En la provincia de Barcelona (circunscripción que, en las elecciones autonómicas últimas del 27S de 2015, abarcó el 75% del electorado catalán, pero solo el 63% de los 135 escaños en disputa), el fervor independentista tiende claramente a mitigarse. Ciertamente, aquí —como en el resto del Principado— el independentismo ha solido expresarse en dos tesituras diferenciadas. Por un lado, un independentismo emocional, de corte romántico, ajeno a cualquier consideración pragmática; por otro, un independentismo posibilista y racional que separa lo idealmente deseable de lo realmente factible. Ocasionalmente —como en estos últimos años—, la franja separadora entre ambas tonalidades tiende a estrecharse, e incluso a desaparecer: por lo general, como reacción a desencuentros, menosprecios o agravios (más o menos fundados, pero en todo caso sentidos como tales) del gobierno español. Como, sin duda, ha podido ser el caso desde 2006, con motivo de la tan inmensa como inexplicablemente torpe peripecia político-judicial del Estatut.

Ahora, con un Govern declaradamente soberanista, con una hoja de ruta orientada a la “desconexión” del resto de España, las aguas tienden —y no sin cierta paradoja— a volver a cauces más sosegados. Hace casi dos años, en julio de 2014, el independentismo que cabe etiquetar “de principio” (o de corte romántico-emocional) era suscrito por el 44% de los barceloneses, frente al 41% que —en un hipotético referéndum— optaría por seguir formando parte de España: tres puntos de diferencia a favor del independentismo. Ahora, en marzo de 2016, la diferencia entre ambas opciones es de once puntos, pero a favor de la permanencia en España.

Más llamativo es el reflujo experimentado en ese mismo lapso de tiempo por una de las variantes del independentismo pragmático-racional: la que toma en consideración que la independencia conllevaría, con casi total seguridad, la automática salida de la Unión Europea. En julio de 2014, con esta hipótesis el porcentaje de independentistas quedaba en el 39%, frente al 46% que en tal caso pasaba a optar por seguir formando parte de España. Ahora, esa diferencia a favor de la permanencia no es ya de siete puntos, sino de veinte.

Pero quizá lo más destacable, por contraste, es la llamativa estabilidad de una variante más concreta y, a la vez, menos emocional y más pragmática de la cuestión: un renovado pacto entre Cataluña y el resto de España que reconozca y garantice sus rasgos peculiares y diferenciales. Siempre que se plantea esta opción a la ciudadanía barcelonesa (y, por cierto, también a la del resto de Cataluña), el independentismo queda en menos del 30% (es decir, en cifras similares a las que se registraban ya a mediados de los años ochenta) mientras que la mitad de la ciudadanía (el 46% ahora) se decanta por esta opción neopactista, de corte federalizante.

Fuente: Sondeos del Proyecto “PULSO DE ESPAÑA” de Metroscopia, en las fechas que se indican. Las muestras entrevistadas en la circunscripción de Barcelona, estadísticamente representativas del electorado de esta circunscripción comprendían 766 entrevistas en julio de 2014, 759 en enero de 2015 y 800 en marzo de 2016, Nota: La diferencia hasta 100 en la suma vertical de porcentajes corresponde a No sabe / No contesta

Fuente: Sondeos del Proyecto “PULSO DE ESPAÑA” de Metroscopia, en las fechas que se indican. Las muestras entrevistadas en la circunscripción de Barcelona, estadísticamente representativas del electorado de esta circunscripción comprendían 766 entrevistas en julio de 2014, 759 en enero de 2015 y 800 en marzo de 2016. Nota: La diferencia hasta 100 en la suma vertical de porcentajes corresponde a No sabe / No contesta