Los primeros impagos de hipotecas subprime en EEUU fueron una señal adelantada para que algunos (muy pocos) avezados inversores tomasen posiciones cortas en el mercado inmobiliario[1]. Esta historia de expectativas contrarias a la percepción generalizada se lleva a la pantalla grande en la más aguda y certera película sobre la crisis financiera The Big Short.  El resto del mundo: banca de inversión norteamericana (i.e Goldman Sachs y compañía), banca internacional (Deutsche Bank), compañías aseguradoras (i.e AIG) e incluso el propio Alan Greenspan (el entonces idolatrado presidente de la Fed) no vieron venir la crisis. Mucho menos aún la opinión pública norteamericana o la española –todavía más alejada del epicentro de la tormenta–. Mientras estos inversores se aseguraban pingües beneficios futuros apostando contra todos los demás, aproximadamente la mitad de los españoles –según el Barómetro de Confianza en la Economía de Metroscopia– percibían  la situación económica general como buena. Evidentemente se equivocaron.

Dos años después, las consecuencias de esta crisis eran percibidas con claridad por la opinión pública: entre julio del 2007 y noviembre del 2008 las evaluaciones positivas sobre la economía bajaron de un 55% a un 33%. Una reducción sustancial en un período muy corto de tiempo pero que no se detendría. En diciembre del año 2012, tras el rescate del sector financiero español, las evaluaciones positivas sobre la economía española llegaron a su mínimo: 0%, nadie tenía una impresión positiva sobre ella. Si bien es cierto que en el año 2007 la tasa de crecimiento del PIB español se situó en el 3,8%, los datos macroeconómicos de los años siguientes acompañaron el giro de la opinión pública. A medida que las opiniones positivas seguían reduciéndose, el PIB empeoraba de forma dramática: un año después, el crecimiento se había reducido al 1,10% y entre los años 2009-2013 se registraron tasas de crecimiento negativas (decrecimiento).  Mientras la tarta se hacía más pequeña, los españoles incrementaban su descontento material. Si bien la ciudadanía no pudo ni supo anticipar la crisis, desatada la tormenta el estado de “ánimo económico” en la opinión pública ha ido de la mano de los datos macroeconómicos negativos. Los españoles no vieron venir al lobo, pero sí han sido plenamente conscientes del daño que ha causado.

Sin embargo, desde el año 2014, la incipiente mejora de los datos macroeconómicos no está acompasada con un estado de ánimo económico más positivo. Esta inercia de sesgo pesimista se puede interpretar a partir de otros indicadores más informativos que el crecimiento del PIB: aumento de la desigualdad, inseguridad laboral, precariedad, etc. Pero si el sentimiento económico no acompaña a la marcha de la economía, los animal spirits que mueven la economía seguirán alicaídos. Si los empresarios no confían en la recuperación de la demanda potencial para sus productos, no asumirán decisiones de inversión que impliquen riesgo. Consumidores detraídos diferirán su gasto presente hasta un futuro incierto. Inevitablemente, surge la pregunta: ¿ha introducido la crisis económica, con sus devastadores efectos, un sesgo permanente de pesimismo sobre la marcha de la economía?, ¿asistiremos, por tanto, a una retroalimentación entre expectativas negativas y decisiones económicas que acabe condicionando el crecimiento económico?

Existen al menos tres posibilidades de cara al futuro:

  • El impacto de las condiciones económicas sobre la opinión pública es simétrico a lo largo de las fases del ciclo económico, es decir, cuando las cosas mejoren, la percepción del público también lo hará.
  • Las recesiones pueden tener un impacto exclusivo sobre algunas cohortes de la población, por ejemplo, aquellas personas que en sus años formativos sintieron en sus carnes los colmillos de la crisis.
  • Por último, el impacto de los períodos de recesión podría ser asimétrico de forma que el efecto de las desdichas provocadas por la crisis permanezca en el ánimo económico incluso cuando el ciclo cambie.

Es bien sabido que la Gran Depresión provocó un cambio estructural en las opiniones de los norteamericanos respecto a cuestiones de índole económica. Recientemente, el sociólogo norteamericano Lane Kenworthy ha estudiado los efectos de la Gran Recesión sobre el estado de ánimo económico con datos de encuestas de opinión pública, sus hallazgos son significativos: los efectos no han permanecido en el tiempo y la ciudadanía no ha reaccionado de manera comparable a lo ocurrido en los años 30 –han olvidado–. Sin embargo, los efectos sobre la opinión pública española podrían resultar más parecidos a los de la Gran Depresión norteamericana: la histéresis en el mercado laboral español, la persistencia del pesimismo sobre la situación general de la economía y la elevada tasa de desempleo estructural sugieren que no se puede rechazar esta posibilidad.

Opinión pública y economía se entrelazan de forma significativa, se condicionan entre sí y provocan profecías que se cumplen a sí mismas. Pero todavía no conocemos en qué sentido, como afirma Kenworthy: todavía es demasiado pronto para saberlo.

[1] Vendiendo instrumentos derivados basados en índices de hipotecas a crédito para comprar más barato en una eventual caída. Cuando el precio baja, se cierra la posición comprando embolsándose la diferencia.