El 26 de junio habrá de nuevo elecciones y la pregunta obvia es qué pasará esta vez. Lejos de intuiciones, más o menos fundamentadas, lo cierto es que no es posible ni prudente dar una respuesta firme hoy por hoy a esta cuestión. Pero sí cabría puntualizar que el resultado del pasado 20 de diciembre presentó un rango de variabilidad nada desdeñable de cara a estimar cuánto sería susceptible de cambiar —si cambia— el actual alineamiento de fuerzas políticas en España.

Si se vuelve la vista a atrás —sin intención de pronóstico alguno para las próximas elecciones—, puede advertirse que el peso de cada partido político en el Congreso pudo haber sido diferente de producirse una ligera variación de los apoyos electorales en algunas circunscripciones. Muchos escaños (17 en total) se consiguieron por una corta distancia en votos (menos del 1 punto porcentual) entre los partidos que se lo disputaron. Estas circunscripciones críticas, o de alta disputa, son un tercio (33%) del total y reflejan los puntos calientes del multipartidismo, lugares en los que tener o no tener un escaño más se decide por poco o muy poco.

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El partido que se quedó a las puertas de conseguir el mayor número de escaños en estas circunscripciones de alta disputa fue Podemos. La formación morada pudo sumar 7 escaños a los 69 que obtuvo si hubiera logrado 230 mil votos más en el conjunto de las circunscripciones de Jaén, Albacete, Ciudad Real, Guadalajara, Sevilla, Zaragoza y Murcia. Solo con 48 mil votos más (un 0.9% de su resultado) podría haber conseguido cuatro de esos siete.

En cambio, otro tercio de las circunscripciones (36%) destacó por un reparto de escaños más arraigado y, por ende, más inamovible. El caso de determinadas provincias de Castilla y León como Valladolid, Zamora, Palencia o Soria es bastante ilustrativo por esta baja disputa de diputados: el partido con más posibilidades de pelear el último escaño se quedó a 6 o más puntos porcentuales del que se lo llevó.

Con estos ejemplos se puede tener una idea de que el alto grado de volatilidad e incertidumbre que se produce entre elecciones generales es un rasgo destacado de un sistema multipartidista competitivo como el que ha emergido en España desde el 20D. Un modelo que, eso sí, parece estar más en vías de consolidación que de abandono (solo uno de cada tres españoles siente añoranza por el bipartidismo —mayoritariamente votantes del PP y, en menor medida, de PSOE y C’s—).

Hasta el último voto cuenta

Es evidente que todo partido político aspira a ser el más votado en unas elecciones. La fórmula es clara: a mayor número de votos mayores posibilidades de alcanzar el poder. Hacer bien las cuentas es imprescindible, pues está en juego la conversión de una candidatura en fuerza política: los votos se traducen en representantes y los votos de los representantes permiten gobernar.

Pero en España cualquier partido político sabe que, para obtener el máximo rendimiento de sus votos —es decir, para convertirlos en escaños— debe lidiar con un sistema electoral que se lo pone más fácil a los que más tienen. Ya se sabe que la acusación de proselitismo al método D’Hondt no es justa, ya que la prima de escaños a los grandes partidos depende más del tamaño de la circunscripción que del sistema de reparto ideado por el jurista belga. La cuestión está en el grado de eficiencia o de aprovechamiento de los votos cuando la distribución de los escaños es muy desigual entre las circunscripciones. Por eso, en un sistema más competitivo hasta el último voto cuenta y el análisis de las distancias entre partidos se vuelve más decisivo si cabe.

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  • El PP fue el partido que más últimos escaños se llevó (19), siete de los cuales se sitúan entre las circunscripciones de alta disputa. Esto supuso que esos siete últimos escaños los consiguió por una distancia en votos mínima (menos de 1 punto porcentual) respecto al primer partido en la cola. Por ello, su resultado fue el más eficiente pero, al mismo tiempo, fue el partido que potencialmente más pudo perder si los que le disputaban el diputado hubieran conseguido un ligero mejor resultado.
  • El PSOE obtuvo el resultado menos flexible de todos: sus potenciales ganancias y pérdidas, de alterarse algo el número de votos obtenidos, apenas cambiarían. Entre las 17 circunscripciones críticas, pudo haber sumado tres escaños más en Madrid, Granada (en ambas se quedó únicamente a 0.1 puntos porcentuales de quitárselo al PP) y en León (a 0.6 puntos de C’s). En cambio, estuvo en disposición de perder otros dos: uno en Jaén (Podemos se quedó a 0.3 puntos de arrebatárselo) y otro en Lleida (DiL, a 0.7 puntos).
  • Podemos fue el partido que aspiró a conseguir más últimos escaños. Como ya se ha señalado, si hubiera sumado 0.9% de votos hubiera obtenido cuatro escaños más y con un 4% siete más. No obstante, pudo potencialmente perder hasta cuatro escaños por una distancia pequeña en favor de C’s (uno en Badajoz y otro en La Rioja), PP (uno en Almería) e IU (uno en Valencia).
  • Ciudadanos se situó en la misma línea que el PSOE, ya que su franja de variabilidad en número total de escaños fue reducida. Sus ganancias más probables pudieron haber sido tres (Barcelona, La Rioja y Badajoz) pero sus potenciales pérdidas estuvieron a punto de ser cuatro (Sevilla, León, Albacete y Guadalajara).
  • Unidad Popular pudo haber sumado dos escaños más a los dos que finalmente obtuvo si en Málaga y en Valencia hubiera registrado un resultado superior en 0,4 y 0,7 puntos porcentuales respectivamente. En todo caso, su máxima representación parlamentaria no hubiera superado los seis diputados: solo hipotéticamente hubiera alcanzado uno más en Asturias y otro en Cádiz.