Para empezar, ¿qué ha ocurrido en las elecciones del pasado domingo con los 11,3 millones de votantes que tuvo el PSOE en 2008? Lo primero que debe tenerse en cuenta es que no todos han sobrevivido hasta ese día. Cabe estimar (partiendo de los datos globales sobre defunciones que proporcionan las estadísticas oficiales) que unos 430.000 han fallecido a lo largo de los casi cuatro años transcurridos. Por lo tanto, el dato de partida queda reducido a unos 10,9 millones de votantes. De estos, un 60% (es decir, 6,5 millones) decidió finalmente volver a votar al PSOE. Esta cifra supone un apreciable incremento sobre la intención de voto del electorado socialista que los sondeos venían registrando desde hace meses y que rondaba el 45%-50%. O dicho de otro modo, la fracción del voto socialista que se mostraba reticente y que la campaña electoral y la figura de Rubalcaba parecen haber logrado finalmente hacer volver al redil ronda el 10%-15%.

A estos 6,5 millones de votantes fieles hay que sumar los 240.000 nuevos votantes (que en 2008 no tenían edad de votar) y que han optado por dar en esta ocasión su voto al PSOE. La última partida del haber electoral socialista la componen los algo más de 200.000 votos que el PSOE ha logrado atraer de otras formaciones políticas. La cifra total resultante es así de casi 7 millones de votos (6.973.000 en números redondos): los que logró efectivamente el PSOE hace siete días.

Según estas cuentas, y en relación con 2008, el PSOE ha perdido 4.350.000 votantes: 1,2 millones a favor del PP, 700.000 a favor de IU y 450.000 a favor de UPyD. Es decir, ha experimentado una fuga de votantes en todas direcciones, aunque no en la misma cantidad: claramente más hacia lo que cabe considerar como centro y centro-derecha que hacia la izquierda. Estos flujos de salida concuerdan con lo que los sondeos han venido indicando desde mayo-junio de 2010: la desafección profunda, y a la postre irreversible, de una parte sustancial de dos sectores diferenciados de votantes socialistas. Por un lado, los más pragmáticos y relativamente menos ideologizados, defraudados por los sucesivos paquetes de medidas adoptadas por el Gobierno, que consideraron tardías, impuestas desde fuera, injustas y, sobre todo, ineficaces. Por otro, los más ideologizados, que han venido percibiendo esas medidas como frontalmente opuestas al ideario básico de una formación socialdemócrata. Al mismo tiempo, esta desafección de una parte importante del electorado socialista se ha visto acompañada por una creciente indiferencia y aun agrado ante la perspectiva de una victoria del PP: el 51% de quienes en 2008 votaron por Rodríguez Zapatero indicaban, días antes del 20-N, que la perspectiva de una victoria popular les producía una sensación de indiferencia o incluso de esperanza.

En el caso del PP, el balance que arroja este mismo tipo de partidas es radicalmente distinto. Descontados los votantes populares fallecidos desde marzo de 2008, cabe estimar en 9,9 millones la cifra de partida considerada para nuestros cálculos. Con una fidelidad de voto estimada en un 90% (lo que equivale a 8,9 millones de votantes), el Partido Popular consigue además 400.000 votos entre quienes podían votar por primera vez y, sobre todo, 1.450.000 votos de electores que en 2008 votaron por otros partidos. Dentro de esta rúbrica, la partida sin duda más llamativa corresponde a ese millón y pico de votos que recibe de anteriores votantes socialistas. Al igual que el PSOE, también el PP experimenta pérdidas de voto, si bien en cuantía muy inferior: unos 950.000, es decir, cuatro veces menos. El resultado es así un total de 10,8 millones. Esta cifra, que representa una ganancia neta respecto de 2008 de solo 550.000 votos, deriva de una serie de flujos de ganancias y pérdidas más amplios y complejos de lo que a primera vista podía parecer.

De todo este conjunto de datos parece posible extraer algunas conclusiones claras.

