Cuando la Iglesia Católica es fiel al mensaje evangélico, recibe el aplauso mayoritario de la población. Así, en todos los barómetros de Metroscopia, las entidades de la Iglesia dedicadas a la atención de los más desfavorecidos (Cáritas) figuran siempre entre las más apreciadas de manera continuada.

Por el contrario, los ciudadanos tienden a no simpatizar en absoluto con las posiciones de la Iglesia cuando esta se refiere a cuestiones temporales o políticas, lo que se refleja en la mala percepción que tienen de la Iglesia católica española en su conjunto y, más concretamente, de los obispos y la jerarquía eclesiástica.

Esta es una vieja cuestión desde el inicio de la Edad Media, cuando, conforme a la idiosincrasia de los tiempos, la Iglesia intervenía en cuestiones temporales —como simbolizó mejor que ningún otro acontecimiento la coronación de Carlomagno por León III en el 800 d. C—.

El inicio del cuestionamiento de la teocracia llegó con el Renacimiento y tuvo su fractura definitiva con la Ilustración, cuando el imperio de la razón impuso la progresiva secularización de la vida pública. Lo sorprendente, en este sentido, es que, si bien la Iglesia tardó aún hasta el Concilio Vaticano II (1962-1965) en establecer de manera oficial la separación entre Iglesia y Estado, todavía hoy, y muy especialmente en España, la jerarquía eclesiástica ha intervenido comúnmente en cuestiones políticas.

Vaya por delante que, cuando afecta a cuestiones éticas esenciales, la Iglesia tiene todo el derecho del mundo a emitir su opinión como autoridad moral que deben atender los católicos y considerar los demás; pero hasta ahí. Recuérdese la posición equívoca de la Iglesia vasca frente a la violencia etarra, que ha recibido la condena mayoritaria de la población española —solo tras la marcha del malhadado Obispo Setién consiguió dignificarse sustancialmente—. Por eso produce estupor contemplar a Artur Mas haciendo su declaración en el púlpito del Monasterio de Ripoll con ocasión de la Diada de Cataluña el pasado día 11 de septiembre. También en el caso catalán es bien conocida la importancia que, en determinados momentos históricos, ha tenido la Iglesia en la cuestión nacional, pero, a estas alturas del siglo XXI y casi cincuenta años después del Concilio Vaticano II, se vuelve a equivocar amparando declaraciones y actos políticos en sus templos. De esta manera, da una imagen equívoca de su postura, se aleja de los fieles que no compartan la opción política que parece amparar y, lo que es todavía más importante, desdibuja su misión esencial: la transmisión del mensaje de Jesucristo.

Evaluación de instituciones 1

Evaluación de instituciones 2

Antonio López Vega es prof. Hª Contemporánea (UCM)  y del IUI Ortega y Gasset y consultor de Metroscopia en análisis histórico-políticos. Ha sido galardonado con el Premio de Investigación Julián Marías para jóvenes investigadores.

El País