El cuadro en el que hemos intentado estimar los posibles trasvases de votos entre los distintos partidos que han concurrido a las elecciones autonómicas catalanas del pasado día 25 refleja el apreciable grado de pluralismo existente en el seno de los distintos electorados. Por regla general, los electorados no son totalmente homogéneos en su composición: todos cuentan con lo que cabe designar como un núcleo duro, compuesto por votantes fieles, que de una elección a otra entregan su voto al mismo partido. Este núcleo duro varía en tamaño según los partidos y según los momentos: en estas últimas elecciones catalanes los votantes fieles (es decir, los que han vuelto a votar por el mismo partido por el que lo hicieron en 2010) han representado desde un estimado 68%-70% en el caso del PSC a un probable 90% en el caso de Ciutadans.

En torno a este núcleo duro se articula además, completando el electorado total del partido, lo que cabe designar como su periferia. Se trata de los votantes que se identifican solo parcial o moderadamente con los estilos, posicionamientos o propuestas de dicho partido al que, sin embargo, han optado por confiar su voto. Este segmento blando de votantes propende a la volatilidad. Es decir, puede con relativa facilidad optar, de una elección a otra, por no votar o por hacerlo por otra formación política. Para los dirigentes de los partidos, esta composición dura-blanda de su electorado puede hacer en ocasiones compleja la gestión del mismo. Los partidos que pugnan por la centralidad dentro del espacio político suelen ser los que cuentan, a la vez, con un electorado más amplio y por ello mismo más diverso y plural en su composición. Es decir, tienen una periferia electoral (es decir un electorado blando) más abundante. Por eso mismo estos partidos suelen caracterizarse por ser pluritemáticos y moderados, pues solo así —y procurando al mismo tiempo no perder sus señas básicas de identidad— pueden captar votantes con sensibilidades y orientaciones dispares —pero, con todo, compatibles— y hacer que se sientan razonablemente confortables en su seno. Solo los partidos con una base electoral reducida pueden permitirse mantener un alto e intenso nivel de homogeneidad (o “pureza”) ideológica.

Ahora bien, si en un momento determinado (como paradigmáticamente parece haber sido ahora el caso de CiU) un partido usualmente tradicionalmente asociado a la centralidad política propende de pronto a planteamientos monotemáticos y a actitudes más tajantes e inmoderadas de lo en él usual lo más probable es que origine una gradual desafección de ese electorado periférico blando, que puede acabar buscando cobijo en siglas nuevas que le resulten menos inhóspitas.

Se explicaría así que en estas elecciones catalanas CiU sea el partido que haya perdido más votantes de los que lograra agavillar en 2010: unos 280.000. Y estos votantes salientes se han dirigido en proporción de dos a uno a opciones no soberanistas (PSC, PP, ICV y Ciutadans) en vez de a ERC o CUP: 123.000 frente a 77.000. Al mismo tiempo, entre los nuevos votantes que parece haber logrado captar, 53.000 provienen de ERC o de SI y 79.000 de PSC, PP o ICV. O dicho de otro modo, a su núcleo duro de votantes fieles (a los que en principio cabe considerar identificados, o al menos no insufriblemente molestos, con el nuevo estilo monotemático y cuasi-radical del partido) se habría añadido ahora 53.000 votantes identificados con el mismo, y su periferia blanda contaría ahora con 79.000 votantes (44.000 menos que antes). Sencillamente, se habría producido una contracción de su grado de diversidad, pluralismo y moderación como consecuencia del menor peso relativo de su periferia blanda.

Trasvase de votos elecciones catalanas 2012

Foto de Proyecto Agua

El País