Cuando la crisis económica parece conducir, de forma quizá inevitable, a recortes importantes en la financiación pública de la sanidad y de la enseñanza, los españoles reafirman de forma contundente el elevado grado de confianza que ambas les merecen. Los datos de esta oleada del barómetro de confianza ciudadana que Metroscopia elabora trimestralmente para EL PAÍS muestran que médicos, científicos, sanidad pública y enseñanza pública se consolidan en la cabeza de la tabla, incrementando incluso, de forma apreciable, sus puntuaciones medias en relación con las que recibían hace tan solo tres meses. Los médicos siguen ocupando el primer lugar en el ranking de confianza ciudadana, pero ahora con una espectacular puntuación media de 8.6 (1.2 puntos superior a la obtenida en la oleada anterior). Los científicos y la sanidad pública, que ocupan el segundo y tercer lugar, incrementan en seis décimas sus anteriores puntuaciones. La enseñanza pública, los profesores de enseñanza media y primaria y la Universidad aparecen también en posiciones de cabeza. Es decir, la ciudadanía parece prestar en esta hora un claro y rotundo respaldo a instituciones y profesiones que, como consecuencia de la situación económica, pueden ver seriamente mermadas las partidas presupuestarias que solían serles destinadas. Según el Barómetro de Clima Social publicado en estas páginas el pasado día 16, el 94% de los españoles opina que en vez de hacer recortes en sanidad, educación y ayudas sociales habría que haber pensado en controlar mejor el fraude fiscal y en eliminar gastos superfluos. Un 70% sugiere, en ese mismo estudio, una subida de los impuestos sobre el tabaco y las bebidas alcohólicas como posible forma de dejar intocado el presupuesto de educación y sanidad. Y un 51% llega incluso a mostrarse dispuesto, para lograr este objetivo, a pagar más impuestos. En otras palabras, ni los españoles parecen creer que se hayan explorado todas las posibles alternativas a los recortes en sanidad y educación, ni parecen muy proclives a la resignación en este punto. Ello quizá otorga carácter de reafirmación a este llamativo aumento, en un espacio tan corto de tiempo, de las puntuaciones referidas a profesionales e instituciones educativas y sanitarias, así como la elevada puntuación que obtienen los profesores de enseñanza primaria y media, que son objeto de evaluación ciudadana por primera vez precisamente ahora, cuando muchos de ellos se encuentran en pleno conflicto con sus autoridades educativas.

La experiencia acumulada desde hace decenios en estudios demoscópicos sobre confianza ciudadana enseña que las profesiones o instituciones que la ciudadanía percibe como más obviamente altruistas y protectoras del bien común tienden a obtener, por lo general, evaluaciones más positivas que aquellas otras vinculadas a intereses particulares o sectoriales, por importantes o legítimos que estos sean. Así ahora, en nuestra sociedad, policía, seguridad social, Guardia Civil, Fuerzas Armadas, fundaciones y ONG ocupan lugares destacados con puntuaciones medias claramente positivas. Quizá, en estos momentos, cabría incluir en este grupo al Rey: el apreciable aumento en su puntuación media en los últimos meses (de 5.6 a 6.2) sugiere que en circunstancias de crisis y desconcierto como las actuales la ciudadanía tiende a apreciar especialmente —como ha hecho en otros turbulentos períodos anteriores— la función moderadora y equilibradora que sobre la vida pública ejerce la figura del Jefe del Estado. Que el Rey siga apareciendo en el grupo de cabeza, pero ya no necesariamente en destacado primer lugar (como ha ocurrido durante años), puede ser interpretado más como síntoma de estabilidad y madurez de nuestro sistema democrático que como posible indicio de una pérdida de arraigo o popularidad de la institución que encarna. No es, realmente, que haya decrecido la confianza que inspira la Corona, sino que ha ido aumentando llamativamente en estos años —como cabía desear— la que ahora merecen profesiones o instituciones fundamentales para la vida cotidiana de las personas en un entorno ya plenamente democrático, asentado y estable. En todo caso, de todos los jefes de Estado y de Gobierno incluidos en el actual barómetro a modo de mínimo referente comparativo, Juan Carlos I es el mejor valorado por los españoles, por encima incluso del presidente Obama, tan alta y establemente popular en nuestro país desde su elección, y a clara distancia de Angela Merkel, Durao Barroso, Nicolas Sarkozy o el propio papa Benedicto XVI. Por cierto, el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, con una puntuación de solo 2.5, queda como la figura pública en quien menos confían los españoles.

