Foto: Propaganda electoral. 1936. Autor: Albero y Segovia (Archivo ABC)

Foto: Propaganda electoral. 1936. Autor: Albero y Segovia (Archivo ABC)

La ciudadanía es generalmente consciente de que los gobernantes no son responsables de gran parte de lo que pasa —pero sí de cómo reaccionan ante lo que pasa—. Los candidatos que concurren a una elección lo hacen con un plan de actuación, con un programa. Pero la inmensa mayoría de los electores entiende, sensatamente, que ese programa no supone, porque no puede suponerlo, un compromiso contractual, sino solo una declaración de intenciones —más o menos solemne, eso sí, según los casos—. O por decirlo de otro modo, no conceden a esos anunciados propósitos más valor que el de una tarjeta de visita: algo que ayuda a conocer cómo es quien aspira a gobernar, que proporciona pistas sobre su modo de entender la realidad circundante y sobre su esperable estilo de manejarla. Ni más ni menos. Porque luego, una vez ya al frente del timón, lo que primero esperamos todos de quien gobierna es que sepa hacer frente a cualquier oleaje imprevisto que pueda sobrevenir y no que, ignorándolo, se aferre de forma rígidamente fiel, y pase lo que pase, a lo que antes de zarpar había definido como su plan de ruta.

Ni las peripecias vitales individuales ni las colectivas son planificables de antemano en todos sus detalles: por más que sea recomendable tratar de conducir nuestra vida “como arqueros que tensan un arco”, no conviene ignorar que, la mayor parte de las veces, ni controlamos por completo ese arco ni esa flecha ni su trayectoria ni siquiera la ubicación exacta del blanco apuntado, por lo general escurridizo. Así que para qué hacerse ilusiones y confundir, insensatamente, propósitos con promesas. No es este un error en el que parezca incurrir nuestra ciudadanía: más bien al contrario. Conviene recordar en tiempo electoral que, en una muestra de prudente sensatez, el 84% de los españoles dice que lo más importante, cuando hay problemas urgentes que resolver, es que los políticos busquen soluciones prácticas de la forma más rápida posible en vez de encastillarse en la fidelidad a sus principios ideológicos.

Esta opinión prácticamente unánime (por encima de diferencias ideológicas o de edad) no conlleva, necesariamente, descalificación o menosprecio de los programas y planteamientos ideológicos. La sociedad española les concede una gran importancia, según han mostrado diversos datos de encuesta a lo largo de estos últimos años, pero siempre que se entiendan como declaraciones de principios e intenciones más que como recetas rígidas e inmutables por encima de los requerimientos de cada momento o circunstancia. Porque si es cierto que no hay viento propicio para quien no sabe adonde va (Séneca díxit), también lo es que nada puede ser más insensato que  empeñarse en no adaptar el preestablecido rumbo a un viento fuerte y bruscamente cambiante que amenace con un naufragio. Que una cosa es la fidelidad a ideas y principios, siempre loable, y otra la cabezonería cazurra, por lo general suicida.

Blog de Metroscopia (El País)