Las previsiones dicen que el 60% de la humanidad habitará en ciudades en 2030 y que, además, el 80% lo hará en países empobrecidos. Allí tendrá lugar el 95% del crecimiento urbano de los próximos años. Este ritmo de urbanización supone grandes desafíos para la gestión del impacto medioambiental y la calidad de vida humana. De hecho, 828 millones de personas viven en favelas. Y, a pesar de que las ciudades ocupan el 2% de la superficie terrestre, consumen el 60-80% de la energía y son responsables del 75% de las emisiones de carbono. Estos datos convierten el desarrollo urbano sostenible en un tema ineludible en los foros internacionales.

Sin embargo, no se trata de algo nuevo. La sostenibilidad se plantea como un reto planetario desde hace ya varias décadas. En 1972 se publicó el informe Los límites al crecimiento, encargado al MIT por el Club de Roma (y dirigido por Dana Meadows). Y en 1987, el informe Nuestro Futuro Común, elaborado por distintas naciones para la ONU (y encabezado por Gro H. Brundtland), incorporó por primera vez el término desarrollo sostenible, definido como “aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de las futuras generaciones”. Como consecuencia, se creó la Agenda 21, un detallado plan de acciones que deberían ser acometidas a escala mundial, nacional y local. Además, se han sucedido las conferencias internacionales de Naciones Unidas, conocidas como Cumbres de la Tierra: en Estocolmo, 1972; Río de Janeiro, 1992 y 2012 (Río+20); y Johannesburgo, 2002.

Fruto de la Cumbre de 2012 nace el Centro Mundial para el Desarrollo Sostenible (Rio+), con sede en Rio de Janeiro, y el objetivo de promover el debate internacional y generar medidas innovadoras. Y es que Brasil comienza a considerarse uno de los referentes en sostenibilidad. Un país poliédrico, con doscientos millones de habitantes y rico en materias primas y biodiversidad. Donde, a pesar de ser la sexta potencia económica del mundo, y a los esfuerzos realizados para combatir la pobreza, la desigualdad social persiste: el 10% de la población más rica concentra el 42% del ingreso nacional. Es también un país pionero en muchos aspectos. Su sistema de salud es uno de los más avanzados del mundo, gratuito y sin restricciones.

Y Brasil acelera el ritmo en el ámbito de la sostenibilidad urbana. Curitiba es buena muestra de ello ya que, junto con Copenhague, es la ciudad con menores emisiones per cápita del mundo, y la segunda (detrás de Vancouver) en el uso de energías renovables (el 82% de la electricidad generada). Este año, además, la organización C40 (Cities Climate Leadership Group) ha escogido Rio de Janeiro como una de las diez ciudades líderes del mundo en sostenibilidad por su proyecto de comunidades sostenibles. Para el 2020 se prevé proporcionar un desarrollo integrado al 22% de la población de la ciudad que vive en favelas, sin saneamiento ni servicios adecuados, con la mejora de más de 232.000 viviendas. Por otro lado, Brasil es uno de los países donde la población manifiesta sufrir menos. El 13% de los adultos del mundo considera que vive con sufrimiento, en Bulgaria esta cantidad alcanza el 45% y en países como Canadá, Luxemburgo o Brasil apenas llega al 1%. Parece, por tanto, que para la construcción de ciudades más sostenibles, en un planeta cada vez más poblado y urbanizado, Brasil ya marca un compás.

El País