Muchos piensan como ella. Seis de cada diez españoles creen que la economía está debilitando los sistemas democráticos, según un sondeo de Metroscopia. En una parte significativa de la ciudadanía existe cierta disonancia cognitiva entre cómo ha visto desarrollarse la crisis y la idea que tienen de la democracia. No entienden que los Estados se hayan endeudado para rescatar a unos bancos que hoy reparten beneficios y les prescriben las políticas sociales que deben seguir para salir de la crisis. Así, a la tradicional insatisfacción ciudadana con la política (o mejor, con la “clase política”), se ha sumado la estupefacción ante lo que perciben como una subordinación del sistema democrático a los agentes financieros.

La cuestión no es tanto que esta insatisfacción haya eclosionado, sino por qué no lo había hecho hasta ahora. El caldo de cultivo existía desde hacía varios años —alejamiento de la clase política, depresión económica, frustración social—, solo faltaba la chispa adecuada para que se inflamara. Y finalmente llegó. Fue una convocatoria a la indignación colectiva en plena campaña electoral, cuando las sensibilidades políticas están más a flor de piel, lo que unió a miles de personas en un proceso de bola de nieve. Casi todos los ciudadanos, de cualquier ideología, tuvieron la impresión de compartir alguno de sus planteamientos. Casi todos tuvimos la ilusión de que, quizás sí, pudieran promover una mejor práctica democrática. Ese sentimiento común fue, y todavía es, su mejor aval. Tras el 15-M, se entiende mejor por qué tradicionalmente la Encuesta Social Europea identifica en España dos hechos aparentemente contradictorios: por un lado, es uno de los países donde más ciudadanos afirman que “no les interesa nada la política” y, al mismo tiempo, donde más afirman acudir a manifestaciones. Sin embargo, un hecho casa con el otro. Una parte importante de la ciudadanía asocia “la política” con la actividad de los políticos, de la que se alejan, pero en cambio exigen, necesitan, participar de los asuntos públicos. Las movilizaciones son una expresión de esa contradicción frustrante para muchos. ¿Apáticos y apolíticos? De un país en el que se manifiestan hasta los obispos no se puede decir que se “pase” de la política.

El País (edición impresa)