Pero, ahora que se cumple el medio siglo de su fallecimiento, ¿qué es lo que aún perdura en la memoria colectiva de los españoles de cuanto en su vida hizo, escribió o dijo el doctor Marañón?

El transcurso de los años todo lo pule y desgasta y, por lo general, acaba hermanando a la mayoría de los ilustres de ayer en la anónima y brumosa fosa común del tiempo -y del olvido-. No en el caso del doctor Marañón, cuya figura sigue siendo recordada y percibida con nitidez por la ciudadanía mucho después del que fue su tiempo vital, según los datos de una encuesta reciente de Metroscopia.

Para empezar, el doctor Marañón es conocido por más del 90% de la población, es decir, por la práctica totalidad, sin diferencias estadísticamente significativas ni por edad ni por nivel de estudios (al igual que, por cierto, ocurre con otras dos ilustres figuras médicas, Ramón y Cajal y Severo Ochoa).

Cabría pensar que este mero conocimiento nominal significa en realidad poco, pues los tres dan nombre a hospitales, calles o plazas, e incluso, en Madrid, a alguna estación de metro. Pero lo que los datos disponibles indican es que, al margen del universal conocimiento de su nombre, en nuestra actual sociedad existe un amplio conocimiento real de lo que el doctor Marañón significó, hizo y fue.

Un 85% de los españoles le considera una figura importante en la historia de nuestro país, y no deja de llamar la atención que entre los más jóvenes, o entre las personas con menor nivel de estudios, constituyan también una abrumadora mayoría (más del 75%) quienes expresan esa opinión.

El consenso, al respecto, es pues generalizado y homogéneo. Pero quizá lo más llamativo sea que, si bien es recordado fundamentalmente como un médico eminente (quizá no podía ser de otro modo teniendo en cuenta ese “doctor” que automáticamente se asocia a su apellido), fracciones muy considerables de la población española recuerden y resalten otras aportaciones suyas a nuestra vida colectiva.

Así, un 21% destaca ante todo el papel que desempeñó en la vida social, política y cultural de su tiempo; un porcentaje idéntico opta por subrayar su compromiso por hacer de España una sociedad abierta y tolerante (ese “liberalismo” marañoniano que él mismo definiera como consistente “en dos cosas: primero, estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo; y segundo, no admitir jamás que el fin justifica los medios, sino que, por el contrario, son los medios los que justifican el fin”); un 15% destaca su aportación a la renovación de la docencia médica y un 11% valora de forma especial su contribución a la investigación histórica.

Apenas un 10% no sabe con qué asociar, de forma específica y prioritaria, su figura y trayectoria vital. No puede decirse, a la vista de estos datos, que la imagen del doctor Marañón sea brumosa o imprecisa entre los españoles.

En realidad, el doctor Marañón, “tal y como en sí mismo, al fin, la eternidad le ha convertido” (por decirlo con el verso que Mallarmé dedicara a Edgar Allan Poe en su fallecimiento), conserva intocada, a los 50 años de su muerte y casi 80 después de su época de mayor relevancia política y social, su condición de figura de referencia, de personalidad-guía.

No puede quizá caberle mayor elogio. Y su ausencia (y la de figuras como él) en nuestra sociedad actual no puede producirnos a los demás mayor nostalgia.

El País (edición impresa)