Desde el comienzo de la crisis, e incluso antes, la percepción de los ciudadanos sobre la marcha de la economía ha estado dominada por las opiniones negativas. El último dato del mes de septiembre del Barómetro de Confianza en la Economía de Metroscopia no aleja en absoluto el fantasma de la crisis: ocho de cada diez españoles creen que la economía española va a la deriva, sin visos de mejora, apuntando en el mejor de los casos a un estancamiento prolongado. Este pesimismo instalado en la conciencia económica del ciudadano medio asombra por su persistencia y larga duración, ¿o no tanto?.

En 1930 el economista norteamericano Alvin Hansen apuntó, por primera vez, la hipótesis del estancamiento secular. Según este análisis, las economías del mundo industrializado —España una de ellas en teoría— sufrían un desajuste a gran escala como resultado de una creciente propensión a ahorrar y una decreciente propensión a invertir. El resultado de esta combinación es que un ahorro excesivo acaba lastrando la demanda, reduciendo el crecimiento y creando inflación negativa. A su vez, el desajuste ahorro/inversión termina presionando a la baja los tipos de interés reales. Larry Summers, el economista de la Universidad de Harward, ex–Secretario del Tesoro con Clinton y miembro también de la administración Obama, ha recuperado recientemente esta idea para describir el estado de la economía mundial.

Nada de esto suena extraño en los oídos de los ciudadanos españoles. Una gran mayoría (casi el 80%), además de esperar una evolución futura desfavorable, califica el estado de la economía española a día de hoy como malo o muy malo. Paradójicamente, la bajada de los precios (deflación) impulsada por la plétora de ahorro mundial, no se traslada al bolsillo de los ciudadanos. Los niveles salariales deprimidos y el todavía elevadísimo nivel de desempleo son la causa probable de que el 80% de la ciudadanía manifieste también que el coste de la vida continúa subiendo para ellos. Los precios deprimidos de las materias primas y, en especial, del petróleo junto a las bajadas de otras partidas del IPC no resultan suficientes para incrementar la capacidad adquisitiva de la ciudadanía. El desánimo generalizado alimenta expectativas económicas menguantes que, a su vez, aplazan las decisiones de consumo e inversión de los agentes económicos. Casi la mitad  de los españoles se han visto obligados últimamente a aplazar compras que consideran necesarias.

Frente a esta situación poco más puede hacer Mario Draghi que continuar con la inyección de dinero mensual de 80.000 millones de euros mediante la adquisición de bonos. Esta ampliación de la hoja de balance del Banco Central Europeo, inédita en su historia,  no está resultando suficiente para impulsar el crecimiento de la zona euro e incrementar las expectativas inflacionistas. El canal de transmisión monetaria, que ha de asegurar que el dinero puesto en el sistema financiero por el BCE (i.e Quantitative Easing) se traslade a la economía real, sigue sin funcionar. Nadie tiene claro que el entorno de bajos tipos de interés sea efectivo. Entre la ciudadanía española reina la confusión respecto a qué está ocurriendo en los mercados financieros. Un tercio de los españoles afirma que los tipos están subiendo, otro tercio cree que están bajando; el resto (posiblemente muy alejado de necesidades de financiación) manifiesta no saber ni conocer nada sobre la evolución de los tipos. Esta confusión monetaria se ha visto acompañada de las habituales políticas fiscales expansivas que acompañan a los ciclos electorales, pero que en poco o nada han modificado las percepciones económicas negativas entre la población.

El futuro económico no se percibe como halagüeño y el estancamiento secular tiene costes en el largo plazo. El 84% de los españoles piensa que se va a tardar años en salir de la crisis. Además, las pérdidas asociadas a la misma serán permanentes: más de siete de cada diez españoles piensan que al finalizar la crisis la pobreza y la desigualdad habrán aumentado. Una cifra superior (ocho de cada diez) afirma que el nivel de prestaciones y ayudas del Estado de bienestar se verá reducido de manera permanente. Más de la mitad de la población piensa que lo peor está por llegar y que una recaída de la crisis es bastante o muy probable. De hecho, las previsiones del PIB para el año 2017 son mucho más pesimistas (casi un 1% menos de crecimiento que en el 2016). Si la opinión pública refleja el ánimo de los animal spirits económicos, es evidente que habrá que esperar tiempo a que se recuperen. Y la espera será costosa.