Estabilidad del voto popular y elasticidad del voto socialista

La distancia entre el suelo y el techo electoral del PP es muy reducida: poco más de un millón de votos. En las últimas cinco elecciones generales celebradas en nuestro país (1996, 2000, 2004, 2008 y estas de 2011), el PP obtuvo su peor resultado, en número total de votos, en las de marzo de 1996: consiguió entonces unos 9,7 millones que, pese a todo, le bastaron para alzarse con su primera victoria electoral. Su mejor resultado lo ha obtenido en las elecciones del pasado domingo, con aproximadamente 10,8 millones, que le valieron una aplastante mayoría absoluta. Esta llamativa estabilidad en el número total de votos del PP se debe, en gran medida, a la constante alta fidelidad de sus votantes: así, el porcentaje que votó a Mariano Rajoy en 2008 y ahora ha vuelto a hacerlo puede estimarse en torno al 90%.

Por el contrario, la distancia que en las últimas cinco elecciones generales ha separado el suelo y el techo electoral del PSOE es de cerca de 4,5 millones de votos. Su peor resultado es el obtenido este pasado domingo, con poco más de 6,9 millones frente a los 11,3 de 2008. En las otras tres elecciones ha fluctuado entre los 9,4 millones de 1996, los 7,9 de 2000 y los 11 de 2008, conformando una especie de onda senoidal, reflejo de un electorado notablemente menos fiel y más elástico que el popular. La estimación de Metroscopia es que en estas recién celebradas elecciones solo un 60% de quienes votaron al PSOE en 2008 lo volvieron a hacer ahora. Una fidelidad que, siendo muy baja, podría haber sido incluso inferior con un cabeza de lista distinto de Alfredo Pérez Rubalcaba —el cual, según los sondeos, era reiteradamente señalado por la clara mayoría del electorado socialista como su mejor candidato posible—.

Este gradual desplome de la fidelidad de voto socialista ha sido detectado por los sondeos desde 2009. Pero fue a partir de mayo-junio de 2010 —tras anunciar el presidente Rodríguez Zapatero las medidas anticrisis— cuando se produjo el gran punto de ruptura entre el PSOE y su electorado. Por primera vez en seis años pasaron a ser más los votantes socialistas que desaprobaban la gestión del Gobierno que quienes la aprobaban (57% frente a 38%). Durante la campaña electoral, las encuestas de Metroscopia para EL PAÍS detectaron la existencia de una fracción del electorado socialista perdida, al parecer, definitivamente: un 13% de quienes votaron por el PSOE en 2008 afirmaban reiteradamente que no lo volverían a hacer en ninguna circunstancia. Además, tres de cada diez tenían pensado depositar su confianza en otro partido, como así hicieron finalmente.

Durante el largo periodo preelectoral, la fidelidad del electorado socialista se situó, de manera consistente, por debajo del 50%. No fue sino en la última semana cuando el candidato socialista parece haber logrado movilizar a una parte de ese electorado que se mantenía indeciso (en concreto, recuperó entre el 10% y el 15% de los votantes socialistas de 2008). No pudo evitar, sin embargo, la enorme fuga de votos hacia otros partidos (en total casi 3,5 millones, con PP, IU y UPyD como máximos beneficiarios) y hacia la abstención (casi un millón).

Hay que destacar que una buena parte de los votantes, tanto del PP como del PSOE, se autoposicionan ideológicamente en el mismo punto en que lo hace el mayor número de españoles: el centro. No debe por tanto extrañar que esta relativa cercanía ideológica haya facilitado que una parte relevante del electorado socialista haya optado en esta ocasión por votar al PP. Se trata del sector de (ex)votantes socialistas con una visión más pragmática de la economía, críticos con la gestión de José Luis Rodríguez Zapatero, muy preocupados por su propia economía familiar —el 40% de ellos califica de mala o muy mala su situación económica familiar, 8 puntos por encima de la medida nacional— y casi la mitad tiene entre 35 y 54 años. Este trasvase de votos ha convertido al Partido Popular en el mayor beneficiado de las fugas de votantes socialistas en estas pasadas elecciones y representa un significativo precedente. De algún modo, la línea divisoria entre los electorados popular y socialista parece haberse ido haciendo más tenue y porosa, lo que invita a pensar que en adelante los trasvases de votantes de uno a otro lado pueden llegar a ser más habituales y más significativos numéricamente.

