Si los datos del CIS recién conocidos no fueran del CIS probablemente no armarían tanto revuelo. Dos palabras previas pues sobre la institución antes de atender a sus datos. El CIS es, sencillamente, una institución ejemplar. Lo ha sido a lo largo de sus ya más de treinta años de existencia y lo sigue siendo ahora. Lo han dirigido algunos de los mejores expertos en ciencias sociales de este país y su actual presidente es uno de nuestros más lúcidos y brillantes politólogos. La competencia y honestidad de su personal técnico está fuera de discusión. Pero el sino del CIS, desde su nacimiento hasta el día de hoy, ha sido el mismo: estar bajo sospecha. Si los datos que ofrece resultan favorables al Gobierno de turno, se le descalifica por ser “la voz de su amo”; si no lo son, el recelo se incrementa, pues a los habituales recelosos pasan a sumarse los que, desde el propio Ejecutivo o sus aledaños, por ignorancia o despecho, no dudan en tildar a la casa de torpeza, incompetencia o incluso deslealtad. Así ha sido siempre, lamentablemente. El revuelo es, pues, inevitable, cada vez que habla el CIS. Y por tanto lo sensato es darlo por descontado y fijar la vista sólo en los datos.

Las encuestas del CIS son para los expertos una referencia ineludible. Por su calidad y fiabilidad, sin duda, pero también porque pueden basarse en tamaños muestrales muy superiores a los usuales. Ahora bien, se trata de sondeos “cara a cara”, una técnica especialmente rigurosa, metodológicamente hablando, pero que implica una mucha mayor lentitud de ejecución. Los datos del CIS suelen por ello ser de la máxima calidad pero, inevitablemente también, algo envejecidos. En el caso del sondeo recién hecho público, por ejemplo, el trabajo de campo fue llevado a cabo entre el 21 de enero y el 4 de febrero y a ese dilatado periodo de dos semanas es por tanto al que, en puridad, hay que referir los datos obtenidos. Ocurre, no obstante, que lo que estos datos hipotéticamente más “viejos” del CIS nos dicen coincide casi milimétricamente lo que vienen señalando encuestas más recientes, por ejemplo las publicadas por este periódico en los dos domingos últimos. En resumen: una sustancial desmovilización del electorado (especialmente del potencialmente socialista) que no acaba de implicarse en el proceso electoral en curso; una participación esperable por tanto, al menos por ahora, baja (70%-71%, unos cinco puntos inferior a la de 2004); una mayor tendencia a la fidelidad del voto entre los votantes del PP que entre los del PSOE; una mejor imagen general de Zapatero en comparación con Rajoy, pero que en buena parte se sustenta en la simpatía que el actual presidente merece a quienes van a votar por un tercer partido; y, como consecuencia sin duda provisional de todo ello, la estimación (en modo alguno la predicción) de que de tener lugar las elecciones hoy el PSOE obtendría una ventaja muy reducida sobre el PP, no muy distante de lo que suele designarse como empate técnico. Lo que el sondeo del CIS nos describe es pues un estado de cosas que encuestas más recientes detectan de modo similar y que conducen a una misma conclusión: el partido está en buena medida aún por jugar y su resultado dependerá del número de ciudadanos que finalmente decidan bajar a la cancha electoral a participar en el mismo.

José Juan Toharia es presidente de Metroscopia. Catedrático de Sociología de la UAM

El País