¿Era pensable que la generación de españoles mejor preparada y formada de nuestra historia, los actuales jóvenes, permaneciera impasible, de brazos cruzados, con su casi 50% de paro y sin ningún atisbo esperanzador en el horizonte? Ya se ve que no. Han empezado a movilizarse y lo han hecho en esa nueva plaza pública que es Internet, en la que han crecido y en la que comparten una ciudadanía universal. Tienen poco o nada que ver con los grupos antisistema y sería erróneo asociarles a movimientos mitad populistas, mitad romántico-anarcoides del estilo de aquel Uomo cualunque (el hombre cualquiera) cuyo lema era “abajo todo” y que tuvo una vida tan fulgurante como fugaz en la Italia de la postguerra. Este de ahora es sin duda un fenómeno distinto.

Por un lado, y a diferencia por ejemplo de los sesentayochistas, tienen de su parte a la sociedad. Dos de cada tres españoles (y, significativamente, el 70% de quienes tienen más de 55 años, es decir, de quienes están en mejor situación para hacer comparaciones intertemporales fundadas) creen que el actual nivel de paro juvenil constituye una situación muy grave que nunca antes se había dado con tanta fuerza en nuestro país. Y otro 70% considera que esta imposibilidad de independizarse y de vivir por su cuenta es algo que marcará para siempre a nuestros jóvenes, que estando más preparados que sus mayores no pueden ni soñar con alcanzar su mismo nivel de vida.

De momento, su rebelión se ha canalizado en la que, sin duda, es la mejor y más inteligente dirección: la política. Propugnan un peculiar modo de protesta: votar, sí, pero en blanco. Es decir, no darle la espalda al sistema (por más que este se la esté dando a ellos), sino dar un aldabonazo que no parece arriesgado interpretar del modo siguiente: no nos oponemos a la política, sino a esta forma de hacer política; no nos oponemos a los partidos, sino al anquilosamiento, rigidez y ensimismamiento de estos partidos; no estamos contra la democracia, sino que reivindicamos una democracia más ágil y flexible. Una vida pública, en suma, más efectivamente pública, es decir, de todos: sin egoísmos cortoplacistas, sin electoralismos miopes y, en cambio, dialogante, respetuosa e integradora. Precisamente, lo contrario de lo que encuentran ante sí.

No están solos. El 89% de los españoles cree que, cada vez más, nuestros partidos políticos tienden a pensar únicamente en lo que les beneficia e interesa; un 73%  añora el espíritu de consenso del período de la transición a la democracia; y un 79% cree que tal y como los partidos están ahora organizados y funcionan es muy difícil que logren atraer y reclutar a las personas más competentes y preparadas.

El voto blanco que este nuevo movimiento propugna no torcerá, con toda probabilidad, el resultado final de las elecciones del próximo domingo. Pero sería sin duda una gran equivocación considerarlo por ello irrelevante. Alguien está llamando a la puerta. Pretende que se le abra, no derribarla.

*Los datos de encuesta citados proceden del Pulso de España 2011,  elaborado por Metroscopia, para la Fundación Ortega-Marañón con patrocinio de Telefónica (Madrid, Biblioteca Nueva, 2011).

El País