Cuando queda menos de un mes para el 20D, un 72% de los electores tiene ya decidido que ese día acudirá a votar sin falta (idéntico porcentaje al que votó en los comicios de hace cuatro años: 71.7%). Pero de ellos, un 25% todavía no ha decidido por qué opción política lo hará. Son los decididos indecisos. Porcentualmente, son algunos más que los que se pudieron detectar antes de las dos últimas elecciones generales —en 2008 suponían el 19% y en las de 2011 el 21%— pero, en esta ocasión, su opción final puede ser, si no determinante, sí mucho más decisiva para el resultado electoral de lo que lo fue en las dos citas anteriores. Por un motivo: el actual escenario político se caracteriza por una mayor volatilidad electoral y un grado más alto de competitividad. La volatilidad tiene que ver los realineamientos de los electores: cuántos permanecen fieles a un partido entre una elección y otra y cuántos, por el contrario, prefieren elegir otras opciones diferentes. Una elevada volatilidad significa que muchos electores han decidido cambiar su voto. Algunos electores ya lo han decidido. Otros, todavía no.

Por su parte, la competitividad indica el grado de rivalidad electoral. Hoy por hoy, la distancia en estimación de voto entre quienes a principios de este mes aparecían como el primer y el tercer partido (PP y PSOE) era de tan solo 2.5 puntos (siendo así que en las elecciones de 2011, la diferencia entre el primero y el segundo fue de 15.9 puntos). La incertidumbre sobre el resultado electoral es, por tanto, muy elevada todavía y otorga un plus de importancia al comportamiento electoral final de los que siguen indecisos.

Algunas claves pueden ayudar a entrever su comportamiento más probable el próximo 20 de diciembre. Lo que comparten los decididos indecisos con el resto del electorado es: la percepción negativa sobre la situación económica actual, y a corto plazo, de España; una mayoritaria percepción de que las mejoras que pudiera estar experimentando nuestra economía no tienen nada que ver con las medidas del Gobierno; una mayoritaria evaluación negativa de la actual situación política y de la labor política llevada a cabo por los principales candidatos a la presidencia del Gobierno, con la excepción de la que reconocen a Albert Rivera; siete de cada diez creen que sería bueno para España que tras las próximas elecciones generales gobernase en nuestro país otro partido que no fuera ni el PP ni el PSOE; dos de cada tres está de acuerdo con que lo que España necesita en estos momentos son políticos nuevos porque son quienes mejor pueden realizar cambios en vez de políticos con experiencia aunque estos proporcionen estabilidad; y, por último, dos de cada tres piensan que ha llegado el momento de relevar al PP y que sean otros quienes gobiernen España.  Los decididos indecisos no se alejan mucho ideológicamente del elector medio: se ubican en una posición de centro izquierda (en el 4.5 frente al 4.7 en el que se sitúa el conjunto del electorado español, dentro de la escala 0 = extrema izquierda – 10 = extrema derecha). Su distribución entre los diferentes grupos de edad no difiere sustancialmente de la que presenta el conjunto del cuerpo electoral: un 21% tiene menos de 34 años, un 41 % entre 35 y 54 años y un 38 % tiene 55 o más años.

Pero difieren en aspectos importantes. Uno es el sexo: entre los decididos indecisos predominan claramente las mujeres sobre los hombres: 60%/40% (cuando la distribución en el conjunto del Censo electoral es 52% frente a 48%). Otro es el comportamiento electoral previo: entre los decididos indecisos están infrarrepresentados los votantes del PP, esto es, hay una clara y significativa menor proporción de votantes del PP en las generales de 2011 y en las municipales del pasado mes de mayo de los que realmente hubo. En tercer lugar, varía la simpatía manifestada por alguno de los partidos que se presentan en estas próximas elecciones: en este caso están sobrerrepresentados —en comparación con el conjunto de electores— quienes manifiestan su simpatía por Ciudadanos y por el PSOE.

Si al panorama electoral descrito —mayor volatilidad y mayor incertidumbre— se añade el hecho de que los españoles parecen estar retrasando cada vez más su decisión de voto acercándola al día de la votación, es perfectamente posible afirmar que se dan las condiciones perfectas para que la campaña electoral y en concreto —y dentro de estas— los debates electorales cobren mayor importancia en estas elecciones que en otras anteriores. Ya no se trataría —o no tanto— de fijar a los ya convencidos como de convencer a los que dudan.

 

* Análisis publicado en El País