En la sociedad española persiste con fuerza una visión sexualizada de mujeres y hombres que obstaculiza el camino hacia la igualdad. Según el último sondeo de Metroscopia, un 70 % de la ciudadanía considera que las diferencias entre las mujeres y los hombres van más allá de las biológicas y un 17 % se muestra muy o bastante de acuerdo con que la igualdad altera el orden natural de las cosas. No solo se cree que físicamente son diferentes sino que, a su vez, tienen distintas formas de sentir y pensar. Pero, ¿son realmente incompatibles las diferencias con la igualdad? ¿Existe una manera de sentir y pensar femenina y otra masculina? Según cómo se entienda la igualdad de género, se podrá ofrecer unas u otras respuestas a estas preguntas.

En términos generales, podría decirse que existen dos formas de concebir la igualdad: una inclusiva y otra restrictiva. La inclusiva significaría considerar iguales a mujeres y hombres a sabiendas de que no son idénticos, es decir, que las diferencias que existan entre unas y otros no son un impedimento para la igualdad. De esta forma, pertenecer al sexo femenino o al sexo masculino no implicaría mucho más que el común reconocimiento de algunas distinciones fisiológicas. Sin embargo, esta perspectiva igualitaria solo encuentra apoyo en el 29 % de la población española y más entre los hombres (38 %) que entre las mujeres (20 %).

Por su parte, la igualdad restrictiva vendría a decir que las diferencias entre mujeres y hombres van más allá de disimilitudes biológicas y esto, de alguna forma, restringiría parcial o completamente el alcance de la igualdad. En este sentido, el sondeo refleja que más de una cuarta parte de la población (27 %) cree que las mujeres y los hombres son diferentes prácticamente en todo y el 42 % entiende estas diferencias como un impedimento para alcanzar la plena igualdad —siendo más las mujeres (45 %) que los hombres (38 %) quienes así lo declaran.

Por tanto, en España parece predominar hoy por hoy una visión más restrictiva que inclusiva de la igualdad, lo que podría explicarse por dos confusiones habituales: una contraposición desacertada entre las diferencias y la igualdad; y un intercambio entre la descripción y la explicación de la realidad.

Si el referente igualitario es el inclusivo, entonces las diferencias no son incompatibles con la igualdad. El opuesto de la igualdad es la desigualdad, no la diferencia. El peligro estaría en suponer que las diferencias sexuales marcan también diferentes rasgos y capacidades para unas y otros, algo así como vincular de forma mecánica las aptitudes con las actitudes.

Por su parte, más que formas femeninas y masculinas de pensar y sentir lo que existe es un sistema sexista basado en estereotipos de género. Que las mujeres sean un poco más restrictivas que los hombres puede estar relacionado con que ellas son el principal blanco de las desigualdades y esto podría repercutir en una descripción más estereotipada de la realidad, a pesar de que la mayoría de investigaciones en este ámbito constatan que son mucho más igualitarias que ellos. De cualquier manera, estos datos invitan sin duda a reflexionar: ¿Somos desiguales porque somos diferentes o somos desiguales porque no existe igualdad —al margen de las diferencias—?

Metroscopia - Igualdad hombres y mujeres

Metroscopia - Igualdad hombres y mujeres

Metroscopia - Igualdad hombres y mujeres

El País