Personalmente, lo que más me inquieta tras este primer debate de investidura es que si cristalizara en el nuevo tiempo político el estilo que lo ha marcado puedan acabar resultando disonantes, o incluso políticamente incorrectas, obviedades como las que a continuación menciono. Por ejemplo, que el hecho de ser más o menos de derechas o de izquierdas no atribuye, por sí solo, mayor virtud —o tacha— moral. O que el adversario político no es un enemigo irreconciliable a laminar, sino un compatriota que tiene derecho a pensar de forma diferente y a ser respetado por ello. O que en el terreno político-social no existen fortines, ya inmejorables, que defender, ni cielos que asaltar; que la sociedad perfecta, con todos los bienes posibles sin mezcla de mal alguno, pertenece al reino de la utopía; y que en la insalvable patria común, que finalmente —y como advirtiera Albert Camus— es la realidad, la más noble meta posible es que exista cada vez menos pobreza, más igualdad, menos injusticia y más solidaridad. Pero sabiendo que nadie tiene en exclusiva la fórmula definitiva para lograrlo.

En una sociedad plural y libre como la nuestra, estamos condenados (si acaso condena fuera ello) a pactar entre todos, a buscar puntos medios de acuerdo, a hacernos concesiones mutuas. A convivir. Y por tanto a ser humildes, evitando arrogancias (tan trasnochadas como incívicas) como es, por ejemplo, motejar de traidor al que propone caminos distintos a los propios, o arrojar a la cara del adversario político sus posibles errores pasados (olvidando los similares o muy superiores que manchan las banderas que se admiran). Este primer debate de investidura deja así un regusto amargo. Ha faltado, en dos de las cuatro formaciones principales, la grandeza de espíritu y la voluntad integradora esperables. Han propiciado en cambio, en el cuadrilátero político que se estrenaba, una dinámica centrífuga contraria al impulso centrípeto que los nuevos tiempos demandan. Pueden pagarlo caro. Los datos de Metroscopia revelan, en el caso de una de ellas, un desgaste de su actual liderazgo que parece difícilmente remediable; y en el de la otra, un importante nivel de desacuerdo, entre sus votantes, con lo dicho y hecho por sus representantes. Quizá puedan, en cambio, hallar mejor fortuna las otras dos formaciones, que con su acuerdo se han hecho con la centralidad del espacio político: ese en el que, precisamente, se ubican —ideológicamente, aunque por ahora no, de forma milimétricamente paralela, electoralmente —dos de cada tres españoles.