La experiencia acumulada en este tipo de estudios en sociedades democráticas (las únicas, por otro lado, en que tiene realmente sentido llevarlos a cabo) proporciona tres grandes conclusiones que recordar de entrada. En primer lugar, las instituciones que son percibidas como altruistas, es decir, como protectoras o promotoras del bien común, tienden en conjunto a merecer una mejor evaluación ciudadana que aquellas otras identificadas con intereses sectoriales, por legítimos y aun elevados que puedan ser. En segundo lugar, la confianza suele guardar una relación estrecha con el grado de eficiencia percibido en el desempeño de las funciones o tareas de los distintos grupos o instituciones. Y en tercer lugar, sabemos que el nivel global de confianza institucional no es invariable, sino que puede fluctuar según los momentos y circunstancias: suele guardar una relación estrecha, por ejemplo, con el estado de ánimo general predominante en la sociedad en determinadas circunstancias. Cuando el tono vital de la sociedad es alto, tiende a mejorar la confianza en las instituciones. En todas las instituciones. En cambio, cuando el estado de ánimo colectivo se ensombrece, como por ejemplo es el caso ahora, tiende a rebajarse la confianza institucional.

Dentro de estas pautas generales pueden darse diferencias, en ocasiones significativas, de unos países a otros o dentro de un mismo país de unos momentos a otros, en cuanto al orden en que resultan clasificados los grupos e instituciones sociales más socialmente relevantes. Para empezar, no existe un catálogo definitivo e incuestionado de cuáles deben ser estos. La lista de entidades sometidas a evaluación ciudadana puede diferir tanto en longitud como en los criterios seguidos para decidir o no las inclusiones. En nuestro caso, y en esta oleada, los datos recogidos se refieren a 41 grupos e instituciones sociales, que abarcan desde el Rey hasta los bancos, desde los científicos hasta las pequeñas y medianas empresas, desde la radio hasta la Iglesia católica. En oleadas sucesivas, esta lista podrá reducirse o acortarse, pero en todo caso buscará siempre ofrecer información razonablemente relevante para detectar el nivel de confianza ciudadana existente en nuestra sociedad.

Los datos que ahora ofrecemos han sido recopilados, a lo largo de los últimos tres meses, en distintos sondeos de Metroscopia. En cada caso se presentó a los entrevistados una lista de instituciones y grupos sociales (que les fueron mencionados de forma rotatoria) y se les solicitó que calificasen el grado de confianza (es decir, la sensación de poder confiar en ellos) que cada uno les inspira por medio de una puntuación entre 0 y 10 (equivaliendo el 0 a “ninguna confianza” y el 10 a “total confianza”). El cuadro adjunto recoge, en forma de clasificación, las puntuaciones medias obtenidas por las 41 entidades comprendidas en esta primera ola.

Cabe establecer la existencia de tres grandes tipos de grupos e instituciones sociales. Por un lado, los 15 primeros, los que obtienen una evaluación media superior a 5,5 puntos, que constituyen, de forma clara, la zona estelar del ranking: los de arriba. La zona intermedia (los de en medio) comprende 13 entidades, que consiguen puntuaciones moderadamente favorables (entre 4,5 y 5,5). Finalmente, el grupo de cola (los de abajo) acoge a quienes en la actualidad presentan los niveles más bajos de confianza ciudadana. Cada grupo será objeto de consideración detallada en cada una de las siguientes tres entregas dominicales, pero, a modo de prólogo, cabe adelantar ya algunas consideraciones.

Hay entramados institucionales (por ejemplo, la Iglesia católica) que parece conveniente desagregar para evitar el efecto sinécdoque: que pensando los entrevistados solo en una parte, formulasen, en cambio, una evaluación referida al todo. Así se han conseguido resultados más matizados: como puede verse, mientras que, por ejemplo, Cáritas alcanza una puntuación media elevada que la sitúa en el grupo de cabeza, los obispos, en cambio, aparecen en los últimos lugares de la clasificación.

En conjunto, el ranking ofrecido no difiere sustancialmente del que suele obtenerse en otros países comparables al nuestro. Instituciones básicas de carácter protector (como la Sanidad pública, la Seguridad Social, el Ejército, la policía o la Guardia Civil) quedan en cabeza; todo lo referido al mundo de la política, en cambio, en la cola (con algunos casos llamativos -por ejemplo, el del Gobierno de la nación-, explicables, quizá, por la actual coyuntura económica). No puede pasar desapercibido el lugar de privilegio en que quedan situados los científicos, los médicos, la Universidad… ¡y las pymes!: para muchos, probablemente, una sorpresa, pero, en todo caso, un dato que dice mucho sobre cuánto y en qué dirección está cambiando nuestra sociedad. Finalmente, resulta destacable la presencia del Rey en el grupo de cabeza, pese a que, técnicamente, la institución que encarna tiene un innegable carácter mixto que puede propiciar alguna evaluación ambigua: por un lado, constituye una instancia representativa y protectora, por encima de abanderamientos partidistas; pero por otro, y al mismo tiempo, es la cabeza última visible del sistema político, es decir, del segmento de nuestro entramado institucional con peor evaluación ciudadana en estos momentos.

Pero sobre todos estos datos, sobre lo que sugieren y sobre lo que, combinados con otros datos complementarios disponibles, permiten entrever, volveremos el domingo próximo y los dos siguientes.

El País (edición impresa)