El imaginario colectivo sobre cuán de derechas o de izquierdas es un partido dista bastante de cómo nos autodefinimos ideológicamente nosotros mismos. Quienes votan al PP consideran que el partido está más a la derecha que ellos y quienes votan a Podemos lo ven más a la izquierda que a sí mismos. La distancia que existe entre cómo nos vemos y cómo vemos al partido por el que votamos dice mucho de la influencia que los discursos políticos tienen en la representación de la realidad.

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Podría decirse que los extremos no están bien vistos pero, ¿podríamos confirmar que la moderación gana al radicalismo? ¿Da la casualidad que siempre es otro el que está más a la izquierda o a la derecha? Lo cierto es que ese otro, o bien no existe, o bien es insignificante. Es casi como un fantasma, un ciudadano artificial que debe su razón de ser a un objetivo político fundamental: la diferenciación. Es la dicotomía que se acentúa en el fragor de la campaña electoral y que ayuda a definir los espacios políticos reforzando exageradamente las diferencias al comprimir la complejidad de la realidad en buenos o malos, razonables o insensatos. Quizá se trata de un reduccionismo necesario que estira la realidad hacia sus extremos: una polarización de gran éxito en términos de comunicación política.

Los datos aquí analizados constatan que la imagen que se tiene de un partido u otro está mucho más polarizada que la de quien lo vota. El diferencial entre la media ideológica que el votante atribuye a su partido y la suya propia permite detectar que son Podemos y PP los que registran más disparidad. El votante podemista sitúa más a la izquierda a su partido que a sí mismo y el popular más a la derecha al PP. Sin embargo, mientras que el caso de Ciudadanos es similar al de los populares (los votantes naranjas ven a su partido más de derechas que a ellos mismos), en el PSOE el diferencial es prácticamente cero. Esto quiere decir que la posición ideológica media que tienen los votantes socialistas coincide con la que le atribuyen a su partido.ideo02

PP y Podemos son efectivamente la expresión más clara del esfuerzo por el sostenimiento de las antítesis políticas. En abril de 2015 Esperanza Aguirre afirmó que volvió a la política por el peligro para España que suponía la irrupción de Podemos. Pablo Iglesias, por su parte, ha venido también reiterando que su formación no iría con el PP ni a la vuelta de la esquina. Estos ejemplos, como otros, no solo deberían entenderse como una táctica política al servicio de la coyuntura que atraviese cada personaje político, sino una estrategia basada en la búsqueda de contrarios políticos que permitan, al fin y al cabo, reafirmar la posición propia. Dialéctica de libro que, por lo que se ve, funciona.

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