Una cosa es que Cataluña tenga una cierta tensión con el resto del Estado español y sobre todo con los poderes de Madrid. Otra cosa es que nosotros generemos ese problema en el interior de Cataluña”. Son palabras (disponibles en Youtube para quien desee escucharlas y no solo leerlas) de Artur Mas en TVE, poco antes de las elecciones catalanas de 2010. Loables palabras, sin duda. Son las mismas que su sucesor, Carles Puigdemont, pudo haber hecho suyas el pasado 27 de octubre (y, esta vez sí, en un gesto calificable apropiadamente de histórico) si a última hora no le hubiera fallado la capacidad de liderazgo que el momento reclamaba. La ambigüedad –y posterior fuga— por la que optó el ya expresident ha contribuido así a propiciar la sensación generalizada de que tras de sí ha dejado una Cataluña rota.

¿Realmente es así? Los datos disponibles —que no son pocos—permiten una respuesta ambivalente: sí y no, según lo que se entienda exactamente por “una Cataluña rota”. Que existe en la sociedad catalana una clara e intensa división resulta obvio. Pero no parece en cambio tan clara la concreta y específica naturaleza de la misma: la actual fractura no es, realmente, y como con excesiva frecuencia suele oírse, entre nacionalistas catalanes, por un lado, y nacionalistas españoles, por otro, sino entre catalanistas/independentistas y catalanistas/no independentistas. Estamos más bien, si así se quiere expresar, ante una disputa intra-familiar (o, si se prefiere y sin connotación peyorativa alguna, intra-tribal): no existe un ellos y un nosotros claramente delimitados por un insalvable foso separador.

En este sentido, los datos de Metroscopia recogidos en el cuadro adjunto, no pueden ser más reveladores. En el momento presente, las identidades excluyentes detectables en la sociedad catalana (las que expresan quienes dicen sentirse solamente catalanes o solamente españoles) solo agrupan, en conjunto al 22% de la población. Es decir, un hipotético e irreconciliable “choque de trenes” en clave identitaria solo movilizaría, como contendientes, a un exiguo 19% frente a un, aún más exiguo, 3%. Y eso en el supuesto, casi con seguridad gratuito, de que estas dos minorías consideraran, de forma igualmente unánime, que les resulta de todo punto imposible convivir sobre la misma tierra.

El resto de los catalanes (¡el 76%!) asistiría, atónito, a un tal enfrentamiento, que le resultaría difícil de comprender ya que combina sin mayor problema (y en medida no exactamente igual, pero en todo caso no por ello excluyente) ambas identidades. De hecho —y no puede dejar de asombrarme lo poco que se recuerda este dato, ya múltiples veces aireado— el grupo relativamente mayoritario en Cataluña (y que representa casi la mitad: 46%) resulta ser el de los tan/tan: es decir, los que se consideran tan catalanes como españoles (o a la inversa, que de las dos maneras suele formular Metroscopia la pregunta en cada sondeo).

El sentimiento identitario incluyente es claramente mayoritario incluso entre el electorado de ERC (60%) y del PDeCAT (62%). Sólo entre los potenciales de la CUP son, en estos momentos, mayoría los que dicen sentirse solamente catalanes. En los otros cuatro electorados predominan masivamente quienes expresan un sentimiento identitario dual: 98% en el caso de Ciudadanos, 96% en el del PSC y un llamativo 87% en el del PPC (del que, el tópico extendido, invitaría a pensar en un mapa identitario que fuera el exacto reverso del que presentan los votantes de la CUP: no es en modo alguno así).

Lo que estos datos invitan a concluir es que la fractura que el procés ha dejado tras de sí es, realmente, una quiebra sentimental entre catalanes: es decir, entre ciudadanos que dicen sentirse igualmente identificados con Cataluña. Cabe, por supuesto, argumentar —se ha hecho— que ese compartido catalanismo es, en realidad solo una engañosa apariencia: catalanes/catalanes solo serían, realmente los que a esa redundante definición añaden el adjetivo “independentistas”; el resto, por muy catalanes/catalanes que se digan o parezcan ser, solo lo serían de palabra y de forma incompleta o falaz, al no presentar además el decisivo matiz diferencial: la opción por el secesionismo. Va de suyo que esta distinción roza (incluso cae) en un supremacismo discriminatorio tan gratuito como dañino.

Nadie tiene derecho a juzgar la sinceridad y hondura de los sentimientos ajenos simplemente porque, diciéndose iguales a los propios, conduzcan a planteamientos diferentes. El rasgo básico que caracteriza a las sociedades abiertas, plurales y libres es, precisamente, que en las mismas se considera inadmisible poner en duda la sinceridad de los sentimientos, ideas, o actitudes ajenas simplemente porque, reclamándose de los mismos valores básicos, conduzcan a conclusiones distintas. Motejar a otro de traidor, o de falso patriota, implica así, en quien lo hace, la inadmisible arrogancia supremacista que conlleva la autoatribuída posesión, en exclusiva, de la verdad.

SENTIMIENTO IDENTITARIO EN CATALUÑA (Octubre 2017)