Las señales son claras: estamos entrando en el “momento Ciudadanos”. No se trata de un fenómeno inédito en nuestra vida pública: ya hubo, a finales de 2014, un “momento Podemos” (cuya irrupción, por cierto, certificó también este diario, el domingo 2 de noviembre de 2014, con datos asimismo de Metroscopia). Las circunstancias, sin embargo, son muy distintas en uno y otro caso. El auge de Podemos fue abrupto, inesperado. Literalmente, rompió el tablero electoral, abanderando la ira ciudadana originada por la corrupción, por la crisis económica (por los desgarros que produjo y por los adicionales que supusieron muchos de los remedios aplicados para combatirla), y por la impericia percibida en los dos grandes partidos para salir adelante del modo menos doloroso posible. El “momento Ciudadanos”, en cambio, es resultado de una gradual evolución y eclosiona en un contexto emocional en el que la ira ciudadana (imposible de mantener de forma indefinida) se ha trocado en enfado profundo e intenso, pero abierto a la esperanza de que aún sea posible un cambio a mejor en España: el 72% de los españoles —recuérdese— dice afrontar con optimismo el año recién empezado, pese a cuanto sobre ellos pesa. Y como perciben al PP a la deriva, al PSOE al pairo y a Podemos ensimismado, parecen estar considerando seriamente que ha llegado la hora de dar, en serio, una oportunidad a Ciudadanos. Es decir, de apostar por el cambio tranquilo — a lo Macron, a lo Justin Trudeau— que esta formación parece ofrecer.

En el imaginario colectivo actual, quien ha sacado la cara por la media Cataluña no independentista (y de paso, al hacerlo, por el actual sistema democrático en su conjunto) ha sido la formación que lidera Albert Rivera. Y quizá por ello el español medio puede estar pensando que ante la auténtica crisis de Estado que el desafío secesionista empieza a suponer, nadie merece más confianza que quien ha sabido hacerle frente, con éxito, en su propio terreno (y no quienes han resultado expulsados de aquella cancha por el árbitro de la contienda; es decir, por la ciudadanía).El actual estado de gracia de Ciudadanos en toda España probablemente no se debe solamente a este nuevo perfil de partido ganador (y en un campo de juego en el que quienes tienden a ningunearle han sufrido una aplastante derrota) sino, también, a la cada vez más generalizada percepción de que es un partido ganador con relato. Es, en efecto, en este momento, la formación política de la que, en amplia mayor proporción, los españoles piensan que cuenta con un proyecto claro de futuro para España: precisamente lo que lleva ya demasiado tiempo faltando en la vida política nacional.

Lo que, finalmente, pueda resultar del actual “momento Ciudadanos” es una incógnita. “No cuentan con cuadros”: probablemente es cierto; pero inspiran esperanza e ilusión y estas, por sí solas, pueden atraerlos; en todo caso, los cuadros, sin más (y no digamos si sobre ellos pesa una marca desgastada), no bastan para suscitar emociones y atraer votos. “No tienen experiencia”: en el momento actual de nuestra vida política, con tantos historiales no precisamente impolutos, esto puede resultar más bien un aval que un lastre. El —¿decisivo? — as en la manga que comparten las dos formaciones nuevas es carecer de historiales por los que tener que pedir disculpas. “Con Ciudadanos pasará como con Podemos: unas horas de gloria…y luego poco, o nada”. Pues ya se verá.