La influencia de los debates electorales sobre el comportamiento final de los electores tiene que ver, al menos, con tres factores: la volatilidad electoral, el porcentaje de ciudadanos que no tienen decidido el sentido de su voto y la competitividad. Cuanto más elevados sean estos, mayor será, también, la influencia de aquellos. Y en el momento actual, cuando queda menos de mes y medio para la celebración de las próximas elecciones generales, la situación política española se caracteriza por un elevado grado de los tres elementos.

La volatilidad tiene que ver los realineamientos de los electores: cuántos permanecen fieles a un partido entre una elección y otra y cuántos, por el contrario, prefieren elegir otras opciones diferentes. Una elevada volatilidad significa que muchos electores han decidido cambiar su voto. Si Ciudadanos y Podemos, partidos que por primera vez se presentan a unas elecciones generales, confirman el 20D la gran capacidad para atraer votantes de otras formaciones políticas que han demostrado en recientes elecciones (Europeas, Municipales y Autonómicas) la volatilidad electoral en estos comicios será la más elevada de nuestra reciente historia democrática. Algunos electores ya lo han decidido. Otros, todavía no.

Según la última oleada del Barómetro de Clima Social que Metroscopia realiza en torno a un 75 % de los electores dice que con toda seguridad acudirá a votar el próximo 20D. Pero de ellos, un 25 % todavía no tiene decidido a qué partido lo hará. Un porcentaje de indecisos algo superior al de las dos últimas elecciones pero cuya última decisión tendrá, sin duda, más relevancia en el resultado final que en esos otros comicios. La razón: el mayor grado de competitividad presente en estas elecciones.

La competitividad indica el grado de rivalidad electoral. Hoy por hoy, la distancia en estimación de voto entre el primer y el tercer partido (PP y PSOE) es de tan solo 2.5 puntos (en las elecciones de 2011 ya solo la diferencia entre el primer partido y el segundo fue de 15.9 puntos). La incertidumbre sobre el resultado electoral es, por tanto, muy elevada y otorga un plus de importancia al comportamiento electoral final de los indecisos. Un comportamiento que en estas elecciones es más difícilmente predecible porque la oferta partidista es mayor que en ocasiones anteriores.

El actual ambiente político descrito –mayor volatilidad, mayor indecisión y mayor competitividad- constituye así un caldo de cultivo idóneo para que los debates electorales sean, si no determinantes, sí mucho más influyentes en el comportamiento electoral de los españoles que en otras ocasiones. Y quizá sea igual de importante –y de arriesgado-para los partidos políticos participar en ellos que no hacerlo.

 

Análisis publicado en El País