Hay palabras que juegan en otra liga, que superan el papel del diccionario, la pantalla de un ordenador y levantan pasiones. La palabra matrimonio tiene el poder de agrupar en torno a ella muy diversas concepciones e ideologías, y servir de abanderada a diferentes luchas.

Aunque el número de bodas no para de descender, el matrimonio está de moda, y cuando parece que nos olvidamos un poco de él salta a la palestra de la mano de una sentencia constitucional que se hizo esperar o de un Ministro del Interior insatisfecho con el sentir popular o una jerarquía católica que pide su “protección”. O un país vecino, Francia, donde tras  136 horas y 56 minutos de debate en la Asamblea Nacional y manifestaciones multitudinarias, han adoptado la aprobación del matrimonio igualitario, convirtiéndose en el 14º país en reconocer este derecho a las parejas del mismo sexo.

Sin embargo, poco parecen cambiar la opinión de la ciudadanía española los altibajos en la actualidad respecto al matrimonio. El 59% de los españoles, según los datos de Metroscopia, están de acuerdo con que la acepción correcta para las uniones civiles entre dos mujeres o dos hombres es matrimonio, con el consiguiente derecho a la adopción. Entre quienes no son creyentes, el número se eleva al 82%.

La batalla contra el matrimonio igualitario, que en el caso de Francia se ha cebado con un aumento considerable de las agresiones homófobas, es en realidad contra un cambio en la concepción de la familia, una pérdida del control de la unidad social básica por parte de la Iglesia Católica que hasta hace bien poco marcaba las reglas del juego.

La sociedad española sin embargo, incluso los católicos, considera que es la Iglesia la que tiene que reformar sus concepciones. El 75% —70%de los creyentes— cree que deberían admitir que el concepto de familia no tiene por qué referirse exclusivamente a la constituida por un hombre y una mujer y el 72% —67% de los católicos— cree que deben aceptar que una pareja del mismo sexo está capacitada para criar a un niño como lo están las constituidas por un papá y una mamá.

Sin embargo, esto se altera si nos centramos en quienes se reconocen como practicantes. En ese caso, el apoyo al matrimonio igualitario es solo del 27%, aunque el 49% sí cree que son familia y el 45% que son buenos padres o madres. Son estas cifras las que marcan una diferenciación con el resto de la sociedad, un abismo en la percepción social.

Porque mientras la sociedad tiene momentos de respiro, en los que convive con el matrimonio entre parejas del mismo sexo con normalidad, desde los púlpitos la realidad es otra y la “guerra de Dios” a la que hizo referencia el Papa Francisco cuando era arzobispo de Buenos Aires es continua.

El peligro de la exclusión es que solo tiene víctimas: lesbianas, gais y bisexuales, receptores de la frustración de una legislación que no comulga con el modelo que se quiere imponer y los católicos practicantes, defensores de ese modelo que la sociedad española considera caduco y les hace vivir aislados de los avances sociales.

Según la ley de la evolución, las especies que no se adaptan no sobreviven. Es una ley natural, más que el contrato matrimonial, a la que la Iglesia Católica  debe prestarle atención.

 NAYRA MARRERO, periodista especializada en temas de No Discriminación y Diversidad Sexual (En Twitter @Nayramar)

El País