Los empresarios de las pequeñas y medianas empresas, con un 6.8, ocupan una llamativa octava posición en el ranking general. Al mismo tiempo, las pequeñas y medianas empresas (6.6), los empresarios en general (5.3) y las grandes empresas españoles (5.2) merecen puntuaciones claramente positivas. La actual crisis parece haber logrado que, a ojos del ciudadano medio, empresas y empresarios aparezcan más como víctimas que como causantes de la situación. El papel de “malo de la película” queda reservado en esta ocasión a las entidades financieras: cajas de ahorro (3.7) y bancos (3.1), sin que quede tampoco demasiado bien librado el propio Banco de España (4.4). Algo parece así estar cambiando en nuestra cultura económica general. En una sociedad como la española, a la que suele achacarse un déficit importante de espíritu emprendedor, no deja de ser significativo este claro crédito social que empresarios y empresas ahora merecen y que cabe interpretar como un respaldo a su empeño por seguir subsistiendo en circunstancias particularmente hostiles. Y esto es especialmente cierto, a la luz de los datos, respecto de las pymes, las principales ofertantes de empleo en nuestro país.

Los que cabe considerar cuatro grandes canales de comunicación e información (los tres clásicos: prensa, radio y televisión; y un recién llegado: Internet) quedan situados en peldaños distintos de la escala de confianza ciudadana. La radio sigue siendo quien más crédito merece, y con un 6.5 queda ahora al mismo nivel que la Guardia Civil. Ni siquiera la imponente competencia que sin duda supone Internet (que obtiene un 6.1) anula su primacía, fuertemente anclada en su condición de medio cercano, ágil, compatible con quehaceres alternativos al de prestarle atención y sustentado sobre el que es probablemente el más sugerente y atractivo de los soportes: la voz humana. Tras la radio e Internet, la prensa (con un 5.2) mantiene un digno tercer lugar. La televisión, pese a su masiva audiencia, queda muy por debajo en cuanto al grado de confianza y credibilidad que logra inspirar, y parece estar cada vez más asociada, para el ciudadano medio, al entretenimiento que a la información.

La Iglesia católica, en cualquiera de los múltiples ángulos y perspectivas en que puede ser enfocada su evaluación, dista mucho de ser una institución que inspire a los españoles sensación de poder confiar en ella. Como institución, en conjunto obtiene un 4.0. La nota sube hasta un 4.4 en el concreto caso de los curas de las parroquias, pero baja hasta un 3.1 cuando los evaluados son los obispos, y no pasa de 4.1 cuando el evaluado es el propio papa Benedicto XVI. Tan solo sus instituciones de asistencia (como por ejemplo Cáritas), que obtienen un 5.8, logran parecer confiables.

La Administración de Justicia, que en principio parecería una institución prototípicamente altruista y protectora del interés común, no logra consolidar un nivel claro de crédito ciudadano. Jueces, tribunales, fiscales, y hasta el Tribunal Supremo y el Tribunal Constitucional, aparecen evaluados de forma muy similar en torno al punto medio de la escala. Y los abogados siguen inspirando a la ciudadanía algo más de confianza que los jueces.

Aun cuando atemperado sin duda por el vigente temporal económico, el básico talante europeísta de la sociedad española se trasluce en el nivel de confianza que logra la Unión Europea (5.8), el presidente de la Comisión Europea (5.3), el euro (5.1) o el propio Banco Central Europeo (5.1).

La sociedad española siente una profunda preocupación por la actual situación de los más jóvenes. De forma mayoritaria se piensa que sus perspectivas de futuro son más oscuras y difíciles que las que conocieron las generaciones anteriores, y que en conjunto acabarán viviendo peor de cómo vivieron sus padres. Por ello, la sustancial confianza (6.1) que la ciudadanía dice tener en sus miembros más jóvenes puede ser interpretada como una expresión de respaldo y de ánimo, a despecho de la negrura que presenta el panorama.

El País