El bipartidismo que había caracterizado el sistema de Turno surgido en la Constitución de 1876 asistió a una creciente inestabilidad tras el asesinato de Cánovas en 1897 y la muerte de Sagasta en 1903. Accedió entonces a escena una nueva generación de políticos que -si bien contó con hombres de estado como Antonio Maura (conservador) o José Canalejas (liberal)- vio cómo la lucha por el liderazgo en los partidos llevó a su crisis y, por ende, a la del sistema. Partidos Liberal y Conservador tuvieron entonces dos opciones: o imponer una solución centrista, o coaligarse con su extremo más próximo. Mientras hubo entendimiento entre ellos, se impuso la primera; cuando intentaron atraer a las fuerzas que quedaban a la izquierda del Partido Liberal (socialistas y republicanos) y a la derecha del Partido Conservador (tradicionalistas), fracasaron.

La primera crisis seria del sistema de partidos acaeció en 1909 con el “No a Maura” del recién creado Bloque de Izquierdas por el partido Liberal, que retiró su colaboración en el ejercicio del poder al Conservador, como tampoco fraguó la conjunción republicano-socialista. Hace ahora un siglo, en 1916, la oposición al partido Liberal, entonces en el Gobierno, la ejerció, no el partido Conservador, sino la Lliga Regionalista que lideraba Francesc Cambó. Ese cambio significativo de protagonistas fue el prólogo de la triple crisis de 1917 cuando, primero, se crearon las Juntas Militares de Defensa, que pusieron de manifiesto, además de tensiones internas en el ejército por el sistema de ascensos, su creciente voluntad de intervención en la vida política en defensa de la “unidad nacional”. Por otra parte, tras la creación de la Mancomunitat Catalana en 1914, y fruto del colapso de la vida parlamentaria, Cambó reunió en Barcelona una Asamblea de Parlamentarios con el fin de que se reconociera en una nueva Constitución la autonomía de las regiones. La crisis tuvo su epílogo cuando sindicatos socialistas y anarquistas confluyeron en una huelga general que se saldó con 71 muertos, 156 heridos y más de un millar de detenidos (entre ellos, Largo Caballero o Besteiro). Se hacía evidente que los partidos del Turno habían fracasado en su función estabilizadora del parlamentarismo. Su rigidez interna, las luchas intestinas y su incapacidad para adaptarse a una nueva realidad social muy diferente a la de hacía cuatro décadas –emergencia de clases medias urbanas, movimiento obrero- les exigían una reforma que nunca llegó.

Quedaban por delante seis tortuosos años en los que España tendría más de una decena de gobiernos –algunos de concentración-, así como diferentes  manifestaciones de la descomposición del Sistema: el Desastre de Annual y el debate de responsabilidades, el pistolerismo anarquista o las reiteradas negativas del rey a las peticiones de convocar Cortes Constituyentes que llegaban de sectores intelectuales y regionalistas. El punto final fue la llamada de Alfonso XIII al General Primo de Rivera, para ocupar el poder, acontecimiento que, como señaló Raymond Carr, “es la fecha decisiva en la historia de la España moderna, la gran divisoria”.