Soy María, así, simplemente. Tengo 42 años, uno más dentro de nada —esto va cada vez más rápido; un suspiro, que diría mi abuela—. Un hijo. Un divorcio. Trabajo en una pyme, y aunque lo que hago no me emociona, me compensa encontrarme cada día con mis compañeros, casi con todos. Reconozco que soy católica, más por una querencia de la infancia que por verdadero convencimiento. Me espeluzna la jerarquía de nuestra Iglesia, por eso espero que el nuevo papa los pastoree en otra dirección. Qué majete.

Ideológicamente no termino de casarme, ni siquiera arrejuntarme, con ningún partido. Creo que soy más bien de centro, con cabeceos a la izquierda. Lo que no me ha impedido votar al PP en las elecciones de 2011; era ya hora de cambiar, que no parecían salir de su estupor. Cosa de la que he empezado a arrepentirme. Que se tocara la Sanidad y la Educación hasta puedo comprenderlo; me cuesta, pero trago porque la crisis había que afrontarla. Van y se meten con la Justicia, no para hacerla más eficaz y, así, más justa, sino para que la paguemos dos veces: impuestos y tasas. Me aguanto. Ahora bien, ¿qué necesidad había de embestir con el aborto? Y no porque crea que el aborto sea un derecho, que no lo es, el derecho es la libertad para decidir si se quiere seguir adelante con el embarazo o no. La protección a lo que está por venir se coloca por encima de lo que ya existe y convierte a la mujer en rehén de la sociedad. Y muy agradecida quedo de que por lo menos no me metáis en la cárcel si finalmente, y a pesar de todo, aborto. Nunca extrañéis que un bruto se descuerne luchando por la idea, que bien podía haber dicho mi abuela, pero se le adelantó Machado.

Y, en la misma línea paternalista, seguimos con una constitución que dice que los futuros reyes de España serán siempre hombres. Soy monárquica como soy católica, por costumbre, y si funciona… Soy juancarlista y seré felipista —cuanto antes mejor, por cierto, que el niño está preparado y el papá, cada vez peor—, pero no podré ser leonorista, bueno quizá sí, si dos médicos me lo certifican.

Siempre he vivido en democracia. La doy por hecho. Pero no me siento a gusto tal y como ahora funciona. Quisiera que hubiera más acuerdo y menos ahora me toca a mí y hago lo que me da la gana porque puedo, o no hago nada, que también puedo. Que los políticos supieran lo que realmente la gente del montón, como yo, es. Parece que viven en una sociedad diferente a la mía. Como si el mundo se les hubiera reducido y solo cupieran los demás políticos, amigos, amiguetes y conocidos; y, cada cuatro años, se les llenara de pronto de una masa informe que tratan de moldear lo más rápidamente posible con el único objetivo de sacarle el voto para el propio partido. A partir de ese momento, vuelve a desaparecer de su horizonte. A veces, se les amontonan algunos frente al Congreso, pero se han encargado ya, con contundencia, de ponérselo muy difícil. Otra más.

Me preocupa el futuro, sobre todo por mi hijo. Estoy dispuesta a hacer sacrificios, a economizar en todo lo que esté a mi alcance, y aún así, creo que cuando salgamos de esta larga crisis, lenta y fatigosamente, nuestra calidad de vida será más pobre que antes. Siempre me he considerado de clase media, ahora me veo más bien como media-baja; si me apuras, media-baja-baja. A pesar de ello, encaro la vida con optimismo, más fruto de la esperanza que de la convicción. Así que continuaré ahorrando, si la escasez me lo permite, porque no voy a escatimar esfuerzos para que mi hijo tenga la mejor formación y llegue a la excelencia. Que la criatura apunta maneras y puede ser la que piense de esas diez cabezas de las que nueve embisten. Lo decía el mismo señor y no desmerece en nada a mi abuela.

*Foto de brendan-c

El País