De entre todas las lecturas posibles a que obliga el tsunami político reflejado en el último Clima Social de Metroscopia (marzo de 2015) hay una, a mi juicio importante, que ha pasado desapercibida: se trata de un cambio radical del sistema de partidos, de una extraordinaria redistribución del poder que, sin embargo, no viene acompañada de cambios profundos en la cultura política. El desajuste puede traer consigo problemas serios. Un modelo de claro corte multipartidista con nada menos que cuatro fuerzas disputando la victoria, y sólo distanciadas entre ellas cuatro puntos porcentuales, convive con pautas propias de una cultura política bipartidista.

¿Cómo es posible, por poner un ejemplo gráfico, que con un mapa electoral donde el primer partido consigue menos de la cuarta parte del electorado (22,5%), un 71% de los electores se manifieste a favor de que gobierne en solitario, con apoyos puntuales de los “otros”, el partido que obtenga más votos?. ¿A alguien le cabe en la cabeza que con el 22,5% de los votos (en el supuesto de que éste se tradujera a un porcentaje similar de escaños) Podemos gobernase en España, eso si con el apoyo “puntual” de “otros” partidos?

Una opinión como la descrita, -detrás de la cual se sustenta un “valor compartido”-, es una supervivencia de la etapa bipartidista que dificulta afrontar con seriedad la nueva. Nueva porque obliga a plantearse preguntas distintas y nueva porque implica respuestas diferentes a cuestiones viejas. Por ejemplo: ¿Qué significa “ganar unas elecciones” cuando cuatro partidos están casi empatados? ¿Basta para ello conseguir un puñado de votos más que el inmediato seguidor, sea cual sea éste?

El salto de un modelo bipartidista a otro multipartidista significa una modificación sustancial en la definición del valor político de los partidos. En un modelo bipartidista el peso de un partido se mide, casi en exclusiva, por la potencia de su “electorado”; por el contrario, en un modelo multipartidista cada partido vale su peso propio más –ahí esta la diferencia- su “poder de coalición”, esto es, su capacidad para articular y/o formar parte de coaliciones electorales “lógicas” y, por ende, viables. Las coaliciones son, por tanto, un regreso sutil de las ideologías en forma de coincidencias positivas entre actores del sistema. Y son, también, maneras de acordar contra otros.

Un cambio de modelo como el que parece presentarse a nuestros ojos obliga a impulsar un cambio de código. Si entramos en un campo de juego de pactos y coaliciones es imprescindible cambiar las herramientas para hacerse cargo de la nueva realidad. La complejidad de un mapa pluripartidista nos aleja de la simplicidad de esquemas similares a “que gobierne el que más votos obtenga” con el apoyo puntual de “otros”.

Si queremos transitar con seriedad en el nuevo tiempo del final de las hegemonías indiscutibles y el comienzo de las coaliciones posibles y viables, todos, los partidos políticos desde luego, pero también los ciudadanos, debemos avanzar en un proceso de pedagogía democrática en torno a los nuevos escenarios. Proceso que implica superar las inercias conceptuales del viejo modelo bipartidista y crear nuevos valores compartidos para encarar con éxito el futuro.

El País