20/05/2014

Parlamento Europeo

Cuando apenas falta una semana para las elecciones europeas del domingo 25, la estimación del resultado más probable apunta a un práctico empate entre PP y PSOE, quizá con ligera ventaja final del primero en votos pero con idéntico número de escaños (19 cada uno). En comparación con 2009, la suma de los votos previstos ahora para PP y PSOE es inferior en 17.2 puntos al total que, en conjunto, ambos consiguieron entonces (63.7 frente a 80.9).

Se trata, ciertamente, de una pérdida de peso relativo sustancial (que cabe sin duda achacar, en buena medida, al amplio descontento ciudadano con la forma en que estas dos grandes formaciones han ido haciendo frente a la actual crisis), aunque difícilmente cabe interpretar en el sentido de crisis —o menos aún, de quiebra— del actual esquema bipartidista que articula la vida pública española. En realidad, el resultado de este desgaste del atractivo electoral de PP y PSOE no es tanto el ascenso de formaciones susceptibles, en un momento más o menos cercano, de tomarles el relevo cuanto una mayor dispersión del voto (y, por tanto, de los escaños en juego) entre un mayor número de formaciones. Tras la jornada electoral, podrían ser nueve las fuerzas políticas que logren al menos un escaño: en 2009 lo consiguieron seis.

La Izquierda Plural, articulada en torno a IU, triplicaría los votos y escaños logrados en 2009 (11% y 3, frente a 3.7% y 1), pese a perder algo de la pujanza que había venido mostrando en los sondeos de las semanas últimas.  Más clara es la pérdida de apoyos, en esta recta final, de UPyD en relación con los que parecía haber estado consolidando. Así y todo, pasaría de un 2.9% de los votos a un 4.5% y de uno a dos escaños.

La —relativa— sorpresa es el ascenso de la coalición articulada en torno a ERC, que duplicaría ampliamente los votos conseguidos por este partido hace cinco años y convertiría en tres su actual único escaño, quedando en cuarto lugar en estas elecciones. Por el contrario, la coalición de que forma parte CiU perdería uno de sus tres escaños.

En esta ocasión, la novedad es la presencia (con un escaño cada una) en el nuevo parlamento europeo de tres formaciones de nuevo cuño: Podemos, a la que el evidente tirón popular de su cabeza de lista, Pablo Iglesias, puede conseguir un 2.4% de los votos; Ciutadans, que conseguiría un 2.3% (cabe conjeturar que a costa fundamentalmente del PP, teniendo en cuenta la reducida participación); y Primavera Europea (formada por Compromís, EQUO y la Chunta Aragonesista).

El prevaleciente clima de desánimo y desinterés ciudadano respecto de la vida pública puede traducirse en una tasa de participación que quedaría entre el 40% y el 43%: es decir, de 2.4 a 5.4 puntos inferior a la de 2009, y que supondría el nivel más bajo de las siete (contando la actual) elecciones europeas celebradas en España. La primera (junio de 1987) y la cuarta (junio de 1999) coincidieron con elecciones municipales y registraron (gracias al “efecto arrastre” de estas) tasas de participación razonablemente elevadas (68.7% y 64.3%, respectivamente). En la segunda (junio de 1989), participó el 54.8% y, en la tercera (junio de 1994), un 59.6%. El desplome participativo se originó en la quinta elección (junio de 2004), con solo un 45.9% de votantes sobre el total de electores, y se consolidó en la de junio de 2009, en la que votó un 46%. En esta séptima elección se alcanzaría así, de confirmarse la estimación que a una semana parece más probable (40-43%), el nivel más bajo de interés ciudadano por unas elecciones que, paradójicamente, han menguado en interés popular cuando más importancia real, para el futuro de la Unión Europea, han conseguido.

Cataluña

Los resultados esperables en Cataluña resultan, sin duda, especialmente interesantes por su posible repercusión sobre la actual deriva soberanista del gobierno que preside Artur Mas. Ciertamente, los votos, en el Principado, de las dos principales fuerzas proindependentistas sumarían un apreciable 45.8%, es decir, 14.1 puntos más que en 2009. Pero con un cambio cuyo significado no cabe ignorar: ERC pasaría a ser ahora la fuerza más votada, superando en casi 5 puntos a CiU (25.3% frente a 20.5%). Es decir, la formación de Oriol Junqueras (que casi triplicaría su voto de 2009) resultaría ser la principal beneficiaria, electoralmente, del proceso independentista que pilota el actual Govern. CiU perdería dos puntos.

Este ascenso del voto soberanista (en unas elecciones condicionadas, en todo caso, por un nivel de participación muy bajo, si bien previsiblemente algo superior al mínimo 37.6% de 2009) es correlativo al voto del PSC-PSOE, que vería reducirse a la mitad sus porcentajes de votos de hace cinco años (del 35.9% pasaría al 18.1%). Con toda probabilidad, su electorado (ampliamente antindependentista y anticonsulta, según los datos de encuesta disponibles) les pasarían ahora factura por las vacilaciones, ambigüedades y divisiones internas que han caracterizado su andadura durante gran parte de los dos últimos años.

PP (10.9%) y Ciutadans (6.8), por su parte, consiguen, juntos, un porcentaje de votos prácticamente idéntico al 18% que lograra en solitario el PP en 2009. Hace 5 años Ciudadanos se presentó a los comicios europeos con la candidatura denominada Libertas-Ciudadanos de España liderada por Miguel Durán (obtuvo 22.805 votos)

Estimación 18 de mayo 2014Candidatos y CataluñaEuropeas ficha técnica 2014

INTENCIÓN DIRECTA DE VOTO

La intención directa de voto equivale a la voz de la calle. Es lo que los españoles responden de forma directa y espontánea cuando se les pregunta por su comportamiento electoral más probable. Es un dato clave para captar el estado de opinión predominante, pero debe ser interpretado con cautela pues no siempre refleja todo lo que los electores piensan, sino sólo lo que deciden revelar al ser preguntados. Distintos factores de coacción ambiental hacen que la verbalización de las distintas opciones ideológicas (su probabilidad de ser expresadas de forma espontánea y natural) no sea siempre la misma. La intención directa de voto (IDV) es, así, sometida a una serie de procesos de ajuste (a partir, fundamentalmente, del recuerdo de voto, de la fidelidad de voto, de la tasa de participación estimada, de la valoración  por cada grupo de votantes de la gestión de cada partido y de sus líderes y de otros datos complementarios proporcionados por el sondeo sobre el estado de ánimo general de las personas entrevistadas) que permitan estimar cuál es, en esas circunstancias, el resultado más probablemente esperable. Obviamente, a partir de una misma IDV sería posible, utilizando otros criterios analíticos e interpretativos, obtener estimaciones de resultado electoral no necesariamente coincidentes con la que aquí se ofrece. La estimación de voto probable, por tanto, no es ya un dato directamente conseguido de la ciudadanía, sino una interpretación de sus declaraciones realizada a partir de unos supuestos determinados (lo que se conoce como “cocina electoral”). Aunque con frecuencia, por un uso descuidado, se confunda intención directa de voto y voto probable estimado, en realidad son cosas distintas. Una intención directa de voto muy elevada puede terminar, tras ser procesada, en una estimación de voto probable más reducida, o a la inversa. La IDV se compara con el resultado real que cada partido obtuvo sobre el Censo de españoles residentes (CER). Por su parte, los datos de voto estimado se comparan con el resultado real de cada partido sobre el total de votos válidos.

IDV Europeas 2ª preelectoral 18 de mayo de 2014