IU: esta vez no hubo “voto útil”

Desde hace más de una década, la coalición que lidera Cayo Lara ha venido sufriendo en cada cita electoral el que cabe denominar mal del voto útil, consistente en que un elevado porcentaje de electores, pese a sentirse más cercanos a la coalición rojiverde, acababan finalmente votando al PSOE para tratar de evitar, o de mitigar, el triunfo del PP. La falta de competencia electoral que, en esta ocasión, anticipaban los sondeos preelectorales publicados —o, dicho de otro modo, la distancia tan abrumadora que separaba en las encuestas al PP del PSOE— parece haber desactivado ese tradicional voto útil: 700.000 personas que en 2008 votaron al PSOE han decidido, el pasado domingo, votar a IU. Por el contrario, no llegan a 100.000 los votantes que habiendo votado a esta coalición en 2008 han optado ahora por dar su voto a los socialistas.

La confirmación de UPyD

En el espacio centrista ha emergido un tercer partido, todavía muy alejado de los dos grupos mayoritarios, pero que habría absorbido una parte significativa de los votantes insatisfechos del PP y del PSOE. Un total de 350.000 votantes populares y 450.000 socialistas habrían votado en esta ocasión por la lista encabezada por Rosa Díez —un tercio de los cuales son menores de 35 años—, principalmente residentes en la Comunidad de Madrid (28%) y Andalucía (25%). El resultado logrado por la formación liderada por Rosa Díez ha confirmado su tendencia ascendente desde que se presentó en sociedad en las elecciones generales de 2008: entonces logró cerca de 300.000 votos; en las elecciones europeas de 2009, alrededor de 450.000; en las municipales de 2011, aproximadamente 460.000, y el pasado domingo superó el millón de sufragios. Su fuerza parece residir en el hecho de haberse convertido en refugio (¿temporal o permanente?) de los votantes del PSOE y del PP desencantados con sus respectivos partidos.

Aumento del voto a otras formaciones minoritarias

La debacle socialista ha dado lugar —como suele ocurrir cuando uno de los dos grandes partidos pierde una parte sustancial de su electorado— a una mayor dispersión del voto entre formaciones minoritarias (es decir, entre partidos distintos de PP, PSOE, IU, UPyD y CIU). El voto a estos otros partidos casi se ha duplicado, en conjunto, con respecto a 2008.

Para concluir, una nota de cautela. Es prácticamente imposible saber con total certeza cuáles son, en cada elección, los trasvases reales de voto. Es decir, a quién acaban votando en cada nueva cita electoral aquellos que en la anterior votaron por cada uno de los distintos partidos en liza. La única certidumbre es que, por estables y fidelizados que sean los electorados, siempre se dan (en medida sin duda variable según los casos o la ocasión) intercambios de votos entre ellos y que estos intercambios no son perceptibles con total nitidez a simple vista. La estimación que aquí se ofrece trata de ir más allá de especulaciones basadas en meras apariencias, y se basa en la información proporcionada por la secuencia de encuestas preelectorales efectuadas por Metroscopia para EL PAÍS sobre una amplia muestra total de población (9.675 entrevistas) y cuyos resultados globales fueron publicados el pasado 13 de noviembre. Se trata, ciertamente, de una estimación de trazo grueso, aunque en realidad no muy distinta de los cálculos que suelen elaborarse a partir de encuestas poselectorales.

Por último, ambos tipos de prospecciones (preelectorales y poselectorales) se basan en datos de solidez (o endeblez) muy similar: lo que las personas entrevistadas dicen que van a hacer, en un caso, o lo que dicen que han hecho, en el otro. Y está por ver cuál de estos dos tipos de declaraciones contiene menos sesgos y puede por tanto ser considerado como relativamente más fiable para tratar de deducir los comportamientos reales.

El País