la solidaridad, el saber perder, el saber ganar… En suma, los buenos modales. Todo un cambio, trivial en apariencia, pero que en realidad es síntoma de un afortunado y profundo reajuste de nuestro sistema de valores. Por supuesto, siempre hay quien no se da por enterado y sigue predicando intemperancias y tronando exabruptos. Pero a la vista está que la atención que despiertan se aproxima más bien a la que inspira una atracción de feria.

Se explica así que para el 80% de nuestra población la reciente triple corona futbolística ganada en Kiev por la selección nacional resulte tener valor no tanto por el récord que en sí misma representa como por la forma en que fue ganada: concretamente, con humildad, compañerismo y espíritu de equipo. Que en momentos colectivamente inciertos y amargos una sociedad valore un triunfo colectivo, de generalizado valor simbólico y generalizadamente admirado, no por el hecho mismo de vencer, sino por la forma en que se ha alcanzado la victoria, me parece tan asombroso como admirable. Y eso es lo que me inspira ese masivo 80% de mis conciudadanos: asombro y admiración. Y, por cierto, orgullo.

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El País