Hay quien estos días cuestiona las encuestas porque, dicen, es altamente improbable que un partido nuevo irrumpa con fuerza en el escenario electoral español, y ¡qué decir de  dos! Así, ante el pronunciado declive en la estimación de voto de los partidos clásicos del sistema, algunos han optado por la técnica del avestruz: esconder la cabeza debajo de la tierra con la esperanza de que cuando la saquen el escenario que encuentren sea el habitual.

También hay quien ve poco menos que imposible que PP y PSOE reduzcan sus votos a la mitad el primero y un tercio el segundo —que eso es lo que muestran hoy los pronósticos—. Y sostienen que, cuando llegue el día de las elecciones, la ciudadanía optará por opciones seguras que, además de ofrecer experiencia en la gestión pública, dispongan de los cuadros necesarios para ocupar la administración, lo que les falta a los nuevos partidos emergentes.

Sin ánimo de polemizar sobre las probabilidades que las estimaciones de voto dan a Ciudadanos y Podemos y cuya incidencia real, efectivamente, solo conoceremos el día en que las urnas se abran y se contabilicen los votos, sí parece pertinente recordar algunos ejemplos de auges electorales fulgurantes. Si en la lejanía de los tiempos la Lliga Regionalista capitalizó el voto catalanista en tiempo record en 1901, en la distancia corta, se recordará el éxito que obtuvo la UCD de Suárez en 1977. Aquel fue un partido de aluvión, creado de la nada apenas unos meses antes de las elecciones, cuando se apeló al voto de centro, reformista —¿les suena?, es ahí donde se ganan las elecciones en España—, y que, por cierto, también tuvo que ocupar el aparato del Estado.

Además, se puede recordar históricos colapsos de formaciones políticas que fueron dinamitadas en las urnas. En la distancia larga —por seguir con los ejemplos históricos—, en las elecciones de noviembre de 1933, el escaso tacto político con que Manuel Azaña impulsó las reformas que España, sin duda, necesitaba, supuso que la representación parlamentaria de Acción Republicana se viera reducida a una quinta parte de los resultados de junio de 1931, obteniendo unos exiguos 5 escaños. ¿Y qué decir de la implosión de la propia UCD en 1982? En aquella ocasión, acudió escindida: si la UCD de Landelino Lavilla obtuvo 11 diputados, el CDS de Suárez logró 2; muy lejos ambas formaciones de los 168 escaños que UCD obtuvo apenas tres años antes.

Así, en este año electoral, el hastío de la ciudadanía ante la corrupción y la inoperancia ante la misma de los partidos clásicos de nuestra democracia, la percepción generalizada sobre la ineficaz regeneración que PP y PSOE dicen haber acometido, la ausencia clamorosa de un proyecto político articulado —unos lo fían todo a una recuperación económica que la ciudadanía no percibe, los otros no son capaces de silenciar la lucha de poder interna y aunar las 17 federaciones en un proyecto común—, la debilidad de sus liderazgos —uno silente y el otro abiertamente discutido— hacen que fíen su sostenimiento en las estimaciones de voto a esa sensatez del votante que preferirá lo conocido por lo prometido. El resultado es que o impulsan en estos meses una catarsis en ambos partidos que afecte a líderes, proyecto y mensaje, o lo que la ciudadanía percibe, según los datos de Metroscopia, es que los partidos políticos solo piensan en sus propios intereses (87 %) y que la corrupción está muy extendida en la política nacional (90 %). Dicho de otro modo, o cambian, o les van a cambiar.

¿Habrán tocado fondo en su expectativa de voto PP y PSOE? Obviamente, nadie lo sabe. Pero si cuaja la idea entre la ciudadanía de que hay una probabilidad real de alternancia a los dos partidos clásicos, es posible que el voto se movilice en torno a las nuevas opciones y continúe abandonando esas estructuras caducas que irritan a la sociedad (como muestra el último Clima Social, el 72 % de los españoles desaprueba la gestión del Gobierno en los últimos tres años, en tanto que un no menor 82 % desaprueba la de la oposición).

El País