El sondeo preelectoral de Metroscopia en el País Vasco refleja, por debajo de los resultados aritméticos sobre quiénes y cuánto ganan o pierden, la existencia de un ecosistema político singular dentro del mapa del Estado de las Autonomías español. La síntesis de esa notable singularidad se podría expresar caracterizando a la Euskadi de hoy como un espacio social y político donde ha logrado enraizarse e implantarse el orden multipartidista. Convirtiendo en virtud la necesidad derivada de la fragmentación política, ha sabido sentar las bases de un orden político para encauzar con éxito la pluralidad social –e, incluso, generacional–dotándose de una cultura cívica y de una arquitectura institucional proclive al acuerdo y a la gestión inteligente del conflicto. Han sabido, en suma, superar la pauta, según la cual pluralismo y pacto tienden a identificarse con desorden político, articulando un modelo que hace de ambas, pluralismo y pacto, expresiones positivas de la vida política y del juego institucional.

Los datos del sondeo en Euskadi en comparación con los de Galicia son absolutamente elocuentes. El 25% de los vascos, uno de cada cuatro, prefiere que el partido ganador obtenga mayoría absoluta y pueda gobernar en solitario, frente al 73%, prácticamente tres de cada cuatro, que dice preferir una victoria sin mayoría absoluta que obligue a gobernar pactando con otros partidos. Pero lo más significativo está en la visión de los electorados de cada uno de los dos partidos centrales. Así en el País Vasco, la preferencia por el pacto recorre todo el espectro político e incluye al PNV, entre cuyos electores el 60% se muestra a favor de un resultado que haga necesario el pacto, frente al 39% proclive a la mayoría absoluta. En Galicia, sin embargo, los electores del PP son decididos partidarios de la mayoría absoluta en una proporción apabullante del 86% frente a un irrelevante 11% que se inclina hacia el pacto como mejor fórmula de gobierno.

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La comparación entre las actitudes de los electorados de los partidos centrales en ambas Comunidades ilustra la existencia de dos modelos políticos diferentes: el saldo positivo de los votantes del PNV a favor de gobiernos sin mayoría absoluta contrasta con el saldo netamente negativo (-73) que obtiene la misma opción entre los votantes gallegos del Partido Popular. La diferencia entre ambos modelos está, pues, en cómo en uno u otro lugar se entiende la centralidad. La centralidad gallega se basa en un partido dominante –el PP– cuya anchura le permite ocupar casi la mitad del espacio electoral, pero enfrentado sistémicamente al resto, que se fragmenta en tres marcas (PSdeG, En Marea y BNG). La centralidad vasca se basa en un partido de referencia -el PNV-  que se sitúa en un tercio aproximado del espacio electoral, pero que funciona proyectando su hegemonía (en griego hegemonía significa, precisamente, capacidad de orientar, servir de guía) liderando la pluralidad en clave multipartidista.

Las diferencias entre las marcas –PP en Galicia y PNV en Euskadi– se extienden y concretan en los liderazgos de Alberto Núñez Feijóo  e Íñigo Urkullu. Ambos, aunque en medida distinta, ven evaluada positivamente su gestión política en los últimos cuatro años entre el conjunto del electorado: Núñez Feijóo con un saldo mínimo de +3 y Urkullu con + 32. Pero mientras la gestión de Núñez Feijóo  es netamente desaprobada por los electores de los restantes partidos gallegos (-50 por los socialistas, -74 por los de En Marea y -73 por los del BNG), la de Íñigo  Urkullu es contemplada con acento positivo por los electores del PSE (+27) y del Partido Popular (+10) y solo moderadamente negativo por los de EH Bildu (-13) y los de Podemos (-5).

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