Coches y tráfico. En redes de transporte cada vez más complejas. Viajes en avión, ya sea por vacaciones o trabajo, que aumentan su número. Electrodomésticos, varios en cada vivienda. Calefacción, una necesidad. Alimentos que viajan kilómetros hasta llegar a nuestros platos. Plásticos, para envolver o producir objetos. Y de esos objetos, cientos. De esta forma, desde el siglo pasado, nuestro consumo de energía se ha ido multiplicando por 13. Tanto es así, que el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) asegura que la demanda mundial de recursos naturales supera en un 50 % lo que la tierra puede suministrar de forma sostenible. Las emisiones de gases de efecto invernadero, ligadas al consumo de fuentes de energía no renovable, nos han conducido al cambio climático y a un progresivo calentamiento de la atmósfera. Y así sigue siendo, a pesar del Protocolo de Kioto, cuyo objetivo es reducir estas emisiones y que ahora comienza un segundo período de vigencia hasta 2020, sin el respaldo de Estados Unidos, Rusia, Japón o Canadá.

El papel de las ciudades en este contexto global resulta fundamental. Hoy, más del 50 % de la población mundial reside en espacios urbanos y su consumo de energía se satisface mayoritariamente (88 %) con combustibles fósiles no renovables. Por eso, según la ONU, las ciudades son responsables de casi un 75 % de todas las emisiones de CO2 al ambiente, así como de muchos otros gases de efecto invernadero. Parece que parte de la sociedad española es consciente de ello: el 77 % considera que cada vez que utilizamos carbón, gasóleo o gas estamos contribuyendo probablemente al cambio climático. Opinan, además, que la contaminación atmosférica producida por los automóviles es muy peligrosa para el medio ambiente (67 %), igual que los pesticidas y los productos químicos utilizados en la agricultura (73 %) o el aumento de la temperatura de la Tierra (72 %). Por otro lado, el 69 % de los españoles mantiene que, para satisfacer sus futuras necesidades energéticas, España debería dar prioridad a la energía solar, eólica o hidráulica.

Así, van naciendo iniciativas que suponen una alternativa tanto a las fuentes de producción energética como a su nivel de consumo. Ejemplo de ello son las comunidades de transición. O casos como Wildpoldsried, un pueblo alemán de unos 5 000 habitantes cercano a Munich que genera 6 veces más energía renovable de la que consume. También la isla de El Hierro, que proyecta abastecerse al 100 % con energías renovables gracias a la Central Hidroeólica Gorona del Viento. O las ciudades de baja energía, asociación europea que reúne pueblos y ciudades de 30 países (como Barcelona, Málaga o San Sebastián) y propone abandonar el uso de energías fósiles y priorizar el protagonismo de los peatones en los espacios públicos.

El informe Cambio Global España 2020-2050, del Centro Complutense de Estudios e Información Medioambiental (CCEIM), afirma que, efectivamente, la solución no será conseguir más energía, sino “cubrir racionalmente las necesidades de todas las personas y el desarrollo económico con menos energía, y planificar un sistema energético compatible con el funcionamiento de los ecosistemas”. Considera que esto es posible, pero requerirá voluntad política. Y la sociedad española parece estar de acuerdo: el 63 % piensa que España hace aún demasiado poco para proteger el medio ambiente y un 73 % opina que solo si cambiamos nuestra forma de vida, se podrá resolver el problema del cambio climático. Parece que existe un cierto consenso social: es necesario renovar energías.

El País