Entre quienes el 20D votaron a Podemos se registra un alto porcentaje de motivación para acudir a las urnas el 26J, pero no necesariamente a este mismo partido. El 74% de los que le votaron parecen tener claro que el próximo junio estarán en su correspondiente colegio electoral, aunque solo el 64%, por ahora, volvería a otorgarle su confianza. Con lo cual, hoy por hoy Podemos podría tener en el aire diez puntos porcentuales de sus votos. El reto estaría en equilibrar la alta movilización con la recuperación del electorado desencantado.

Un liderazgo debilitado. Junto a esta hipotensión hacia la marca, Podemos presenta hoy un debilitamiento del liderazgo cuyas consecuencias son de difícil medición. Pablo Iglesias es el líder cuyo saldo evaluativo* arroja, entre sus votantes, el peor resultado: + 21% frente al +57 de Rajoy. Y lo que resulta aún más significativo es que, de los cuatro líderes, es el que sufre una peor evolución: del +74 de los que tenían intención de votarle dos meses antes de las elecciones de 2015, Iglesias baja al actual +57 , una pérdida de 17 puntos porcentuales.

La caída del liderazgo de Pablo Iglesias se acusa de forma especial en los segmentos del electorado donde su fuerza ha sido tradicionalmente mayor. Así, le desaprueban el 63% de los jóvenes – 51% de los estudiantes – comprendidos entre los 18 y 34 años, el 73% de los que poseen trabajo remunerado y el 68% de los parados.

El declive de Iglesias coincide con el auge de Alberto Garzón. De materializarse el acuerdo entre Podemos e IU, está por ver si la coalición resultante será capaz de llevar a cabo una gestión eficiente del liderazgo “social” de Garzón que mitigue y no acentúe las debilidades de Iglesias.

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La gente joven es, a la vez, la mayor fortaleza y la mayor debilidad de Podemos. La formación morada es la primera fuerza destacada en intención de voto entre los jóvenes de 18 a 34 años (23%) pero apenas consigue recabar apoyos entre las personas mayores (solo 5% le votaría).

De modo parecido, el 27% que registra entre los estudiantes contrasta con el 9% entre los jubilados. La hipotética suma aritmética de Podemos e IU resultaría todavía más esclarecedora: la alianza alcanzaría un 32% de apoyos entre la gente joven y el 39% entre el colectivo estudiantil. Esta asimetría provocaría que el partido tenga una importante dependencia del voto joven y estudiantil, que justamente suele ser, en términos electorales más proclives a la desmovilización.

El acuerdo Podemos-IU, su gestión diaria, y la campaña serían decisivos. En este contexto, el éxito del acuerdo que puedan alcanzar Podemos e IU y, como consecuencia, la movilización durante la campaña serían factores claves para el resultado final. La experiencia anterior en las elecciones de 2015 indica que el partido de Pablo Iglesias pareció lograr una notable evolución a su favor: del 17.0% de su voto estimado en noviembre pasó al 20,7% final en las urnas, gracias a una campaña muy movilizadora y a la probable acogida de electores de IU (que cabría estimar en casi cuatro puntos).

La remontada de entonces se llamaría hoy adelantamiento o sorpasso. El posible acuerdo con IU (no lograrlo podría traer consigo un debilitamiento del poder de la marca porque le añadiría incapacidad para sumar) tiene una triple virtud electoral: proporcionar un relato “ganador”, sólido y compacto; generar una marca “renovada”, expansiva e inclusiva; y lograr un incentivo electoral: el atractivo y poderoso sorpasso.

Sin embargo, mal gestionado podría provocar un voto reactivo de buena parte de los votantes desencantados del PSOE. El “voto estratégico” en la izquierda puede orientarse, así, en dos direcciones: hacia Podemos-IU, en busca del adelantamiento al PSOE, o hacia el PSOE, para evitar justamente este sorpasso.

Más que nunca la campaña será decisiva.

 

* Diferencia entre el porcentaje que aprueba y el que suspende la actuación política del líder.