Hace unos años, causó fortuna el acrónimo JASP —Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados—. El resultado del barómetro de Metroscopia publicado hace unos días parece incidir en esa idea, si bien refleja el monumental enfado de esos jóvenes españoles con la España oficial que, además de estar desvinculada de su mundo, no les ofrece las oportunidades que todo joven necesita para poder llevar a cabo su proyecto vital. En relación con la visión que tienen del papel que debe jugar la política y la clase política en la sociedad, resulta revelador el dato de que estos jóvenes, competentes y moderados, se declaren mayoritariamente católicos (58 %), pero no militantemente católicos, en el sentido de que estén dispuestos a hacer de su confesión religiosa un tema ideológico ni de batalla política (el 72 % está conforme con que la ley de interrupción del embarazo permanezca tal cual está). Es decir, refleja la idea de la política como un servicio hacia la ciudadanía, y de ahí su desafección con la clase política española, que no responde a ese servicio.

Es paradójico que el 85 % de los jóvenes se sientan satisfechos con su vida, a pesar de todas las dificultades que están encontrando en su camino, y que, para España, se corra el grave riesgo de perder a esta generación. Ahora, cuando se cumplen cien años del inicio del raciovitalismo orteguiano —la vida como realidad radical y en la que para alcanzar la plenitud vital ha de conjugarse vocación, circunstancia y azar—, es muy ilustrativo que los jóvenes consideren que controlan su destino (72 %) y que tienen más posibilidades de desarrollarse vitalmente fuera de España que dentro (54 %). Los jóvenes españoles no tienen miedo ni reservas a salir de su país porque confían en sus aptitudes. Este dato, conjugado con otros —como que se sienten tan españoles como europeos—, refleja, por un lado, su mayor cosmopolitismo frente a generaciones pretéritas —no tienen grandes dificultades para viajar, hablar idiomas y adaptarse a otras realidades— y, por otro, eso no conlleva que tengan desafección por lo español ni en lo emocional —se identifican con su nación el 83 % y con su comunidad autónoma el 82 %— ni, tampoco, en su confianza en el país —confían en los productos españoles tanto o más que en los alemanes —símbolo, como es bien sabido, de eficiencia técnica—.

En términos políticos, los jóvenes españoles se reconocen en el centrismo socioliberal. Frente a la identificación del liberalismo con lo estrictamente económico del ala más conservadora del Partido Popular, y que en términos porcentuales contaría con el apoyo del 17 % de los menores de 35 años, la mayoría de los  jóvenes españoles (41 %) se sitúa en posiciones centristas (13 %), socialdemócratas (12 %) y socialistas (16 %).  En todo caso, el 75 % se identifica con la sociedad libre meritocrática pero imbuida de una fuerte aspiración de mayor justicia social —la que heredó la mejor hora del liberalismo, el socialliberalismo de comienzos del siglo XX, que sería una de las corrientes fundamentales que nutriría la construcción del estado del bienestar en la segunda mitad de la centuria—. De esta manera, al 85 % de los jóvenes no le importaría pagar más impuestos a cambio de la protección social, educativa y sanitaria del Estado. Esa voluntad de una sociedad y sistema político solidario es lo que hace que, en este segmento de la población, el PSOE tenga una ventaja de seis puntos, aproximadamente, sobre el partido conservador español, que ha visto perjudicada su imagen por la política fundamentalmente economicista que ha desarrollado en los últimos años.

Antonio López Vega es prof. Hª Contemporánea (UCM)  y del IUI Ortega y Gasset y consultor de Metroscopia en análisis histórico-políticos. Ha sido galardonado con el Premio de Investigación Julián Marías para jóvenes investigadores.

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