Desde noviembre de 2016 a julio del 2017 el voto estimado del PP ha descendido 10 puntos: del 35.7% al 25.5%. Durante ese tiempo, Ciudadanos ha pasado del 13% al 18.8%, casi seis puntos más. Matemáticamente las cifras llevarían a una doble conclusión: Ciudadanos ha metabolizado algo menos de dos tercios de los votos “perdidos” por el PP y el tercio restante se sitúa momentáneamente en el ambiguo territorio de los huérfanos electorales. Pero las realidades políticas son más complejas: ni el descenso del PP ni el incremento de Ciudadanos pueden hoy ser interpretados como una tendencia sólida y, mucho menos, irreversible.

El descenso del PP expresa dos cosas que requieren atención: la relativa elasticidad del, con todo, compacto bloque conservador y su desactivación en los períodos alejados del proceso electoral; y la relación causal existente entre el ánimo del electorado popular y la corrupción. O, de otra manera, el efecto corrosivo que la corrupción como contexto tiene sobre el ánimo de los votantes populares. La coincidencia entre la caída de la intención de voto al PP y la subida del valor otorgado a la corrupción en la construcción del clima sociales es, pues, mucho más causal que casual. El incremento de Ciudadanos se explica desde las mismas coordenadas mentales como el partido refugio en la medida que se le disocia y no asocia con la corrupción imperante.

Habrá otra lección a extraer de los datos: en los períodos valle de las legislaturas, la batalla discursiva entre bonanza económica (fortaleza del PP) y corrupción (debilidad de los populares) cuando esta última tiene densidad y gravedad, inclina coyunturalmente la balanza hacia la ética y no hacia economía. El resultado se traduce en una cierta fatiga no se sabe en qué medida coyuntural y momentánea que es la que expresa el sondeo de Metroscopia. Lejos como nos hallamos de cualquier proceso electoral, el electorado popular manifiesta síntomas de hallarse notablemente desactivado. La experiencia, sin embargo, demuestra que el partido de Rajoy tiene una alta capacidad de reactivarse cuando el tiempo electoral se acerca o cuando el clima social —que no económico— se torna más respirable y menos inquietante.